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Ceuta o el peligro de la democracia cursi mala

O la civilización occidental a la que pertenecemos se despioja de esta mala cursilería o dejará de tener derecho a existir.

O la civilización occidental a la que pertenecemos se despioja de esta mala cursilería o dejará de tener derecho a existir.
Europa Press

Creo que nunca había habido un intento de modelar en España una democracia cursi hasta que llegó José Luis Rodríguez Zapatero al Gobierno. Lo de las jóvenas de Carmen Romero y la boda de la hija de José María Aznar fue algo pasajero. Pero aquello del Bambi, del talante, de la ceja, de las KeliFinders (10.300 zapatillas para animar a encontrar alquiler) y paraísos familiares de 30 metros cuadrados, de la tierra que no es de nadie como de nadie es el dinero público, del infinito que es el infinito, de los acontecimientos históricos planetarios, del supervisor de nubes y finalmente eso de tener muy poco y dar mucho, lo de miembras y miembros o permitir que tu esposa te jalee como Perro Sanxe y recomendar libros y playlist de canciones mientras invaden Ceuta, es constante y mala cursilería.

Cursi es una palabra que llegó tarde a nuestro vocabulario, en el siglo XIX. Aunque don Juan Valera, Galdós, Unamuno, Benavente, Ortega y muchos otros, hasta Alfonso Ussía, escarbaron en sus raíces y sentido; hasta Ramón Gómez de la Serna nadie se había atrevido a consumar un ensayo sobre lo cursi y precisamente, desde él, se distingue entre lo cursi bueno y lo cursi malo. Para todos ellos, lo cursi es una forma que no encaja, que chirría, que exhibe la diferencia entre lo que se quiere aparentar y lo que se es de verdad. Por razones de clase (la cursi es la estética del pobre con aspiraciones), o de gusto (explotación ideológica de la sensibilidad) o de costumbres (sentimentalismo coactivo), el cursi se delata por su uso del cosmético barato.

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