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El favor del PNV a Franco: Santoña

El Partido Nacionalista Vasco ha convertido en arte el dicho popular de estar al plato y a las tajadas, aunque a veces el chanchullo le sale mal.

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El Partido Nacionalista Vasco ha convertido en arte el dicho popular de estar al plato y a las tajadas, aunque a veces el chanchullo le sale mal.

Por ejemplo, en el año 1936 el PNV se negó (incluso a petición del Vaticano) a formar una alianza electoral con las derechas españolas para las elecciones de febrero, pese a lo cual se benefició de la retirada de los candidatos derechistas en la segunda vuelta en Guipúzcoa y obtuvo así cuatro diputados frente a dos del Frente Popular. A continuación, participó con la izquierda en la comisión de actas que despojó a las derechas de varios escaños. Más tarde, representantes del PNV, sobre todo en Guipúzcoa, participaron en reuniones conspirativas con los militares, los carlistas y los falangistas. Unos días después del alzamiento las organizaciones territoriales del PNV en Álava y Navarra se adhirieron a los sublevados, mientras que las de Vizcaya y Guipúzcoa reafirmaron su lealtad al Gobierno. Los jóvenes del PNV se negaron a combatir a las columnas provenientes de Navarra, pero impidieron que los anarquistas quemaran San Sebastián…

El objetivo del PNV era conseguir la aprobación del estatuto de autonomía, que se estaba negociando en las Cortes. Francisco Basterrechea espetó a Indalecio Prieto en Madrid el 10 de septiembre de 1936:

Si usted quiere que Euzkadi resista las embestidas fascistas, haga la posible por que se nos otorgue el Estatuto y únicamente así le aseguramos que se resistirá.

En octubre, las diezmadas Cortes republicanas aprobaron el estatuto y una asamblea de parte de los concejales y alcaldes de los municipios vascos eligió a José Antonio Aguirre (PNV) como presidente del Gobierno vasco.

La ofensiva de los nacionales se detuvo a principios de octubre después de haber conquistado Guipúzcoa, salvo Éibar, y Ondárroa, en Vizcaya. El PNV, partido burgués y clerical, ya no se sentía a gusto con los aliados que había escogido: anarquistas y comunistas. Bilbao fue la única plaza de la España roja donde la Bolsa permaneció abierta, pero en Vizcaya también se asesinaron a sacerdotes y se realizaron matanzas de presos indefensos.

Negociaciones secretas con los fascistas

En los meses siguientes, mientras el PNV montaba su Estadito, negociaba a través del Vaticano y del Gobierno italiano para llegar a un acuerdo que les permitiese conservar lo que habían arrancado al Frente Popular. Incluso Aguirre montó un servicio exterior que sirvió para emboscar a los hijos de los jerarcas del PNV.

El 31 de marzo de 1937 el general Emilio Mola rompió las líneas y comenzó un lento avance hacia Bilbao. Al mismo tiempo que Aguirre clamaba por la radio que los vascos resistirían a los invasores, unos delegados de su partido negociaban con el cónsul italiano en San Sebastián, Francesco Cavalletti. Los italianos, cuyo Gobierno había reconocido al de Burgos, presionaban a Franco para que aceptase la rendición condicional del PNV y de sus soldados. El 25 de abril, el caudillo hizo una propuesta formal a los italianos, pero el bombardeo de Guernica dos días después frenó las negociaciones.

A la vez, el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Eugenio Pacelli, quería que el cardenal Gomá interviniese ante Franco para que éste ofreciese nuevas condiciones al PNV que condujesen al cambio de bando del Gobierno vasco y la entrega de Bilbao.

Nada se consiguió y el 19 de junio los nacionales entraron sin lucha en la capital de Vizcaya, hicieron unos 10.000 prisioneros y se apoderaron de la industria intacta de la provincia, que el PNV se había negado a inutilizar. Las fábricas vascas produjeron más bombas, balas, fusiles y tanques para los franquistas que para los republicanos.

