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Corrección e idea fija

La marea de mediocridad alimentó una criatura como la corrección política, al amparo de la cual crecieron los viejos rencores, junto con otros nuevos

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Sócrates fundó la ética del conocimiento viendo en el dogmatismo no solo la estupidez suprema, sino el principal enemigo de la concordia y el progreso humano, pues subordina la experiencia a la creencia y suple su incapacidad persuasiva decretando que cambiar de idea es alta traición, y el apóstata será castigado como quien asesina por gusto. En 399 a.C., cuando bebió de buen grado su cicuta, la democracia ateniense tenía poco más de cien años, y estaba vigente el crimen de asébeia o impiedad –previsto para actos de desprecio hacia los dioses, la polis y las costumbres-, aunque respetar sus cualidades le evitó morir de sed en un calabozo, como prescribía la ley vigente.

Arrepentida poco después, Atenas castigó a sus dos acusadores, y el mundo civilizado acabaría abrazando en teoría la ética del conocimiento. Sin embargo, su actitud observante y reflexiva topó con la crisis unida a pasar de la sociedad comercial desarrollada por griegos, fenicios y cartagineses a la sociedad esclavista romana, donde los siervos dejaron de concentrarse en la esfera doméstica y monopolizaron la mano de obra –tanto inespecífica como especializada-, fulminando al tiempo el empleo del hombre libre y la productividad. Sin perspectivas de promoción, la inventiva se tornó arte de la desidia, y la innovación pasó a considerarse cosa indeseable.

De un trabajo invariablemente servil partió ligarlo con el pecado original, mientras el crimen de impiedad se generalizaba como delito de herejía, corolario de monoteísmos con vocación de imperio universal que devolvieron actualidad al precepto de creer antes de ver, otrora una extravagancia de fanáticos periféricos como el terrateniente Abraham, dispuesto a degollar a su hijo para congraciarse con "un Dios celoso". En lo sucesivo, despreciar el campo empírico fue el artículo de fe más elemental.

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Representación de la muerte de Sócrates

Un milenio de miseria progresiva tocaría fondo con el siervo de la gleba, un esclavo sin los auxilia tradicionales de techo, ropa y rancho –pues sus amos eran demasiado pobres para procurárselos-; pero por eso mismo capaz de acumular en los ratos libres, que andando el tiempo desertó de su gleba para transformarse en marino y caravanero, reabriendo las sendas de un intercambio comercial desterrado hasta entonces en nombre de la santa pobreza o Pax Dei, donde la compraventa se había reducido a personas.

Desde el siglo XIII, cuando restablecer el comercio de bienes y servicios logra amurallar los burgos, la prole de los desertores es una grey de profesionales remunerados capaz de resistir las razias del señorío, que tras financiar a los reyes para emanciparse del feudalismo termina convirtiéndoles en instituciones cada vez más decorativas, mientras la alianza del campo y la ciudad crea el germen de pueblos soberanos. El Renacimiento anuncia ya la era industrial, mientras el buen cristiano pasó a entender que entre sus deberes estaba prosperar, y con la abundancia cundió un retorno incondicional a Sócrates, mediante Constituciones donde la libertad es el valor político supremo.

Llegaría luego la gran masacre del siglo XX, donde acabar con las sinecuras del rico logró que pueblos enteros sucumbieran a hambrunas tan descomunales como inseparables de planes eugenésicos, que parecieron perder sentido con la implosión de la URSS y el hecho de readmitirse los negocios en China. El dogmatismo político quedó tan tocado como la planificación económica, y dejar de fijar los precios por decreto dio alas a la iniciativa y el ingenio técnico. Así surgieron instituciones tan inauditas como la UE y la OMC, mientras desde finales de los años 80 todos los días unas 35.000 personas abandonaban el umbral de la miseria, por más que dicha noticia nunca haya merecido titulares.

Pero el guerracivilismo se reagrupó aliado con el integrismo islámico; y la marea de mediocridad unida al desahogo alimentó una criatura como la corrección política, al amparo de la cual crecieron los viejos rencores junto con otros nuevos –el lesbofeminismo, por ejemplo, chicano o no-, mientras la enseñanza y buena parte de la prensa, reductos centenarios de marxistas más o menos light, cultivaban la autocensura. Victimista por naturaleza, con esa corrección llegaron también la posverdad, el nacionalismo excluyente y un sesgo general hacia la intolerancia y la amnesia, con engendros como la Ley de Memoria Histórica, la discriminación sexual sine die o una prohibición de investigar etnia, credo y nacionalidad de los maltratadores, cuando alega esforzarse por evitar el maltrato.

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Donald Trump y el Papa Francisco en el Vaticano en mayo de 2017. | Cordon Press

En Norteamérica el infantilismo y la desvertebración subsiguiente expulsan a profesores por motivos como aludir a "una negra nube de ignorancia" –sin disculparse luego por el insulto implícito al afroamericano–, u organizar una exposición de arte samurái que "podría herir la sensibilidad de alumnos chinos". Desplazando la ofensa del emisor al receptor, varias Universidades excluyen debates sobre asuntos como la violencia de género sin habilitar "espacios seguros", como una sala contigua donde música relajante y sofás calmen al "afectado". En Columbia hasta dos docenas de personas pasaron por ella tras hablar sobre causas de dicha violencia, y una de las participantes explicó: "Me sentía bombardeada por ideas hostiles a mis creencias más íntimas".

Adalides de la corrección, el New York Times y el Washington Post no entienden cómo acumular acusaciones contra Trump desde mucho antes de ser elegido desembocó en su triunfo, como si dicho resultado no atestiguase el hartazgo ante su parcialidad. Lástima da que setenta años de paz y abundancia no hayan bastado para generalizar el respeto por la coherencia y fluidez del pensamiento, o para que un Sócrates redivivo esquivase la oferta de cicuta. Pero Roma no se tomó en un día, y para valorar el combinado de castrismo con ayatolas, papa Francisco, Syriza, MeToo# y sus etcéteras basta recordar la sentencia de Amós, el profeta más antiguo: "¡Malditos sean los que disfrutan tranquilamente!".

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