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El médico que nos hizo lavarnos las manos

Semmelweis acabó perdiendo completamente la razón y enfermando de una sepsis.

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Agustín de Foxá calificó al doctor Fleming de "el mayor enemigo de la muerte física". Otro médico que merecería esa calificación es el húngaro Ignacio Felipe Semmelweis, de cuyo fallecimiento se celebra este año su sesquicentenario y que descubrió los beneficios de la desinfección en los partos.

Nació en Budapest, en una familia de pequeños comerciantes, el 18 de julio de 1818. Marchó a Viena a estudiar medicina y en agosto de 1844, a los 26 años de edad, aprobó el examen para el grado de doctor en obstetricia. A continuación solicitó plaza de meritorio en la clínica del profesor Johann Klein, un establecimiento público en el barrio vienés de Allgemeines Krankenhaus, que tenía unas 160 camas para atender a parturientas.

Entonces, la mayoría de los partos se realizaban en las casas y sólo unos pocos en los hospitales. En estos últimos, la mortandad de las madres y los hijos era muy alta. Las fiebres puerperales brotaron en el siglo XVII con las características de epidemias. Para muchos era una enfermedad aguda más terrible que la viruela. El médico Hervieux escribió que esta enfermedad era para las mujeres lo que la guerra para los hombres.

Según las facultades de medicina y las comisiones, las causas eran la abundancia de leche materna, las depresiones (nos referimos a mujeres solteras), la dieta, la brusquedad de los médicos extranjeros (según los médicos vieneses); la campanilla del sacerdote que llevaba los últimos sacramentos a las moribundas, porque provocaba ansiedad; los "miasmas"; las emanaciones "cósmicas" y "telúricas"; etcétera. Es decir, que no sabían nada.

El asesino salió de la sala de autopsias

Varios médicos investigaron la etiología de las fiebres puerperales y algunos hicieron descubrimientos importantes. El inglés Charles White la atribuyó a los excrementos y las materias pútridas que pasaban de los intestinos al abdomen, por lo que recomendaba habitaciones ventiladas, ropas holgadas y no dejar a la mujer estar tumbada en la cama durante horas. Alexander Gordon atribuyó en 1795 el contagio de una madre a otra por medio de un asistente al parto. Sin embargo, fue Semmelweis el que desarrolló las causas sin ningún género de dudas.

El hospital maternal de Allgemeines Krankenhaus, dependiente de la universidad, se había fundado en el siglo XVIII y en él se daba la formación más avanzada de Europa a las comadronas, que estudiaban junto con los médicos. En 1840 el doctor Johann Klein propuso la división del hospital en dos y separar a las comadronas, a las que despreciaba, de los universitarios.

La división ser realizó en 1844 y a partir de ese momento la mortandad se disparó, pero entre las parturientas atendidas por los estudiantes. En los meses siguientes, la clínica de las comadronas, la mortandad obstétrica, casi toda debida a la fiebre puerperal, llegó a caer por debajo del 3%, mientras que en la clínica de los universitarios superó el 18% (Cuatro creadores de la Medicina Moderna, de Thomas Dormandy). Las mujeres se negaban a acudir al Krakenhaus.

De manera desconcertante, la epidemia casi no afectaba a las mujeres que daban a luz en la calle y acudían en carruaje. Además, la tasa entre las pacientes particulares (de pago) de Klein era inferior al 1%.

Semmelweis, ya incorporado a la plantilla del hospital, también estaba asombrado. ¿Cómo podían ser unos miasmas invisibles e inodoros los responsables de semejante mortandad y en un ala concreta de un hospital? ¿No sería un agente externo? Su gran descubrimiento consistió más en la comprobación de horarios y rutinas que en la observación clínica. La diferencia entre ambas secciones residía en la sala de autopsias.

Mientras que los estudiantes pasaban directamente de diseccionar cadáveres a atender a las parturientas, ni las comadronas ni sus tutores se acercaban a ella. Semmelweis pensó que la muerte la portaban unas "partículas cadavéricas" que no se limpiaban con el agua y el jabón que usaban. En mayo de 1847 consiguió que su superior, Klein, le permitiese exigir a los médicos y estudiantes que entrasen en las salas para examinar a las pacientes que se lavasen y cepillasen las manos y los dedos con una solución de cal clorada. Después del examen a cada paciente bastaba con agua y jabón.

