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María Dolores Pradera, fina estampa

Para muchos, será siempre la inolvidable cantante de “Fina estampa” y tantas otras melodías con sabor a folclore hispanoamericano. Fue una mujer de extraordinaria sensibilidad, culta y con un gran sentido del humor.

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María Dolores Pradera en Ciudad de México | Cordon Press

El tópico más repetido sobre María Dolores Pradera, comúnmente utilizado en cualquier trabajo periodístico, siempre fue el de "la gran dama de la canción". Y como tantos otros tópicos, era cierto. Solía vestir de blanco y negro en sus actuaciones: uno en la primera parte, albo; en la segunda, oscuro. Y ponchos, algún mantón de Manila también. Pero lo importante era la singularidad de su voz, de no muy elevada tesitura: dulce, a veces más grave, si interpretaba una historia dramática. Porque era actriz, lo fue mucho tiempo en el teatro, más que en el cine. Nunca se consideró una estrella. Y para muchos, será siempre la inolvidable cantante de "Fina estampa", "La flor de la canela" y tantas otras melodías de corte romántico, con sabor a folclore hispanoamericano. No podremos, no debiéramos olvidarla porque nos acompañó mucho tiempo con ese hermoso repertorio.

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Se han publicado, a lo largo del tiempo, fechas inexactas de su nacimiento. Caí en el mismo error, hasta que ella misma supo rectificarme: vino al mundo en Madrid el 29 de agosto de 1924. Su padre, asturiano de Tineo, otro indiano que fue a conquistar América y volvió con una cierta fortuna, se casó con una viuda de dieciocho años. Tuvieron cuatro hijos, entre ellos María Dolores.

No le gustaba estudiar. Hizo un papelito en la película de Juan de Orduña Porque te vi llorar, papel tan breve que le impidió aparecer citada en el reparto. Luego, aunque fuera protagonista, en general el cine no le hizo justicia como actriz. A principios de 1942 había probado suerte en el teatro, como meritoria en la compañía del madrileño teatro de la Comedia, con Madre, el drama padre, de Jardiel Poncela. Poco a poco su nombre alcanzó los primeros puestos de la cartelera, en el Español, el María Guerrero, el Eslava… Fue la perfecta Melibea de La Celestina, y doña Inés del popular Tenorio, la Soledad, de Unamuno, representando lo mejor del clásico y el teatro contemporáneo, desde El jardín de los cerezos, de Chéjov, y Mariana Pineda, de García Lorca hasta Cándida, de Bernard Shaw, que fue su despedida del arte de Talía, en 1975. Almorcé con ella la víspera del estreno: "Estoy muerta de miedo, a pesar de mi veteranía. Me despediré con esta obra como actriz porque las dos funciones diarias me cansan. Prefiero dedicarme a la canción".

Cuando ya era muy conocida como actriz teatral conoció a Fernando Fernán-Gómez. Contaba ella que el pelirrojo actor era un principiante entonces y ella le echó una mano. Harían buenas migas, al principio y se ennoviaron. Hasta casarse el 29 de agosto de 1945, el día del cumpleaños de María Dolores. Tendrían dos hijos: Fernando, nacido en mayo de 1946, y Helena (así gusta a ella escribir su nombre), en junio del año siguiente.

María Dolores Pradera ya cantaba desde muy jovencita. En los años que vivió en Chile había descubierto esa faceta suya. Y un día, estando en la ducha canturreando escuchó a su madre, que le gritaba: "¡Nina, apaga esa radio…!". Se dio cuenta que podía ganarse también la vida como cantante, no únicamente como actriz. En alguna de aquellas películas de sus inicios cinematográficos llegó a cantar composiciones del maestro Leoz, caso de "Llegada de noche" y de "Vértigo". Su voz, sin aparecer tampoco en pantalla, sonaba asimismo en Carne de horca, una buena cinta de Ladislao Vajda, de 1953, "El romance de Lucero".

El matrimonio con Fernando Fernán-Gómez se quebró a los siete años de convivencia. Dos caracteres fuertes enfrentados. Se dijeron adiós. Animada por un grupo de amigos, gente intelectual con la que se reunía regularmente, debutó en una sala situada en el paseo de la Castellana. Era una "boÎte", como se decía entonces con grafía francesa, conocida como "Alazán". Estrenó "Ojos azules" en Radio Madrid, que le escribió el maestro Fernando García Morcillo para el programa "La radio es la radio". Creyeron muchos que aquella irrupción musical de la hasta entonces actriz, era un simple capricho. En aquella sala la habían contratado para una sola semana, y ante el éxito le fue prorrogado el contrato. Ava Gardner iba algunas noches a aplaudirla, entre otros personajes del mundo del espectáculo. "Como mi sueño era montar compañía teatral propia –me contó un día- y yo no tenía el dinero suficiente para ello, decidí continuar cantando y así poco a poco fui dejando los escenarios". En su repertorio incluyó habitualmente el célebre bolero del mentado maestro García Morcillo, que lleva por título su doble nombre: "María Dolores".

