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La Real Academia Española, fortaleza de las palabras y sus vigilantes

La Real Academia Española vigila desde hace tres siglos el prestigio de la cultura y la buena salud de la lengua española.

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En el interior de la Real Academia Española

Situada en una de las zonas con más historia de Madrid, entre los Jerónimos, el Casón del Buen Retiro y el Museo del Prado, la Real Academia Española, fue fundada en 1713, por iniciativa del marqués de Villena, aunque no fue aprobada hasta el 3 de octubre de 1714 por Felipe V.

Este edificio de ladrillo rojizo esconde en su interior un gran número de detalles históricos relacionados con el castellano, salas y salones emblemáticos, incunables, primeras ediciones, manuscritos y, por supuesto, diccionarios de Lengua Española. Les ofrecemos un recorrido en imágenes por el edificio donde se forja la lengua española desde hace más de tres siglos.

La RAE es una institución centenaria nacida para permanecer vigilante ante los cambios que se producen en la lengua española y para preservar la unidad de esta en todo el ámbito hispánico.

Entre sus salas y salones más representativos se encuentra la biblioteca que dispone, actualmente, de unos 250 mil volúmenes entre libros y revistas y cuenta con fondos de un valor incalculable. La colección de manuscritos, incunables y primeras ediciones de obras de los principales escritores españoles como Cervantes o Lope de Vega; ilustres tomos de referencia como el Diccionario de Autoridades (el primer diccionario) la gramática o la ortografía, pilares fundamentales de la lengua española, tienen un espacio reservado en la biblioteca y los archivos de la RAE.

Otra de las salas esenciales de la RAE es la de los plenos y comisiones, donde se encuentran los sillones únicamente reservados a los 46 académicos de la lengua y representados por una letra del alfabeto. Así pues, por poner varios ejemplos, la letra A mayúscula corresponde a Manuel Seco Reymundo, la letra L mayúscula a Mario Vargas Llosa, la letra T mayúscula pertenece a Arturo Pérez Reverte, Carmen Iglesias con la E mayúscula o la ñ a Luis María Anson Oliart.

Para ser uno de los elegidos y asumir la responsabilidad vitalicia que otorga un lugar en estos ornamentados sillones se debe seguir un proceso muy estricto: cada candidato, siempre y cuando haya fallecido otro académico, debe ser presentado al menos por tres académicos de número y obtener la mitad de los votos más uno. Estar presente cada jueves por la tarde para debatir y decidir el presente y el futuro de la lengua española es un privilegio sólo permitido a unos pocos.

Uno de esos detalles que esconde la Real Academia es su perchero. Antes de entrar, los miembros de la Real Academia Española tienen reservado un pequeño lugar en el vestíbulo, a título nominal y clasificado por orden de antigüedad, uno de los rincones más curiosos del edificio.

Continuando con el paseo por este edificio que rezuma historia y solemnidad, unas alfombradas escaleras y una lustrosa estatua de Francisco de Quevedo anticipa lo que se atisba al final del recibidor: el salón de actos; una amplia sala de techo infinito donde se celebran los nuevos nombramientos y que está presidida por los cuadros de Felipe V y Cervantes e iluminada por la elocuencia y la poesía, dos grandes vidrieras atravesadas por los rayos del Sol.

En su interior también se esconden los legados de Dámaso Alonso, cuya extensa biblioteca fue cedida a la Academia por riguroso deseo del poeta habiéndolo dejado presente en su testamento, o el legado de Antonio Rodríguez-Moñino, también cedido en testamento a la RAE.

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