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Oriana Fallaci se desentraña: la entrevista-testamento

Sí, estoy enferma, venía a decir; pero “Occidente, Europa e Italia están más enfermos que yo”: su cáncer es peor que el mío, “mucho más trágico”.

Mario Noya
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Oriana Fallaci | Wikipedia

Después de toda una vida de entrevistar a tantos, en octubre-noviembre de 2004 Oriana Fallaci se entrevistó a sí misma. "Detesto las entrevistas", porque para ser buenas tienen que "introducirse, hundirse en el corazón del entrevistado", (se) confesaba. Pero es que precisamente de eso se trataba, de desentrañarse, de darse por entero antes de que fuera demasiado tarde. En aquel entonces Oriana ya estaba mala, ya tenía al "Otro" en los adentros. Sí, estoy enferma, venía a decir; pero "Occidente, Europa e Italia están más enfermos que yo": su cáncer es peor que el mío, "mucho más trágico":

El cáncer del nuevo nazifascismo, del nuevo bolchevismo, del colaboracionismo alimentado por el falso pacifismo, del falso buenismo, de la ignorancia, de la indiferencia, de la inercia del que no razona o tiene miedo.

Así que con sus formidables últimas fuerzas rompió a escribir, este libro que es un testamento de una mujer tan brava, veterotestamentaria; que si de algo se arrepentía era de haber mitigado la indignación con la reflexión porque "son demasiados los que callan". Prometió morir como la Brontë, "de pie"; pero no como su semejante, "pelando patatas", sino en todo caso la cebolla de los graves problemas de un Occidente "ciego, sordo [y] chocho" que tiene a los enemigos a las puertas que él mismo les ha dejado abiertas; de hecho ya las han traspasado y "se sienten en su casa en mi casa", no lo toleraba Oriana, que le tomó aquí a Jean Raspail la palabra.

Oriana clama como un profeta de la vehemente vieja escuela contra una Europa que ve degenerada en Eurabia por obra muniquesa y desgracia de los unos de la izquierda canalla y los otros de la derecha acobardada, así como de la Iglesia, qué no diría de Bergoglio la iracunda florentina que no le pasaba una a Wojtyla, por mucho que le reconociera su coraje anticomunista:

Él fue y es responsable ante Occidente de demasiadas injusticias. La injusticia, sobre todo, de no pronunciar nunca una palabra contra nuestros enemigos. (...) De no condenar siquiera a los que degüellan y cortan la cabeza.

A cara de perro, demoledora, maniquea, Oriana Fallaci maldice aquí "el Islam ávido, rastrero, ambiguo", "la más pesada cadena que se haya impuesto al género humano". Cristiana atea, la autora de La rabia y el orgullo niega la existencia del islam moderado, "lo hemos inventado nosotros los occidentales con nuestro optimismo", pero no la de los musulmanes moderados: "Claro que los hay. Obviamente los hay. Incluso según el cálculo matemático de probabilidades tiene que haberlos", incluso vacila, cuarta o quinta acepción. "Piense en mi amado Abdel Rahman al-Rashed. Pero son una minoría exigua". Pero enseguida se lo piensa y lo retira:

Olvídese de Abdel Rahman al-Rashed. Él no es un auténtico musulmán. Es un tipo como yo. Un fuera de la ley, un hereje.

"El Corán es lo que es", sentencia, y a esa hoja no quiere darle vuelta.

(...) los fundamentalistas, los integristas, no son su rostro degenerado. Ergo, un buen musulmán no puede ser moderado. No puede aceptar el Estado de Derecho, la libertad, la democracia, nuestra Constitución, nuestras leyes. El islam moderado no existe.

(Cómo hubiera sido un intercambio entre la Fallaci y la igualmente heroica Ayaan Hirsi Ali).

Oriana desatada, en esta su definitiva entrevista arremete contra todo y contra todos: contra "la patraña del pacifismo multiculturalista", contra los medios que "siempre tienen alguna justificación [para] los enemigos de Occidente", contra el "terrorismo intelectual" de una "Izquierda" (así, en mayúscula) ferozmente antiamericana, "enferma de antisemitismo" y filoislamista hasta el desenfreno. Contra aquel Zapatero piafante de mucho progreso, "un lagarto sin calidad" que "no vale un pepino". Contra "los falsos laicos" que "deshonran el laicismo" y "los falsos liberales" que "deshonran la libertad" en "esta Eurabia deshuesada y mentirosa". Incluso contra los empeñados en exportar a tierra hostil los regímenes de libertades. "La democracia no se puede regalar como una tableta de chocolate. La democracia hay que conquistarla". Así que también sacude a Bush Jr., que "no brilló ni siquiera después del Once de Septiembre" y que "sí, se equivocó sobre Irak"; pero finalmente saca la cara por él y acaba siendo uno de los muy pocos que no salen tan mal parados:

(...) también tiene algún mérito. Para comenzar, el de ser un hombre bastante valiente y el de haber hecho algo para combatir un terrorismo que no se combate con besos y abrazos, es decir con el clásico querámonos mucho de Wojtyla. (...) Y, por mucho que digan los directores bellacos de Hollywood, el de ser una persona digna.

Y además, o por último pero no en último lugar, que está casado con la sosias de su santa mamma:

Lo es hasta tal punto que cuando la veo en televisión doy siempre un respingo y exclamo: "¿Qué haces ahí, mamá?". (...) Laura Bush es una orgullosa maestra de escuela. Mi madre siempre se quejaba de no haber podido ser maestra de escuela y habría querido que lo fuese yo.

***

Finalmente no fue una adorable maestra de escuela sino una periodista de garra, tempestuosa, en ocasiones desabrida, atrabiliaria, muy italiana ("aunque mi Italia sea una Italia ideal, una Italia que no existe, que quizás sólo haya existido en el Risorgimento, mucho cuidado con herir mi orgullo patriótico"). Que, dejando poderosa constancia de su "ovárica pasión por la libertad" –no dejen de leer la memorable carta que le escribió Martín Prieto a mediados de los 90–, murió peleando por hacerlo como siempre quiso,

sin haber tenido nunca en la frente ni en la mano la marca de la esclavitud o de la complicidad.

Oriana Fallaci, Oriana Fallaci se entrevista a sí misma, La Esfera, Madrid, 2005.

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