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Alba: misión en Londres al servicio de Franco

Para disipar las sospechas de la clase dirigente británica sobre la fascistización de España, Alba se ponía a sí mismo como ejemplo.

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Cuenta Agustín de Foxá en su gran novela Madrid, de Corte a checa que los ministros socialistas y radicales "se esponjaban de vanidad" al tener a títulos de Castilla como secretarios particulares. Cabe pensar en la satisfacción del general Franco, que en 1948 se arrogó la facultad de conceder títulos nobiliarios como si fuera un rey, al tener un duque de Alba, un fragmento de la historia de España, a su servicio en Londres.

Entre las personalidades que se implicaron en la guerra a favor del bando nacional, junto al ex rey Alfonso XIII, el político catalanista Francesc Cambó, el editor de ABC Juan Ignacio Luca de Tena y el diplomático José María Quiñones de León, estuvo Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó (1878-1953), el XVII duque de Alba.

El aristócrata, un hombre culto (fue director de las Academias de la Historia y de la Lengua, doctor honoris causa por Oxford y de los primeros visitantes de la tumba del faraón Tutankamón), tenía profundas raíces en Inglaterra. Había estudiado en el colegio católico de Beaumont, en Windsor, se había casado en la embajada española en Londres y tenía relaciones con otros aristócratas y con políticos conservadores. También tenía experiencia política, ya que por lealtad a Alfonso XIII aceptó ser ministro en los Gobiernos del general Dámaso Berenguer cuando muchos cortesanos, como Niceto Alcalá Zamora y José Sánchez Guerra, se habían pasado al bando republicano.

El Alzamiento le sorprendió en Londres, donde solía pasar los veranos, y se puso al servicio de los sublevados. En 1937 Franco le nombró su representante oficioso ante el Gobierno del Reino Unido, cuyo primer ministro era el conservador Neville Chamberlain. En febrero de 1939 Londres y París trasladaron su reconocimiento diplomático a la España de Franco y el rango del duque de Alba fue elevado al de embajador.

Acceso al rey Jorge VI

Las relaciones de don Jacobo eran tales que durante una reunión en la casa del marqués de Londonderry coincidió con el rey Jorge VI, con el que habló en privado durante 45 minutos para dar su visión de lo que estaba ocurriendo en España.

Con Italia, Portugal y Alemania apoyando a los nacionales, el plan de Franco era separar a Inglaterra de Francia, que respaldaba al Frente Popular y a través de los Pirineos y los puertos enviaba armas, municiones y hombres. A principios de 1938, cuenta Brian Crozier (Franco. Historia y biografía), Burgos envió instrucciones al duque de Alba para que, con motivo de una visita oficial del primer ministro francés, Edouard Daladier, "hiciera ver al Gobierno inglés el peligro que suponía dejar abierta la frontera franco-española para el paso de suministros militares con destino a los republicanos". En septiembre de 1938 comunicó a Chamberlain que, en caso de guerra europea, el Gobierno de Burgos se mantendría neutral.

Para disipar las sospechas de la clase dirigente británica sobre la fascistización de España, Alba se ponía a sí mismo como ejemplo, como recuerda el profesor Juan Avilés.

El duque de Alba comentaría que nadie podía seriamente creer que, si Franco tuviera intenciones hostiles hacia Gran Bretaña, le habría enviado a él para representarle.

También decía que "la fuerza de Falange era puramente temporal y desaparecería al acabar la guerra", afirmación en la que acertó con el tiempo.

Como escribió La Vanguardia Española (25-IX-1953) al dar noticia de su muerte,

Durante la guerra de Liberación, el Duque de Alba prestó innegables servicios a la causa del movimiento Nacional.

Avisó de que los ingleses no estaban vencidos

Nada más comenzar la Segunda Guerra Mundial (septiembre de 1939), los informes de Alba subrayaron la unanimidad de los británicos en combatir al III Reich hasta su derrota y elogiaron su tenacidad, que les hacía vencer en guerras en las que al principio habían perdido todas las batallas.

