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Fernando Navarro García

Sobre ética, cortesía y privacidad

El día en que se inventó Gran Hermano y su legión de sucedáneos perdimos uno de los pocos reductos de libertad que nos quedaban: nuestra vida privada.

El día en que se inventó Gran Hermano y su legión de sucedáneos perdimos uno de los pocos reductos de libertad que nos quedaban: nuestra vida privada.
Participantes de una edición de Gandía Shore | Archivo

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Comte-Sponville

Comte-Sponville, el filósofo francés, sitúa a la urbanidad y cortesía al principio de su maravilloso libro Pequeño tratado de las grandes virtudes. Su justificación es muy simple: si la ética es el aprendizaje para hacer el bien mediante la repetición (hábito, costumbre) de acciones virtuosas (buenas), la cortesía -aunque solo sea apariencia y formalismo- es lo primero que debe aprender el niño desde muy pequeño para ir con los años "forjando un carácter" o una ética (que es lo mismo).

El niño al principio no entenderá por qué razón debe ceder su cómodo asiento en el metro a esa persona mayor, pero a costa de ir haciéndolo a regañadientes durante toda su infancia, cuando alcance la adolescencia lo hará de forma automática y sera entonces cuando ya pueda entender las verdaderas razones morales de aquella rutina, de aquel hábito: los ancianos son mas frágiles, mas débiles y vulnerables, han invertido su vida para ofrecernos el mundo que disfrutamos y merecen nuestra gratitud y ayuda. Por esta razón la "cortesía", aunque solo sea una apariencia de ética, es esencial pues prepara a nuestros niños para ser mañana hombres virtuosos; quizás no santos pero si mejores personas.

Creo que haber acabado con los libros de urbanidad (considerados intrínsecamente "carcas") ha sido un error gravísimo que a la larga ha ido degenerando las buenas costumbres heredadas de nuestros antepasados (las malas -que también las tenían- hay que erradicarlas) y abocando a nuestra sociedad a una suerte de lento suicidio moral. Por eso hoy estamos tan des-moralizados.

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Belén Esteban en Gran Hermano Vip

El proceso no es irreversible (en nuestra naturaleza moral nada lo es) pero hoy vemos sus horribles frutos en programas televisivos como Gandía Beach o Gran Hermano que no solo atentan contra la ética sino también contra la estética.

El abuso en tales programas del reclamo sexual es un signo distintivo de los nuevos tiempos. Personalmente no veo la necesidad de hablar explícitamente de pornografía (que no de sexo). No lo hacia con los amigotes a mis 20 años y lógicamente no lo hago hoy pasados los cincuenta pero no por mojigateria, ni por temor al averno, ni por papanatismo o alguna suerte de ascetismo sino por la misma razón por la que evito hablar de mis logros intestinales o de las discusiones de pareja, a menudo aburridisimas.

No hay duda para tal silencio: Se trata de actividades necesarias, inevitables y en ocasiones hasta placenteras o meramente satisfactorias (incluidas las discusiones, si) pero son o solían ser privadas. Son mías y, a lo sumo, compartidas con mi pareja y mi círculo más íntimo. No se ventilan en publico, pues su protagonista entiende que debe privar al mundo de tales detalles por reconocerse triviales, desagradables o muy íntimos. Hay una hermosa escena en la película Salvad al Soldado Ryan que ilustra lo que quiero decir. Tom Hanks esta leyendo meditabundo una carta recibida de su esposa. Uno de sus compañeros de armas se le acerca y le pregunta amistoso: "¿que te cuenta? Y Tom Hanks responde sereno: "No, es solo para mi". Un verdadero homenaje a la privacidad de ciertos sentimientos o sensaciones. No hay mayor traición, ni ignominia, que ventilar las amarillentas cartas de amor una vez rota la pareja. Un buen amante, si alguna vez amo, debería o bien devolverlas o bien quemarlas, pero nunca difundirlas.

Naturalmente toda esta mecánica funcionó mas o menos de este modo hasta que un dia un productor de televisión sociópata descubrió la rentabilidad de mostrar durante 24 horas seguidas a un grupo de hombres de las cavernas hurgarse las narices hasta trepanar sus cerebros, bostezar al punto de desencajar quijadas, eructar como el Krakatoa y, por supuesto, copular, peerse y discutir a gritos por ver quien se come el ultimo donut (y a menudo todas estas actividades al mismo tiempo, lo que exige -justo es reconocerlo- una habilidad superior a la del mandril).

Ese día, el día en que se inventó Gran Hermano y su legión de sucedáneos, perdimos uno de los pocos reductos de libertad que nos quedaban: nuestra vida privada. Ese día perdimos también los buenos modos, la educación y la vieja cortesía pues una gran parte de lo que sucede en nuestra trastienda no merece la pena ser contado.

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