Para acompañarla con sus guitarras contrató a Los Gemelos, los hermanos Santi y Julián, arquitecto uno, matemático el otro. Hasta entonces habían ocupado ese mismo papel con Nati Mistral. Ésta, desde luego que sin rencor, me confió: "María Dolores me quitó a Los Gemelos". Treinta años estuvieron con ella. Hasta se rumoreó que uno de ellos fue su amante. La muerte de Santi en 1993 dejó a María Dolores Pradera sin el dúo habitual. Nada divos, los dos, extraordinarios concertistas, supieron estar en un segundo plano, pero apoyando decisivamente las actuaciones de la artista madrileña.

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De Chabuca Granda, gran amiga suya, cantó los que serían sus dos éxitos más recordados: "Fina estampa" y "La flor de la canela". Y de Belisario Pérez y Margarita Durán, "Amarraditos", insustituible en sus actuaciones. Y si le añadimos títulos de Agustín Lara y de José Alfredo Jiménez, queda claro cuáles eran sus gustos musicales, el bolero y otros ritmos de allende el Atlántico en español. Pero también se acercó a cantautores más cercanos, sobre todo los más jóvenes en los últimos tiempos, caso por ejemplo del granadino Carlos Cano, de quien tomó sus mejores creaciones; y de Alberto Cortez, Amancio Prada, Los Sabandeños… No le importó, al contrario, unir su voz a la de artistas de otras generaciones, que podían ser sus hijos o, casi mejor, sus nietos: Joaquín Sabina, El Consorcio, José Carreras, Paloma San Basilio, Diana Navarro, Bisbal, Bunbury, Estrella Morente, Rosana, Dani Martín, José Mercé, Amaia Montero, Ana Torroja… Un largo etcétera. Todos, absolutamente todos ellos, hablaron siempre maravillas de "la gran dama de la canción".

Me recibió una tarde María Dolores en su hermoso piso cercano al estadio Bernabéu, lleno de cuadros de autores importantes. Su hijo se ha dedicado precisamente a una galería de arte. En la penumbra de una de sus habitaciones, me contó lo siguiente, como una confesión más o menos íntima, habida cuenta que hubo un tiempo en el que se violentaba mucho si se le preguntaba por Fernando Fernán-Gómez: "Siendo madrileña, hija de asturiano y vasca, he estado treinta años siendo argentina. Por la legislación de entonces, cuando me casé con Fernando, que tenía esa nacionalidad. Y cuando nos divorciamos en 1983, obtuve la nacionalidad española. ¡No sabes la cantidad de problemas que he tenido siempre para solventar asuntos burocráticos, por esa circunstancia! Cada tres meses tenía que ir rellenando un montón de papeles".

Ninguno de los dos se había preocupado de legalizar su estado civil. Separados, desde luego, pero incluso al aprobarse el divorcio tardaron lo suyo hasta que Fernando tomó la iniciativa y la llamó para firmar lo necesario en ese trance. ¿Y saben por qué? Por consejo de sus asesores fiscales, después de tres décadas de separación de mutuo acuerdo.

Ya no volvió a casarse más María Dolores Pradera. Si lo haría Fernán-Gómez con Emma Cohen, cuando se sintió muy enfermo. María Dolores tuvo discretamente varias relaciones sentimentales. Probablemente la más conocida con el brillante periodista, director de "ABC", Luis Calvo.

Ella bromeaba, diciéndome: "No, no quise casarme más. Será que soy una mujer difícil".

Pocas horas después de la muerte de María Dolores Pradera, un contertulio de la tertulia mañanera de Radio Nacional de España, muy conocido periodista comentaba que le parecía una mujer triste. Es cierto que mucha gente así la creía, tal vez por su semblante a veces demasiado serio. Mas puedo atestiguar por las veces que tuve el placer de compartir su compañía, que era todo lo contrario: mujer de extraordinaria sensibilidad por encima de todo, culta, e insisto con un gran sentido del humor, inteligente, sarcástica e irónica si el asunto lo requería. Se nos ha marchado una de nuestras damas más importantes de la vida artística española. Una cantante de varias generaciones. Con un estilo propio que nunca cambió por muchas modas musicales que la invitaran a ello: "Canto lo que quiero y así seguiré hasta que me retire para siempre".

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