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Amando de Miguel

El último concilio de Toledo

La juventud, en su más amplio sentido, propende más al ateísmo y al agnosticismo. Con la misma edad, las mujeres suelen ser más creyentes que los varones.

En la imperial Toledo nos hemos reunido unos cuantos estudiosos a platicar sobre "Dios en la literatura contemporánea". Las sesiones se celebraban en la Facultad de Humanidades, donde presumiblemente se habla en las clases de Dios y de obras literarias. La sorpresa ha sido que, en las sesiones del concilio, abiertas a todo el mundo, no hemos visto que hayan aparecido profesores o alumnos de la facultad. El dato negativo es todo un símbolo de la degradación universitaria. El próximo concilio será mejor que se reúna en una cafetería.

Me tocó perorar sobre "Trazas de Dios en las novelas de la edad de plata de la literatura española: 1874-1936". Es realmente un periodo egregio de la producción cultural española, sobre todo por lo que se refiere (ahora dicen "por lo que hace") a la novela. Quien desee hacerse con las setenta páginas de mi ponencia no tiene más que pedírmela. Añado ahora algo que no dejé claro: cómo se define la dimensión de la religiosidad. No se trata de un lujo o un capricho. En todas las sociedades conocidas ha existido siempre alguna realidad espiritual o sagrada, no digamos en la civilización occidental.

Al hablar de dimensión (uno no puede dejar de ser empírico), parecería que la religiosidad se estableciera como una especie de continuo, desde un polo positivo (creyentes) a otro negativo (ateos). Pero la cosa es algo más compleja. Para empezar, creyentes y ateos participan de una misma característica: la fe o convicción no racional en sus respectivas creencias. Son por eso militantes, más o menos seguros de estar en la verdad. Los creyentes se apoyan en la tradición bíblica y los ateos en la ciencia.

Pero, estadísticamente hablando, en una sociedad parcialmente secularizada como es la española contemporánea, los dos grupos indicados representan solo una minoría. La mayor parte de la población entraría en la casilla de los agnósticos. Son los que resisten a sacar alguna conclusión sobre el fenómeno religioso y, más en concreto, sobre la existencia de Dios. A su vez, los agnósticos comprenden dos posiciones algo distintas: los escépticos y los indiferentes. Los escépticos son los que se esfuerzan por encontrar alguna realidad espiritual o sagrada, aunque no la encuentren. Skeptikós en griego es el que busca con esfuerzo la verdad. Conviene volver al sentido original del término.

El pueblo llano suele asignarse a las casillas de los creyentes o los indiferentes. En cambio, las personas dedicadas al menester intelectual o cultural (científicos, escritores, artistas, profesionales, etc.) se inclinan más bien por el ateísmo o el escepticismo.

En la sociedad española contemporánea la posición de los creyentes suele oscilar biográficamente: se da más en la infancia o en la adolescencia y también en la madurez y la vejez. La juventud, en su más amplio sentido, propende más al ateísmo y al agnosticismo. Con la misma edad, las mujeres suelen ser más creyentes que los varones.

En el cuerpo de novelistas de la Edad de Plata de la literatura se registran las cuatro posiciones dichas. Creyentes pueden ser Pereda, Valera, Miró o Palacio Valdés. Escépticos son estos maestros de las letras: Galdós, Pardo Bazán, Unamuno o Pío Baroja. A la categoría de ateos militantes pertenecen Felipe Trigo y Blasco Ibáñez. Hay algún caso de conversión (de ateo a creyente): Pedro Antonio de Alarcón. La figura contraria es la de Pedro Sánchez, el personaje creado por Pereda.

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