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La historia trágica del liberalismo español

La desventura de la libertad es, amén de la crónica de un desastre militar y político, el relato de la tragedia personal de un estadista sin Estado.

Federico Jiménez Losantos
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Los protagonistas de "La desventura de la libertad"

"Sólo quedan memorias funerales donde erraron ya sombras de alto ejemplo"

Rodrigo Caro

La desventura de la libertad es uno de los libros más emocionantes y desoladores que cabe leer sobre la historia de España y acaso el más triste, por documentado, de los que relatan el fracaso del primer liberalismo español, el que con la Constitución de Cádiz como símbolo de su gloria y de su ruina, nace y muere entre la Guerra de la Independencia y el fin del Trienio Constitucional. En sólo quince años, de 1808 a 1823, la nación española se construye y se destruye como sujeto político. Y en tan breve lapso de tiempo siembra para varias generaciones la acerba cosecha de la guerra civil. No es que Francia, por poner el ejemplo más socorrido de aventuras políticas, haya padecido menos ferocidad en sus enfrentamientos civiles. Al contrario: las guerras de religión y el Terror revolucionario de 1789 superan en mucho la cosecha sangrienta de las guerras civiles –siempre las más feroces de todas- de cualquier país europeo. Sin embargo, en Francia han sabido presumir hasta de sus crímenes y en España no nos enorgullecemos ni de nuestros héroes.

Por una de esas paradojas de la historia que tanto gustan al autor, en la misma semana en que Pedro J. Ramírez publicaba este libro formidable, dos políticos de origen catalán, Manuel Valls y Artur Mas, mostraban la diferencia entre los dos Estados nacionales más antiguos y poderosos de Europa, vecinos y rivales durante largos siglos: la nación del Norte diríase que abocada a la prosperidad y una intermitente primacía europea: la nación del Sur, llamada a consumirse en querellas internas, ajena a su potencial y olvidada de sus glorias. Valls, recién nombrado presidente del Gobierno francés, presumía de los valores de una República que, como la de los USA, permite que un pobre inmigrante español, la viva como propia. Mas, presidente de un gobierno regional, anunciando en la radio francesa que este mismo año declarará la independencia de Cataluña, que supondrá la destrucción de la monarquía parlamentaria y del actual Estado Español. Hoy serían los liberales españoles y no los absolutistas los que aplaudirían que la Francia de Valls nos enviara otros Cien Mil Hijos de San Luis para acabar con este régimen corrompido que nos lleva a la disolución nacional.

La redacción de este libro, que, para mantenerse fiel a las frases debidamente documentadas, ha debido recurrir a las artes de la marquetería, arranca del milagroso hallazgo de los documentos y memorias originales del último Presidente del Gobierno –aunque entonces no se llamara así- del trienio Constitucional, los cinco meses en que José María Calatrava asumió la responsabilidad, que no el Poder, de la máxima representación nacional. El Poder, para desdicha suya y nuestra, estaba repartido entre el Rey más inteligente y más vil que haya padecido nunca España, del que dependía el Gobierno Calatrava, y las Cortes ante las que debía responder y con las que el Rey Felón compartía soberanía. Eso, en lo civil. En lo militar, tenía que repartir sus inquietudes entre los Cien Mil Hijos de San Luis, avanzadilla militar de la Santa Alianza (Austria, Rusia, Prusia y Francia) que entraban en España siendo aclamados por los mismos que sólo quince años antes los degollaban y los militares españoles que debían hacerles frente y que, casi sin excepción, se rindieron sin combatir al paso del atónito ejército francés.

La desventura de la libertad es, amén de la crónica de un desastre militar y político, el relato minucioso de la tragedia personal de un estadista sin Estado, de un político sin partido, de un liberal entre absolutistas y de un gobernante que en esos cinco meses de Gobierno es consciente de que su convicción moral de cumplir la Constitución y ser, por tanto, leal al Rey acarrea fatalmente la ruina de la causa de la Libertad. Las pocas veces en que, por el empeño del rey en sabotear al Gobierno, Calatrava y las Cortes se saltan la Constitución es en los tres días en que se constituye la Regencia y declara al Rey temporalmente loco para poder llevarlo a Cádiz, o cuando se salta alguna línea para firmar la capitulación a cámara lenta del régimen. Entre tanto, vemos cómo los liberales, divididos entre masones clásicos y Comuneros o masones castizos, maniatan al Gobierno de los que, como Calatrava, fundaron la Sociedad Constitucional (llamada del Anillo de Oro) para mediar entre esos dos partidos, sin alcanzar más que el Gobierno, pero sin rozar nunca el Poder que moderados y exaltados se disputan sin piedad.

La historia de Calatrava –y de su Gobierno- podría llamarse también La tragedia de un legalista, porque todo el empeño en mantener un orden legal –esto es, constitucional- se estrella una y otra vez contra los que, con el Rey al frente, ya habían liquidado la Constitución del 12, traicionando a la parte ilustrada y heroica de la nación que, con la idea liberal, defendió a España frente a Napoleón. Y que apoyado en la otra parte de la nación, no más heroica aunque sin duda más numerosa, no ofrecía otra alternativa que volver al absolutismo más cerril. La tragedia de nuestros primeros liberales es que fueron muchos, con proyectos diversos en los que competían tanto las diferencias ideológicas como la ambición de poder, mientras enfrente sólo tuvieron a un líder y con una sola idea: Fernando VII y el absolutismo. Añádase que a la ruptura de la unión nacional frente al invasor francés de 1808-1812 (votada la Constitución, los realistas se sienten en otro bando), se unía el cambio en las circunstancias internacionales –como muestran en el libro las minuciosas y magníficas descripciones de la corte francesa y de la británica- que favorecían en todo a los absolutistas.

Acaso un estadista inteligente y astuto como Cánovas medio siglo después hubiera triunfado donde fracasó Calatrava. Acaso un militar como Espartero, O´Donnell o Prim décadas más tarde hubiera podido remediar con su liderazgo indiscutido lo que en el atolondrado Riego no pasó de caudillismo de facción y carne de afrentoso patíbulo. Nunca lo sabremos. Lo indiscutible es que una gente que creía en la Ley fue derrotada por sus errores y por los aciertos del enemigo, que contaba con el apoyo inalterable de la Iglesia, con parte sustancial del pueblo y con una feroz determinación a exterminar a esa España que, por llamarse liberal, no reconocía como tal.

Hay momentos literarios magníficos en el libro, siempre dentro del género espeluznante, como el del suicidio del ministro de la guerra Sánchez Salvador; el de la captura y ejecución de Riego; o el del zapatero español de Somer Town, que así acabó ganándose la vida honradamente Calatrava mientras, en la aterida pobreza del exilio, defendía fieramente su legado de los ataques de sus ya achacosos enemigos de "El Zurriago". Pero cada lector, según su generación y su relación con las ideas liberales, encontrará capítulos, pasajes o episodios más emotivos que otros. Desde el autogolpe real del 7 de Julio, que es como un reflejo invertido del 23F, hasta el modo en que personalidades tan distintas afrontan un destino común. Diríase que como las infinitas formas de vivir afrontan el común destino de la muerte.

Dejo al lector de La desventura de la libertad el placer de elucidar la parte que le resulte más interesante. A mí me lo parecen todas. Del autor, qué voy a decir. Lo que no parezca incienso será injusto. Lo excesivo será escaso. Sí sé que escribir un libro así bien vale dejar de escribir periódicos.

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