
Decíamos ayer sobre la debacle del sistema educativo, que está siendo salvado del naufragio total por una irreductible minoría de profesores, alumnos y familias comprometidos con la paideia clásica, es decir, la educación basada en el pensamiento fundamentado ("¡Más madera!", gritaba Groucho Marx; esto es, más contenidos) y crítico (ese instinto de hacer preguntas que tienen los niños: "Claro que lo entiendo. Incluso un niño de cuatro años podría entenderlo. ¡Que me traigan un niño de cuatro años!", insistía Groucho).
Pero esta minoría está siendo acosada, arrinconada y expulsada del sistema educativo —sobre todo del estatal, el gran damnificado de la secta de adoctrinadores burocráticos de ideología marxista (de Karl, no de Groucho) que lo han capturado—. ¿Cómo debería hacerse la revolución pedagógica que pedía en el artículo anterior? Entre líneas se podía deducir el sistema que ahora hago explícito.