
El republicanismo en España no ha sido otra cosa más que una de las corrientes del pensamiento revolucionario. La República ha sido entendida siempre, no como una forma de Estado para la convivencia democrática, plural y garantista, sino como una quiebra con el pasado mediante un acto violento de toma del poder, apartamiento del enemigo —media España—, ejercicio dictatorial del gobierno para imponer las nuevas reglas y ajustar cuentas con grupos, personas e instituciones anteriores, y ejercicio exclusivo del poder para "salvarnos" a todos.
Esta fórmula es la propia de los mesías revolucionarios que crearon las religiones seculares desde la Revolución Francesa, con su dogma basado en la fe, sus santos laicos, sus símbolos "religiosos" —banderas y escudos—, su mitología —falseamiento del pasado a través de la memoria histórica, las teorías críticas y el posmodernismo—, y la promesa de que con la República —la parusía, el paraíso en la Tierra— se arreglarán todos y cada uno de los problemas privados y públicos. Para cumplir esta utopía que, como todas, tiene su buena dosis de idealismo y dictadura —como se vio en 1931 con el Estatuto Jurídico de la República—, hace falta predicar o hacer la revolución. No voy a remitir aquí las nefastas experiencias de la Primera —sobre la que publiqué un contundente libro con cuatro ediciones—, ni de la Segunda porque sería muy prolijo.