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Churchill, cincuenta años después

La admiración por Churchill deriva de la fuerza inspiradora de su condición de estadista frente a desafíos que nos resultan hoy inimaginables.

José María Aznar
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Si algún político ha dejado una huella en el siglo XX ese es, sin duda, Winston Churchill. Es el hombre de Estado por excelencia y la expresión de un intenso liderazgo que nos ayuda a no perder de vista el crucial papel que en el devenir de la historia desempeñan las grandes personalidades, cuya decisiva influencia consigue imponerse e imprimir su propia dirección a la evolución de los acontecimientos y procesos históricos. Muy pocos como él han desplegado semejante capacidad para liderar la defensa de la libertad y hacer posible la derrota del totalitarismo. Si Churchill no hubiese asumido la jefatura del Gobierno británico en mayo de 1940, coincidiendo con el fiasco de Noruega y en plena ofensiva alemana en el oeste, la historia europea y la del mundo entero habría sido muy distinta y, desde luego, considerablemente más sombría.

Reivindicar a un estadista de la talla de Churchill es siempre necesario. En primer lugar porque asumió plenamente su responsabilidad en aquella hora crítica para Gran Bretaña y para el conjunto de la civilización occidental. Poco tiempo antes había experimentado la soledad y el aislamiento por desmentir el espejismo de paz que crearon en Múnich Chamberlain y Daladier. Nadie mejor que él, que había anticipado lo que Hitler haría, podía encabezar un Gobierno de concentración tras la dimisión de Neville Chamberlain y comprometer las energías de Gran Bretaña en la lucha frente a la Alemania nazi cuando las posibilidades de victoria para un país bombardeado desde el aire y desprovisto de aliados eran más que escasas.

Evocar la figura de Churchill, a los cincuenta años de su muerte, también resulta necesario por su decisiva contribución a la creación del vínculo atlántico. Una alianza, la de las potencias anglosajonas, junto a la Rusia soviética, que fue decisiva para derrotar a las fuerzas del Eje, y que devino embrión del orden internacional de posguerra. En efecto, la Carta del Atlántico, rubricada junto al presidente Franklin Roosevelt en agosto de 1942 sentó las bases de un sistema internacional basado en reglas e instituciones y organizado en torno a las Naciones Unidas. Un orden razonablemente exitoso y eficaz que, a pesar de sus transformaciones, sigue necesitando del fortalecimiento del vínculo atlántico -clave en la guerra y, después garantía para la paz- para seguir asegurando la estabilidad y la prosperidad.

Pese a tenerlo como aliado desde junio de 1941 en la lucha contra Hitler, Churchill nunca se fio de Stalin y deploró que éste incumpliese los acuerdos de Yalta. Su discurso del "Telón de Acero" pronunciado en Fulton, Missouri, en marzo de 1946, y que fue extraordinariamente criticado, atestigua su firme postura antisoviética y su voluntad de hacer frente al expansionismo de Moscú.

Reivindico a Churchill también por su firme apoyo a la integración europea, consagrada en su discurso sobre los "Estados Unidos de Europa" en ese mismo 1946. Churchill comprendió que la unidad europea, fundamentada en la reconciliación franco-alemana, era la única vía para reconstruir el Viejo Continente e impedir una nueva guerra. Propugnaba reunir a la gran familia europea en una unión de Estados-nación orientada a la paz, el libre mercado, la prosperidad, la seguridad y la libertad, una unión que debería contar con el concurso de Gran Bretaña en unas condiciones singulares. La crisis del discurso europeísta y el olvido del éxito histórico de la Unión hacen que resulte especialmente oportuno recuperar la exhortación churchilliana.

La admiración por Churchill deriva de su sincero patriotismo y de su personalidad de extraordinaria talla intelectual; de su obra política y de la fuerza inspiradora de su condición de estadista frente a desafíos que nos resultan hoy inimaginables. Churchill, sin embargo, cometió errores. La historia ha dado cuenta de la campaña de Galípoli, pero tal vez el error más grave fue simplemente no saber irse a tiempo. Es un error quizá demasiado común. Churchill atribuyó su derrota a que los grandes pueblos suelen ser desagradecidos, pero eso era probablemente para disimular la decepción que le causó haber perdido las elecciones celebradas en el Reino Unido inmediatamente después de la guerra. Lo que el pueblo británico vino a decirle es que ya había hecho lo que tenía que hacer. Sea como fuere, supo estar donde debía y cumplió su deber y su misión con creces. Estuvo a la altura que le demandaba su país. Esa fue su mejor hora.

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