
Algo se está moviendo en la izquierda estadounidense en general y en el fenómeno llamado wokismo en particular. Aunque algunos habían anunciado que el wokismo ya había muerto, se ha empezado a hablar de woke 1 y woke 2.
Parece que todo empezó cuando el concejal de Nueva York Chi Ossé, en mayo de 2026, respondió a un tuit viejo suyo de 2021 con la frase "Woke 1 was crazyyyy". Se estaba desmarcando de aquella época de maximalismo identitario. En agosto, Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) la recogió en una entrevista en ABC y la popularizó: "Woke 1 fue una locura", dijo riendo, y añadió que hay que juzgar a los candidatos demócratas por lo que dicen ahora, no por la retórica de 2020. Con eso, el marco se extendió y mucha gente empezó a hablar de una posible Woke 2.
Woke 1 sería, grosso modo, el pico de 2020: después de George Floyd y en pleno Covid, todo giraba alrededor de las identidades. Raza, género, pronombres, cultura de la cancelación, las peticiones de dejar de financiar a la policía, abolir prisiones, DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión) en todas partes, y una visión de Estados Unidos como irremediablemente opresor. Era política de identidades en estado puro, con mucho componente cultural y poca atención a la clase económica. Muchos ya decían entonces que la lucha de clases tradicional se había sustituido por jerarquías de victimización.