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El hombre nuevo chavista es el macho de siempre

El machismo y la homofobia es algo que comparten Cuba y Venezuela.

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Nicolás Maduro | EFE

El chavismo empezó a echar sus bases en Venezuela más o menos al tiempo que en Europa caía el muro de Berlín, y entonces daba la impresión de que la izquierda del Viejo Continente y la de América Latina transitaban por caminos distintísimos. Diluido el proletariado en la sociedad postindustrial, el marxismo en Europa renunciaba a sus pretensiones épicas y sustituía la tumultuaria idea de clase por la fragmentaria causa de los colectivos, volcándose hacia problemas propios de la vida posmoderna. Por el contrario, en Latinoamérica el socialismo del siglo XXI no aportaba ni una sola novedad a aquel que se las había arreglado en el siglo XX, sin proletariado ni industrialización, para proponerse como versión vernácula a fuerza de combatir el imperialismo y la transculturación de los indígenas mediante la adopción de las doctrinas europeas que le han permitido a Evo Morales ser un prosélito de la hoz y el martillo. Pero, así y todo, puede afirmarse que si el chavismo hubiera sido un resto anacrónico o una mera pasión vintage por revivir el castrismo quizá no hubiese tenido el éxito que tuvo; y al final, si uno pasa de su discurso a examinar su funcionamiento, queda patente que el régimen venezolano está perfectamente cómodo en esta sociedad del Iphone 6 y de los televisores de plasma, que son los que, para el general regocijo de la población, el gobierno subsidia u obliga a rematar en las tiendas cuando empieza a notarse demasiado la escasez de alimentos o de papel higiénico.

El chavismo, pues, tiene la lengua moderna y el seso posmoderno, aunque su posmodernidad esté mucho más cerca del mundo de los Kardashian que del de Foucault. Pero conviene considerar, además, cómo tiene la entraña, en la que no late otra cosa que la pulsión atávica, feudal y premoderna hacia el caudillo. Si Perón era El macho el alfa, se entiende, que acobardaba a los de su sexo y recibía la solicitud del rebaño femenino—, Chávez se esforzó siempre por proyectar la imagen del hombre que mete a la mujer en su cueva arrastrándola del pelo, como en aquel famoso Aló, Presidente en el que felicitó a su esposa por San Valentín advirtiéndole: "¡Prepárate, que esta noche te voy a dar lo tuyo!". Al lanzarse por primera vez a la arena electoral, el teniente coronel golpista tenía enfrente a Irene Sáez, la antigua Miss Universo con cuya derrota se perdió la democracia venezolana para todo este tiempo que ya supera los tres lustros. Porque, a pesar de sus estudios de politología y de su rutilante gestión como alcaldesa de Chacao, la bellísima mujer se llevó toda la sorna de los que la presentaban como la rubia tonta, apta para poner orden en el mundo de Barbie pero no en la Venezuela que estaba harta de los políticos y buscaba el hombre fuerte, el vengador, la reencarnación de ese Bolívar que la historiografía nacionalista evoca con hechuras estatuarias y con verbo de Júpiter tonante, aunque un cronista que lo conoció personalmente dejó escrito que "era su cuerpo pequeño y delgado, y el sonido de su voz como de mujer".

Hugo Chavez y Fidel Castro

Luego, ya con Chávez convertido en tirano, fue también una mujer menuda y elegante —María Corina Machado— la que se reveló como el más valiente y decidido adversario del régimen. Antes de que los diputados oficialistas castigaran esa osadía a puñetazo limpio, el líder supremo prefirió despreciar la talla política de la que llamaba displicentemente la burguesita, con un diminutivo que era en propiedad la marca de género. Cuando Maduro quedó haciendo las veces de máscara mortuoria parlante de su predecesor, el discurso se extendió hasta Henrique Capriles, a quien calificó en un mitin de sifrinito ('pijito') mariconzón. Esto es un clásico de Venezuela, rastreable ya en su novela más representativa, Doña Bárbara, publicada por Rómulo Gallegos en 1929: la barbarie del título, alegoría de la Venezuela primitiva y rural, aparece allí encarnada en una cacica de rasgos viriles que impera despóticamente en su vastísima hacienda, servida por hombres débiles y corruptos. Llega entonces el joven hombre de ciudad, legal e ilustrado (Santos Luzardo, se llama con toda intención el personaje), a recuperar las tierras robadas por la mujerona, pero nadie se lo toma en serio por su hablar culto y sus modales cuidados. Hasta que no se presenta en el corral y doma un potro salvaje ante los ojos atónitos de los peones, éstos no empiezan a considerarlo como un auténtico desafío a la autoridad de doña Bárbara. Algo semejante se creyó obligado a hacer Capriles, que, temeroso siempre de resultar menos populista que el gobierno, contestó a las alusiones de Maduro con una versión más o menos heterodoxa del clásico "preséntame a tu hermana para que te diga si soy gay".

El chavismo, que ha arrinconado a sus oponentes al grito de "oligarcas", se vende por el contrario como expresión de un pueblo que ha recuperado gracias a él su identidad prístina, despojado de las influencias foráneas del imperialismo, de la hipocresía leguleya de las instituciones liberales y del afeminamiento ridículo del civismo. No ha cubierto con velos a las mujeres ni ha hecho ahorcar a los gays (que ya para eso están sus socios de Irán); pero ha afianzado como nunca aquel viejo autoritarismo de la bragueta recreado en todas las novelas de dictador latinoamericano, y tan distinto al auténtico progreso de las sociedades libres y plurales.

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