Al sustituir Winston Churchill, de quien era amigo de la infancia, a Chamberlain, Alba envió un informe en que enumeraba sus defectos.

En un informe calificó al nuevo primer ministro de listo, inteligente, buen escritor, mejor orador, muy valiente y gran trabajador, pero añadió que era ambicioso, avieso, de moralidad dudosa y desleal.

En el año que corre entre la derrota de Francia y la invasión de la URSS, cuando Madrid meditaba la entrada en la guerra, don Jacobo advertía de que la victoria del Eje no era segura, debido a la determinación del pueblo británico y a su flota.

Alba tuvo que hacer frente las protestas de Londres por el tono antibritánico de la prensa española, algunos discursos de Franco, la presencia de agentes alemanes en España y el comercio con Alemania. En ocasiones, el duque aprovechaba esas quejas para presentar él otras sobre las campañas de la prensa británica liberal y de izquierdas y los republicanos exiliados contra el franquismo. La embajada de Alba espiaba a personajes de la República, como Juan Negrín (derrocado por una coalición de socialistas, anarquistas y militares).

También es verdad que en verano de 1940 el embajador británico, Samuel Hoare, empezó a sobornar a algunos generales españoles para asegurarse de que se opusieran a la entrada en la guerra.

Uno de los incidentes más desagradables a que se enfrentó Alba fue el descubrimiento de que sus informes confidenciales, remitidos a Madrid en valija diplomática y elaborados gracias a sus contactos, acabasen en poder del Eje por obra del imprudente Ramón Serrano Suñer. Volvemos a citar a Juan Avilés:

Los detallados informes que el embajador enviaba sobre los efectos de los bombardeos tuvieron, desde que Ramón Serrano Suñer asumió la cartera de Asuntos Exteriores (octubre de 1940), una utilización totalmente ajena a los propósitos de su autor: se remitían inmediatamente a Berlín. De ello no tuvo noticia el duque de Alba. Pero bastó que éste viera en un periódico italiano una trasparente alusión a una conversación suya con un ministro británico, para que protestara a Serrano Suñer por la indiscreción que se había producido, que amenazaba la confianza que en él se tenía en Londres.

Alba también transmitió ofrecimientos del Gobierno británico al español a cambio de que resistiera la presión alemana, pero no se plasmaron por escrito. Como advirtió Franco, Londres se olvidaría de sus promesas en cuanto ganara la guerra.

La reconstrucción del Palacio de Liria

En 1945, ante la previsible caída del régimen, los monárquicos, encabezados por el infante Juan de Borbón, que difundió en marzo el Manifiesto de Lausana, instaron a Franco a retirarse y restaurar la monarquía. Alba fue uno de ellos y también renunció a la embajada. Franco le aceptó la renuncia a finales de año y le sustituyó con un diplomático de carrera: Domingo de las Bárcenas.

Falleció en Lausana en septiembre de 1953, cuando había ido a visitar a su reina, Victoria Eugenia de Battenberg.

Una de sus aportaciones a la cultura española fue la restauración del Palacio de Liria, su residencia en Madrid, que acogió a la emperatriz Eugenia de Montijo. El edificio fue destruido en un bombardeo en la guerra y luego saqueado. En una audiencia con Franco, don Jacobo le dijo que la mesa en la que el generalísimo estaba despachando era suya y se lo demostró gracias a un cajón secreto. El duque de Alba se comprometió a empezar la reconstrucción del palacio si su hija la continuaba y Cayetana se lo prometió.

A diferencia de tantos aristócratas, que aprovecharon el desarrollismo para entregar a la excavadora sus palacetes en la Castellana de Madrid y otras ciudades españolas y comprarse algún chalé en Marbella y Sotogrande, los Alba perdieron dinero en esta obra.

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