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El Señor de los Crímenes, el Bien que defendió y el Mal que combatió

Creía en el Bien y el Mal, especialmente en el Mal, que triunfa gracias a sus mañas para quitarse importancia. El Bien, para él, estaba en los que luchan contra el Mal.

Federico Jiménez Losantos con Paco Pérez Abellán. | David Alonso

Durante muchos años he despachado –a él le habría encantado el término– con Francisco Pérez Abellán toda clase de crímenes. Algunos, la mayoría, por ser noticia; otros, por su relevancia histórica; casi todos, por aclarar los términos en que aparecía, escandalosamente desnortados y demagógicos. El asunto en el que siempre desembocábamos era la idea del Bien y del Mal, que tantos memoprogres mediáticos sustituyen por la "responsabilidad social", el "trauma psicológico" o "la locura del crimen".

Así resumía mi admirado Paco la idea de los dizque locos que matan:

Mire, Don Federico: si un loco coge un cuchillo y ataca a alguien, acaba siempre haciéndose daño a sí mismo. Si le da una puñalada en el corazón, de loco, no tiene nada. Es un hijo de Satanás que se hace el loco. Y siempre hay un psiquiatra y un periodista que le creen. ¡Será por tontos!

Como todos los grandes criminalistas, Paco creía en el Bien y el Mal, especialmente en el Mal, que triunfa gracias a sus mañas para quitarse importancia. El Bien, para él, estaba en los que luchan contra el Mal. Por eso fue siempre un gran defensor de la Policía española y la Guardia Civil. Porque, al margen de los medios materiales, siempre escasos, tienen la intuición del oficio y conservan el sentido moral de su trabajo, que no es reinsertar a nadie, sino atrapar y mandar a la cárcel, si el juez no lo impide, al asesino. O la asesina. El crimen no tiene género sino técnicas distintas. ¡La de veces que habremos hablado de las envenenadoras de Valencia!

La decadencia de los Sucesos

Paco creía que el trato sensacionalista y amoral de los crímenes partía de la desaparición en los medios de la sección de Sucesos, sumida en el batiburrillo de Sociedad –como si algo no lo fuera– y que desembocaba en que los mismos que informaban del último duque consorte de Alba lo hacían del Crimen de los Urquijo. Y, naturalmente, desbarraban. Por eso se pierden en explicaciones psico-sociológicas de baratillo: porque no saben nada de crímenes, ni les apasiona el asunto, ni tienen idea del mal, que es su base metafísica, ni tampoco del asesinato, que es su construcción física. Mientras no se recupere la sección de Sucesos, decía Paco, el Mal estará achatarrado entre las teleseries y la chismología.

Por cierto, que la primera vez que me senté con él y otros colegas de Diario 16 –seguramente Carmelo Caderot y Fernando Reinlein– venía de la escena del crimen de los Urquijo y estaba absolutamente fascinado:

¡Tremenda! ¡Qué mujer! ¡Ella es la clave de todo, pero nada dirá!

Tras ese caso, que consumió muchas sobremesas, una de sus frases favoritas, para ridiculizar la pomposidad judicial, era la fórmula del fiscal Zarzalejos, modelo de precisión al tuntún: "Solo o en compañía de otros".

¡No te joroba! ¿Y qué otros? ¿Y como que "o", y por qué no "y"? ¡Hay que ver qué aires se dan algunos, total, para quitarse de enmedio!

El asesinato de Prim

Paco no era devoto, como yo, de la novela negra. Prefería estudiar los sumarios y bucear en sus contradicciones. Por eso consiguió desentrañar uno de los crímenes más famosos de la Historia de España, el del general Prim. Su trabajo, que seguí desde el principio y que no tiene parangón en la criminología española, fue enterrado por los historiomangantes, a los que molesta que "un aficionado" les dé lecciones prácticas de investigación. Su mayor éxito le causó también muchos sinsabores. Ese es el problema de los "casos malditos": que lo son. La parte mollar de su investigación, antes de llegar a los ojos de cristal de la momia, fue encontrar lo que Pedrol Ríus había traspapelado o escondido en los infinitos volúmenes del sumario. Cada vez que le pillaba en algo –y le pilló en todo– estaba satisfechísimo.

La popularidad, además de conmigo en la Cope, le llegó con las Crónicas marcianas, raíz de la anécdota que le encantaba contar. Iba un día por la calle y un niño le dice a su madre:

¡Mira, mamá: el señor de los crímenes!

Le gustó tanto que lo puso como título a uno de sus libros. Yo lo recordaré siempre por los crímenes que comentamos juntos y porque era un señor que siempre tuvo claro qué es el Bien y cómo se esconde el Mal. Lo más difícil de aprender en esta vida.

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