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Emma Cohen fue el gran amor de Fernando Fernán Gómez

Se casaron en un hospital el año 2000, estando él muy enfermo

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EFE

Se llamaba Emmanuela Beltrán Rahola, había nacido en Barcelona en noviembre de 1946, pero sería conocida como Emma Cohen, aun cuando en sus primeros pinitos artísticos se anunciaba como Emma Silva. Posiblemente con ese apellido trataba de esconder su personalidad, para no ser reconocida por los suyos ya que su padre estaba disconforme con que abandonara la carrera de Derecho para dedicarse al teatro. Fue en sus inicios una especie de musa de la progresía barcelonesa.

En el teatro sus primeros trabajos la acreditaron como excelente comediante, nada menos que en los repartos de Marat-Sade, dirigida por Marsillach y Un enemigo del pueblo. A partir de 1968 debutó en el cine con Tuset Street, aquella curiosa película de Sara Montiel, quien a mitad del rodaje se plantó ante el director, Jorge Grau, quien acabó siendo despedido, sustituyéndole Luis Marquina. Era evidente que aquel cine no era el que le hacía ilusión a Emma Cohen. Y en su abultada filmografía que supera la cincuentena de títulos, los hay muy notables, como Españolas en París, La semana del asesino, Tigres de papel, Solos en la madrugada… Y sin duda los que rodó junto a Fernando Fernán-Gómez, en su faceta de actor y también de director: Bruja más que bruja, Mambrú se fue a la guerra, El viaje a ninguna parte y El mar y el tiempo.

El encuentro con Fernando se produjo en 1970 rodando la película producida por José Luis Dibildos Pierna creciente, falda menguante. El gran actor se sintió atraído por ella. Luego volvieron a coincidir tres años más tarde en un episodio de TVE titulado Tres eran tres. Emma Cohen se había dado a conocer al gran público en una serie infantil de gran audiencia, Barrio Sésamo, incorporando el personaje de La gallina Caponata. Entre el primer y segundo encuentro entre ambos Emma Cohen tuvo un noviazgo con el escritor Juan Benet. En sus espléndidas memorias, Fernán-Gómez escribió esto:

Un día, durante el trabajo entre los árboles de la Casa de Campo, dentro de un coche de caballos, disfrazada de antigua, encontré a la compañera de mi vida. Era joven, hermosa, alegre, pensativa. Le gustaba leer, quería trabajar en el cine, en el teatro, dirigir películas, escribir, cambiar el mundo. Quería ser libre, ser ella y estaba sola y no quería estar sola. A partir de entonces compartimos nuestros proyectos, confundimos nuestros recuerdos, trabajamos y esperamos juntos. Llenó la casa de risas, de bromas, de juegos, de amigos. Cuanto ella podía tener de hospitalaria me lo entregó, procurando, con su gran instinto, restañar las viejas heridas y, con minuciosa delicadeza, no abrir ninguna nueva.

No revelaba la identidad de aquella mujer, pero evidentemente se refería a Emma Cohen, su gran amor. Porque su primer matrimonio, con María Dolores Pradera, fue un fracaso y apenas duró cinco años. A mitad de los años 50 formó con Analía Gadé una pareja muy compenetrada, pero ella acabó cansándose del genio. Así es que Emma, veinticinco años más joven que él, fue quien le hizo muy feliz durante el tiempo que estuvieron unidos. Con una interrupción. Sucedió que durante ese primer periodo de su vida en común trabajaron juntos en varios montajes teatrales, no todos afortunados, como Los lunáticos y Los domingos, bacanal, aunque sí compartieron un triunfo sensacional con una versión de El alcalde de Zalamea. Realizaron incluso una gira por toda España, no siendo Fernando muy amigo de las dos funciones diarias, por lo que pocos años después decidió retirarse de los escenarios. Al concluir aquella gira resulta que Emma abandonó al pelirrojo, soberbio gran actor. El actor pasó un periodo muy deprimido. Un año más tarde la llamó, insistió en hacer las paces y se reconciliaron. Desde entonces ya no volvieron nunca a separarse.

Emma Cohen se dedicó en cuerpo y alma a Fernando, lo cuidó, fue su compañera, su amiga, su amante, su confidente, y quien le aguantaba sus malos momentos, cuando a él le daba por enfadarse con alguien y ella lo calmaba, salvando situaciones a veces penosas. Siendo un hombre de trato exquisito, espléndido conversador, amigo de sus amigos (un reducido número de allegados, bien cierto) tenía a veces accesos de cólera. Y Emma era el bálsamo que dulcificaba esos malos momentos del inconmensurable personaje.

Tanta fue la abnegación de Emma hacia su compañero que en 1995 decidió retirarse del cine. Su última película fue Boca a boca, de Manuel Gómez Pereira. También se había ido alejando del teatro y de la televisión, pero encontró en la escritura, siendo mujer culta, muy preparada, el escape ideal para no sentirse algo marginada de la vida intelectual que siempre le interesó. Así es que publicó una decena de libros, entre cuentos, novelas y algunos relatos de corte erótico. Llegó el mes de febrero de 2000 y Fernando Fernán-Gómez fue internado en la Clínica de la Concepción, en Madrid. El pronóstico era delicado. Creyó tal vez el actor que estaba en las últimas. En cualquier caso meditó entonces un paso que hasta entonces no estaba en su mente: casarse con Emma. Lo que en íntima ceremonia civil sucedió en una habitación del centro hospitalario. Fernando Fernán-Gómez aún vivió hasta 2007. Su muerte produjo en Emma Cohen una sensación de dolor y desamparo. Por entonces le detectaron una grave enfermedad que es la que ahora la ha llevado a la tumba.

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