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José Aguilar Jurado

La segunda parte, la mejor

No solo es que Cervantes, diez años después, fuera más sabio: es que atendió al gusto de la gente, y a su propio criterio crítico.

José Aguilar Jurado
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No solo es que Cervantes, diez años después, fuera más sabio: es que atendió al gusto de la gente, y a su propio criterio crítico.
Miguel de Cervantes | Corbis

Escribir sobre El Quijote es condenarse a no ser original. Con toda seguridad, ya alguien ha dicho alguna vez cualquier cosa que a uno se le pueda ocurrir. Y además, la bibliografía quijotesca, o cervantina, es inabarcable. De hecho, hay hasta bibliografías sobre las bibliografías de El Quijote, tanto en español como en otros idiomas. Así que desecharé cualquier pretensión de singularidad en este modesto artículo.

Para empezar, debe quedar claro que cuando hablamos de El Quijote no hablamos de un libro, sino de dos. Y no es un mero formalismo puntilloso. Pasaron 10 años entre la publicación de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de 1605 (que incluso ya estaba terminado de imprimir a finales de 1604) y El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha de 1615. Cervantes tenía 58 años al publicar la primera parte (edad que podríamos llamar provecta en su época) y 68 (que ya era ancianidad absoluta) al publicar la segunda. De hecho, cinco meses después, el 23 de abril de 1616, murió.

En fin, este artículo responde a la doble conmemoración: como 23 de abril, de la muerte de Cervantes y como 2015, del cuarto centenario de la segunda parte de El Quijote. Que es una obra bastante distinta de la primera. Distinta y, a mi juicio, superior.

Lo raro es que Cervantes no se hubiera muerto antes de acabarla. A lo que parece, el genio alcalaíno era poltrón y poco diligente. Porque nueve años después de publicar la primera (en la que ya anunciaba la continuación) todavía no llevaba dos tercios escritos de la segunda. Con esa progresión, sin duda que jamás lo habría acabado. Porque, además, tenía también entre manos Los trabajos de Persiles y Sigismunda, entre otras obras. Pero, afortunadamente, el tal Avellaneda publicó en 1614 su Quijote apócrifo. Y ese fue el acicate que necesitaba Cervantes. La aparición de la obra de Avellaneda (no entraré ahora en la identidad de su autor) fue quizá, de entre todas las vicisitudes de la asendereada vida del Manco de Lepanto, la que más le molestó. Gracias a la profunda irritación de que alguien quisiera arrebatarle el mérito de su primer éxito literario (en una carrera marcada por el fracaso como autor dramático y por su escaso predicamento como poeta), tenemos hoy El Quijote, digamos, completo. Si no se hubiera dado la prisa que se dio en reaccionar frente a Avellaneda, la segunda parte no habría visto la luz, con toda seguridad. Porque, además, de Cervantes solo conservamos lo que publicó. Se han perdido todos los manuscritos que guardaba en sus cajones.

Pero decía yo un par de párrafos más arriba que a mi juicio la segunda parte es superior a la primera. ¿Por qué? Hay muchas razones, pero me voy a centrar en una, la fundamental: la inmensa y brillante capacidad de reciclaje y de aprovechamiento de materiales que tenía Cervantes.

Cervantes es un pionero, avant la lettre, del uso de la llamada teoría de la recepción, una moderna corriente de crítica literaria que se basa en el estudio de cómo son recibidas las obras por el público. Ese prolongado periodo que transcurrió entre ambas partes le permitió a Cervantes saber qué opinaban los lectores sobre la primera. Qué defectos le achacaban, qué excesos le atribuían, qué fallos le encontraban, qué virtudes le encomiaban. Y sin duda Cervantes digirió esa información y la aprovechó para mejorar su segunda parte. Modificó el rumbo. Pulió defectos. Despojó de hojarasca el argumento. Y dedicó su esfuerzo a mejorar lo que ya era excelente. No solo es que Cervantes, diez años después, fuera más sabio: es que atendió al gusto de la gente, y a su propio criterio crítico. Sin duda hay mucha más madurez en El Quijote de 1615. Es una obra más redonda. Sin caídas. Y con la misma genialidad que la primera.

