
Un fantasma recorre el mundo, y no es el del comunismo, sino el espectro de un presidente dispuesto a pagar cualquier precio por permanecer un día más en Moncloa y dinamitar toda posibilidad de alternancia efectiva en el poder. La nada espontánea acampada de Sol, espejo en la capital de la invasión de Ceuta, es mucho más que una cortina de humo para evitar hablar de la invasión y el cerco de la justicia sobre la –presunta– corrupción del Gobierno: es la mecha con la que la izquierda quiere volver a movilizar a sus huestes más radicales ante la posibilidad de que la derecha alcance el poder en los próximos meses y con el fin de impedir que esta implemente las políticas que serían necesarias para rescatar del abismo lo que una vez fue España.
Así, impulsados por la élite política y sindical, ningún artefacto descartan emplear contra lo que consideran el nuevo fascismo los rastafaris que proyectan la cara de Ayuso sobre el reloj situado en el kilómetro cero del país. Pero el arma más peligrosa es la que esa élite emplea para despertar a la masa: la simple idea de que hacer negocio con la vivienda es ilegítimo y, por ello, hay que acabar por la fuerza con el rentismo, una nueva versión de la clásica asunción de Proudhon de que la propiedad es un robo.