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Supervivientes vuelven a Auschwitz 70 años después de la liberación

Este 27 de enero se cumplen 70 años de la liberación de Auschwitz, un día antes de la celebración oficial un grupo de supervivientes visita el campo.

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Este 27 de enero se cumplen 70 años de la liberación de Auschwitz, un día antes de la celebración oficial un grupo de supervivientes visita el campo.
Un grupo de supervivientes a la entrada de Auschwitz | C.Jordá

Escuchar el himno de Israel junto al famoso –e infame- Arbeit Macht Frei que marca la entrada a Auschwitz es sin duda un momento impresionante, incluso a través de la marabunta televisiva que rodeaba al grupo de media docena de supervivientes del Holocausto que lo entonaba, oírles allí, a ellos, y recordando las notas de la Haktiva será una de esas experiencias más allá del periodismo que me llevaré a la tumba.

La visita ha sido organizada por el World Jewish Congress, la mayor organización judía del mundo, como parte de los actos de celebración -o mejor quizá de homenaje y recuerdo- por el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz "el mayor cementerio del mundo" tal y como lo ha definido, con la voz quebrada, Mordechai Ronen, un superviviente que actualmente vive en Canadá.

Pero Auschwitz era mucho más que un cementerio: era una inmensa fábrica de muerte en la que fueron asesinados entre 1,2 y 1,5 millones de personas en unos pocos años. Esa cifra, la mayor de cualquier campo, y algunas peculiaridades como ser al mismo tiempo campo de concentración y de exterminio, lo han convertido en el mayor símbolo de la barbarie nazi.

Recuerdo de dolor y victoria: "Hitler falló"

Una barbarie, y eso es lo que da sentido a estas "celebraciones", que ha de ser recordada, explicada y demostrada todos los días, aprovechando especialmente todas las ocasiones que se tengan, porque aún setenta años después algunos se atreven a negar lo innegable, probablemente porque tal y como dijo el sabio, estarían dispuestos a repetirlo.

Es razón más que de sobra –por si no olvidar a los 6 millones de asesinados no fuera suficiente- para recordar a gritos, como hacía Morchedai, que nada de lo que se cuenta es falso: "¡Que nadie lo niegue, yo estuve aquí y lo vi!".

No obstante, más allá del recuerdo y la necesaria reivindicación, más allá del más que siniestro entorno en el que nos encontramos, en el fondo también hay algo que celebrar, al fin y al cabo pese a la monstruosidad del plan y la magnitud del crimen, los nazis fallaron: "Estoy feliz porque puedo volver aquí y Hitler no cumplió su plan", nos dice Masha Schainberg, una superviviente que llega con su hija y que vuelve por primera vez a Auschwitz desde Sudáfrica, donde ahora vive.

Masha Schainberg, unos minutos después de entrar en el campo | C.Jordá

Masha celebra que sobrevivió al campo, a las selecciones, a la brutalidad, a las enfermedades, al frío y a la desnutrición, pero en el empeño perdió a su madre y a tres hermanas, tal y como nos cuenta junto a su hija, que la ha acompañado en tan especial viaje y camina junto a ella, protegiendo la pequeña y delgada figura de una mujer que no aparenta sus cerca de 90 años, casi nueve décadas que le han dado para vivir en mundos tan distantes como la Polonia de antes de la guerra, la Bolivia de los años 50 y 60 o la actual Sudáfrica, además de, por supuesto, los años que pasó en el infierno, nada más y nada menos que cuatro.

Hitler, Himmler, Eichmann o el propio Hoess, que fue el comandante de Auschwitz: todos fallaron y no pudieron acabar con Masha, como tampoco pudieron con Edgar Wildform, que superó una increíble peripecia de cinco años y 8 meses a través de distintos campos de trabajo, incluyendo prácticamente un año, entre enero del 44 y enero del 45, aquí en Auschwitz.

Desde unos envidiables 91 años Edgar, que también viaja con su hija, nos cuenta como él tuvo "suerte", y desde cierto punto de vista estaríamos hablando de mucha: fue el único de su familia que sobrevivió a una "acción" de las SS en el pueblo junto a la frontera de Eslovaquia en la que vivían: 32 familiares fueron asesinados el mismo día y Edgar sobrevivió porque lo encontraron cuando llevaba la comida a un capataz alemán que trabajaba en una carretera cercana y le dejaron terminar su recado.

Edgar, en la que ha sido su segunda visita a Auschwitz | C.Jordá

Que eso se le pueda llamar suerte o no es complicado, pero lo cierto es que es una palabra que muchos supervivientes usan: el propio Edgar lo hace para explicar que sobreviviese no sólo a Auschwitz, sino a los campos en los que estuvo antes, a la Marcha de la Muerte o a Mauthausen, donde "por fin los liberaron los yanquis".

Otro superviviente, húngaro de nacimiento, también habla de suerte, pero al mismo tiempo le explica a un periodista americano que ya en los negros días del campo tuvo el convencimiento de que "tenía que sobrevivir, si sobrevivía podría contarle al mundo todo lo que pasó".

Así que era suerte, sí, pero quizá también era cierta clase de conjura contra el mundo, contra su destino tantas veces inminente, contra los límites naturales de su cuerpo y su espíritu. Una conjura en la que era imposible triunfar, pero triunfaron.

Imposible, como muchos pensaron que era derrotar a uno de los regímenes más atroces que nunca ha habido sobre la faz de la tierra; o como quizá ni los propios Modechai, Masha o Edgar llegaron a pensar que era sobrevivir.

Pero se hizo, pero lo hicieron, al fin y al cabo aún más impensable sería, sin duda, que allí donde sólo había sonado la orquesta de Auschwitz para que tantos marcharan rítmicamente hacia la muerte se escucharía, en un lunes del 2015, el himno de un país que ya tiene también casi 70 años. Un himno que es, que ha sido hoy más que nunca, un canto de esperanza.

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