Y lo mejor del asunto es que Cervantes no solo utiliza su conocimiento de la recepción de la obra entre los lectores, sino que lo incluye en su relato. Si El Quijote de 1605 es un libro sobre libros (escrito para parodiar las novelas de caballerías), el de 1615 sigue siéndolo, pero entre esos libros está también El Quijote de 1605. Y el de Avellaneda, por supuesto. Es decir, que El Quijote de 1605, así como el de Avellaneda de 1614, son ingredientes narrativos, materias primas que Cervantes procesa y recicla para construir su mundo literario.

El bachiller Sansón Carrasco es uno de los personajes de que Cervantes se sirve para meter su primera parte en la segunda. Y de sus labios, en los primeros capítulos, nos llega una serie de certeros juicios (auto)críticos sobre la primera parte. A mí me gusta especialmente esa frase con que el bachiller, contándole a don Quijote cómo circula por ahí una historia sobre sus aventuras, da una lección de lo que hoy llamaríamos niveles de lectura. Dice Sansón Carrasco que la historia

(…) es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran (…)

No cabe duda de que Cervantes hace caso a Sansón Carrasco, que informa de que la gente prefiere el donaire de los diálogos y las aventuras de don Quijote y Sancho a las largas y complejas historias intercaladas de las que abusa la primera parte. Y así sucede: en la segunda parte, las historias intercaladas son mucho más breves y están mucho mejor insertas en el relato. Si la gente quiere eso, Cervantes se lo da. Con excelente criterio.

Asimismo, el Cervantes de la segunda parte tiene conocimiento (e indisimulado orgullo) de la extraordinaria difusión de su obra. En 1612 ya había una traducción al inglés, y el 1614, al francés. De ahí que Sansón Carrasco le diga al caballero de la Triste Figura:

(…) el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca (…)

Efectivamente, no hay lengua de cultura a la que no se haya traducido El Quijote. De hecho, hasta Andrés Trapiello acaba de terminar una traducción al español actual, que habrá que leer. El propio Cervantes bromea, con una genial (y divertidísima) intuición premonitoria, en la dedicatoria al conde de Lemos.

(…) es mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le envíe para quitar el hámago y la náusea que ha causado otro don Quijote, que, con nombre de segunda parte, se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con esto, me decía que fuese yo a ser el rector del tal colegio. Preguntéle al portador si Su Majestad le había dado para mí alguna ayuda de costa. Respondióme que ni por pensamiento. ''Pues, hermano -le respondí yo-, vos os podéis volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a las que venís despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan largo viaje; además que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros" (…)

Cervantes lo aprovecha todo, como ya he dicho. Y en una dedicatoria, que en principio debería ser algo formulario y para saltarse, se dedica a hacer literatura, y de la mejor. Fíjense cómo a pocos meses de su muerte aprovecha, primero, para bromear; segundo, para fabular; tercero, para dejarle caer al conde de Lemos lo necesitado que estaba, a ver si Su Excelencia se estiraba un poco. Y cuarto, para adivinar lo que finalmente sucedería, andando el tiempo: que El Quijote se usaría como libro de texto para aprender español, no solo en la China, sino en cientos de países. Y hasta en España, donde El Quijote fue texto de lectura y de aprovechamiento didáctico en la enseñanza durante muchísimos años. De él se sacaban dictados y ejercicios. Y con él aprendieron las primeras letras los niños españoles desde el siglo XIX hasta bien entrado el XX.

No estoy reclamando que se vuelva a eso. Pero lo cierto es que hoy El Quijote, como la literatura, en general, están de capa caída en el sistema educativo. A ver si a golpe de conmemoraciones y centenarios le damos un empujoncillo.

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