Los efectos fueron sorprendentes. En abril de ese año, de 312 pacientes fallecieron 57, un 18,2%; en mayo, la mortandad fue de un 14,7%; en junio cayó a un 2,38%; en julio a un 1,83%; y en agosto a un 1,2%.

Los médicos protestan por su piel

En octubre, de las 12 mujeres de una misma fila de camas y examinadas el mismo día, 11 contrajeron la fiebre y murieron. Semmelweis examinó a la única superviviente: tenía cáncer de útero y había sido la primera examinada. De su cuerpo manaba una leucorrea maloliente, que los universitarios no habían eliminado de las manos con el jabón.

Su reacción fue exigir la misma desinfección que se aplicaba a la entrada de la sala de nuevo después de examinar a cada paciente. Sus colegas le acusaron de estar obsesionado con teorías infundadas y adujeron que la excesiva limpieza perjudicaba su piel y su tacto. La vida de las pacientes no importaba tanto como las manos de los médicos.

En noviembre y diciembre, hubo un repunte de muertes: diez y ocho, respectivamente. Semmelweis descubrió que el paciente cero era una embarazada que había ingresado con artritis supurante en una rodilla. En cuanto la mujer recibió el alta y se marchó con su hijo sano, el índice de mortandad cayó al 1%. La causa en esta ocasión eran las emanaciones de la rodilla de la parturienta, que impregnaban el aire de toda la sala.

Semmelweis empezó a difundir sus descubrimientos mediante conferencias y cursos, ayudado por algunos de sus colegas, como los profesores Skoda y Rokitansky, pero no escribió ningún artículo científico.

Como suele ocurrir siempre con las novedades, gran parte de la comunidad médica de Austria rechazó el descubrimiento, porque contradecía sus ideas y procedimientos, y, también, por las envidias dentro de la profesión.

Campañas contra los médicos

Semmelweis acabó abandonando Viena y además participó en la revolución húngara de 1848. A la vez, afloró en él un comportamiento inestable y agresivo. Aunque conseguía nuevos éxitos con sus pacientes, la profesión le seguía rechazando. Su matrimonio en 1857 no le sosegó; ese mismo año le ofrecieron una cátedra en Zurich que no aceptó.

En 1860 publicó un libro con sus investigaciones, pero en el que ajustaba cuentas con los médicos que rehusaban aplicar sus métodos. Les llamaba asesinos. Al profesor Joseph Späth le echó en cara las 1.842 muertes registradas en el Krakenhaus de Viena en diez años.

En sus últimos meses de vida, Semmelweis se hizo más enemigos pegando carteles en las calles de Budapest con este mensaje, recogido por Louis-Ferdinand Céline en una biografía del médico húngaro:

Padre de familia, ¿sabes lo que significa llamar a la cabecera de la cama de tu mujer parturienta a un médico o a una comadrona? Representa que, de forma voluntaria, la haces correr riesgos mortales, tan fácilmente evitables con los métodos…

Acabó perdiendo completamente la razón y enfermando de una sepsis. Según Céline, irrumpió en la Facultad de Medicina de Budapest, se hizo con un bisturí y empezó a desmembrar un cadáver ante los alumnos. En su apasionamiento, se produjo un corte y así entró en su cuerpo la infección de la que libró a millones de mujeres.

Su reivindicación comenzó por médicos extranjeros que aceptaron sus métodos y le calificaron de "segundo Jenner". El cirujano británico Joseph Lister, promotor de la asepsia y antisepsia en los quirófanos, le elogió públicamente en Budapest en 1883 y la primera monografía que se le dedicó la escribió un médico alemán en 1905.

Por desgracia, este trato las castas académicas a los innovadores suele ser más frecuente de lo que cabría esperar, incluso en la medicina. El químico francés Louis Pasteur, contemporáneo de Semmelweis, también sufrió el desprecio y el boicoteo de los médicos. A Alfred Wegener, descubridor de la deriva de los continentes, los geólogos le reprochaban que era sólo meteorólogo. La teoría del Big Bang fue ridiculizada por haberla elaborado un sacerdote, el jesuita Lamaître. Muchas veces, el mundo universitario frena el progreso en vez de impulsarlo.

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