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La agonía del feminismo

El feminismo ha acabado tratando a las mujeres como si fueran incapaces.

El feminismo ha acabado tratando a las mujeres como si fueran incapaces.
La ministra de Igualdad, Irene Montero. | EFE

Nunca se había hablado tanto de feminismo. O más exactamente, nunca el Estado y las organizaciones que aspiran a gobernarlo habían hablado tanto de él. Sánchez llega incluso a referirse a la “democracia feminista”, una expresión sin otro sentido que no sea el propagandístico, como si juntar dos palabras fuera capaz de crear un concepto nuevo. Es la política irrelevante del eslogan y del Twitter, sin duda, pero también apunta a la degradación del feminismo. Lejos de su significado propio, ha pasado a ser una etiqueta aplicable sin el menor reparo a cualquier fantasía.

El feminismo tuvo su razón de ser en la política y en la sociedad. Hoy en día, las mujeres han conseguido exactamente los mismos derechos que los hombres y existen garantías suficientes para corregir cualquier violación de esos derechos. Sin embargo, el movimiento feminista no parece haber reflexionado sobre el éxito obtenido y sus gigantescas consecuencias morales, culturales y políticas. En vez de eso, sigue embarcado en un proceso reivindicativo que le ha llevado a una doble relación. Por una parte, está empeñado en una opción ideológica de izquierdas o, mejor dicho, progresista. Por otro, se ha sumergido en el pantanoso mundo de la reivindicación identitaria, una línea que estaba presente en las reivindicaciones feministas de hace muchos años y que se ha convertido en la prioridad de lo que queda del feminismo.

Los dos, se dirá, son lo mismo. Es cierto en parte, porque la izquierda hace ya muchos años que abandonó su programa de prosperidad, cohesión e igualdad y se echó en brazos de las políticas de identidad. Aun así, no son equivalentes. El intento de monopolizar el feminismo desde el progresismo en busca del voto femenino ha dado prioridad a la ideología política: muchas mujeres que antes simpatizaban con el feminismo han dejado de sentirse representadas por quienes hablan en nombre de mujeres a las que quieren adoctrinar y utilizar para alcanzar el poder.

El feminismo ha acabado tratando a las mujeres como si fueran incapaces de aprovechar la nueva situación ni, por supuesto, de tomar distancia y comprender los nuevos problemas que puede llegar a plantear –también para ellas–. Reproduce, como si no pudiera despegarse de usos muy antiguos, la situación de dependencia previa.

Más grave aún es lo identitario, que ha llevado al feminismo actual a perder el sentido mismo de su naturaleza. Las políticas de identidad, efectivamente, multiplican sin límite las pertenencias, hasta hacer de lo más minoritario un modelo para el conjunto de la sociedad. A menos que la palabra mujer deje de significar nada concreto y haga referencia a una actitud de supuesta rebelión permanente –un negocio como otro cualquiera, el de quienes se han arrogado el derecho de decir a las mujeres lo que tienen que hacer–, se ha convertido en una etiqueta tan alienante como la de hombre o varón.

Las dos entran en conflicto con las etiquetas, es decir, las identidades nacidas de la aspiración –totalitaria– a ser absolutamente coherente con uno mismo. Como era de esperar, pronto llegan al límite, representado por aquellos sujetos que encarnan el final de cualquier identidad. El impulso lo arrastra todo, desde las lealtades políticas hasta el idioma, las costumbres, la imagen. Nada queda sin politizar, ni siquiera el último reducto de la antigua intimidad personal, en un enfrentamiento perpetuo de todos contra todos –y también en el interior de cada uno–, establecido y jaleado con el fin de acabar con cualquier posibilidad de estabilidad y de compromiso. Lo que era un movimiento de integración se ha convertido en otro de fanatismo, censura, ignorancia voluntaria y, por qué no decirlo, de rencor. Es el feminismo agonizante, tan bien representado por la ministra de Igualdad.

José María Marco colabora regularmente en La Ilustración Liberal, La Mañana (COPE), Popular TV, La Razón y Libertad Digital. Es profesor de Traducción, Literatura y Cultura Españolas en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Durante el curso 2004-2005 fue visiting researcher en Georgetown University, Washington, D.C. También ha colaborado en Diario 16, ABC, La Gaceta de los Negocios, El Mundo, Anthropos, Álbum de las Artes y las Letras, Quimera, Revista de Occidente, TechCentral Station, Noticiero de las Ideas, FAES Cuadernos de Pensamiento Político, entre otros.

Es autor de los libros La inteligencia republicana (1988), La creación de sí mismo (1991), Viaje de California (1991), La libertad traicionada (1997, reed. 2007), Azaña. Una biografía (1991, reed. 1998 y 2007), Genealogía del liberalismo español (editor, 1998), La nueva revolución americana (2007), Francisco Giner de los Ríos. Pedagogía y poder (2000, reed. 2008).

Ha participado como colaborador, prologuista o editor de Fresdeval de Manuel Azaña (1997), Azaña. Catálogo de la Exposición del Ministerio de Cultura (1990), Imágenes y ensayos del 98 (1998), Imágenes del 98 (1999), El canto de la alondra de Willa Cather (2000), España en la nueva Europa (2000), Cien años de educación en España (2001), La Monarquía en las colecciones del Senado. Catálogo de la exposición (2000), Histoire du libéralisme en Europe (2006), Por qué dejé de ser de izquierdas (2008).

Ha sido secretario de redacción de las revistas Dezine (1979-1981) y La Ilustración Liberal (1999-2000). Ha sido miembro del Consejo de Dirección de ABC y del Consejo Editorial de La Gaceta de los Negocios. Ha sido miembro del Consejo Asesor de FAES (Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales), de la que es patrono.

Es miembro de la Junta Directiva de la Fundación Internacional para la Libertad (FIL). Miembro del Consejo de Redacción de La Ilustración Liberal y de Revista Hispano-Cubana. Miembro del Consejo Asesor del Instituto Cánovas del Castillo.

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