El ridículo de Aguirre ante Azaña

El siguiente objetivo del mando nacional era Santander. Aguirre se había refugiado en la ciudad y los restos del ejército del PNV, la Gudarozte, le habían seguido.

Una vez expulsados del suelo de la aberri (la patria), los nacionalistas perdieron las escasas ganas de hacerse matar por la República, la revolución y el antifascismo, por lo que se renovaron las negociaciones con los italianos (entre los principales negociadores estaban Juan Ajuriaguerra y el canónigo Alberto Onaindía, al que el PNV le prohibió durante años dar su versión de lo que vio y supo). Las deserciones y rendiciones de milicianos vascos (muchos de ellos eran católicos y derechistas que se habían alistado entre los gudaris para evitar caer en los batallones socialistas, comunistas o anarquistas) se producían por cientos.

Aguirre se reunió con Manuel Azaña en Valencia el 19 de julio y le reiteró que los vascos (o sea, los nacionalistas), "no tienen más que una palabra", le pidió "una especie de jurisdicción particular" sobre los vascos fuera de su región y propuso trasladar a los batallones del PNV a Cataluña por mar y a través de Francia y, una vez reagrupados, lanzarlos en el frente de Huesca contra Navarra. Azaña se burla de su visitante en sus memorias.

Los fines de los participantes en las conversaciones eran los siguientes: el duce Mussolini quería un gran éxito italiano para hacer olvidar la derrota de sus tropas en Guadalajara (marzo de 1937); el Vaticano quería que acabase el escándalo de un partido clerical y confesional aliado de los seguidores de Stalin; y el PNV quería salir del fuego. Sin embargo, el Gobierno republicano sospechaba los movimientos del PNV y Franco dejaba que los demás hablasen entre ellos y se reservaba la última decisión.

El 23 de julio, el jerarca del PNV Julio Jáuregui se entrevistó en Hendaya con el comandante Julián Troncoso, al que conocía, y que le incitó a que se diesen prisa en aplicar sus planes, porque iban a "barrer".

El 25 de julio concluyó la batalla de Brunete, que había lanzado el Ejército Popular de la República para aliviar la presión sobre Madrid y el Frente Norte, pero que fue un fracaso.

Deserción frente al enemigo

Para encubrir la rendición y que no se les pudiese acusar de traición, los nacionalistas reclamaron a los italianos que se produjese un ataque y llevaron su vileza hasta el grado de indicar los sectores donde era mejor realizarlo: desde Reinosa y el Puerto del Escudo en dirección al norte para cortar la provincia en dos. Entonces las tropas abertzales quedarían copadas y su entrega parecería justificada.

El 14 de agosto los nacionales reanudaron la ofensiva en Santander. El proyecto de los italianos y los peneuvistas era que los batallones de éstos abandonasen sus puestos (para ello se habían negado a mezclarse con las demás unidades) y se concentrasen en el puerto de Santoña y alrededores para embarcar en barcos que les llevarían a países neutrales.

La noche del 22 al 23 de agosto, los oficiales de la Gudarozte transmitieron a sus subordinados la consigna de desobedecer la orden del general Mariano Gamir de retirarse a Asturias.

Los abertzales reunidos en Santoña y Laredo no pudieron huir porque se lo impidieron los nacionales y no aparecieron los barcos esperados. Además, otros batallones de obediencia izquierdista a los que llegó el rumor del acuerdo y la vía de huida también desertaron. El número de prisioneros de los que se apoderaron los alzados rondó lo 30.000.

Las consecuencias para el Frente Popular de esta traición fueron inmensas: se hundió el frente, los rebeldes entraron en Santander el 26 de agosto sin lucha y se perdieron miles de hombres y toneladas de material. El 21 de octubre, con la toma de Gijón y Avilés desapareció el Frente Norte antes de que llegase el invierno.

A pesar de semejante traición, el PNV siempre ha conseguido que la izquierda se haya olvidado de lo que hizo en Santoña. Algo asombroso en estos tiempos de memoria histórica. ¿Pedirá perdón este partido por su traición y el favor que le hizo a Franco?

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