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Pedro Fernández Barbadillo

El "recinto festivo" del Orgullo

La expulsión de una persona, que la izquierda no acepta en una discoteca o restaurante, lo hace y aprueba en un espacio público privatizado.

Pedro Fernández Barbadillo
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Pedro Fernández Barbadillo - El "recinto festivo" del Orgullo
Concursante de la carrera de tacones durante el Orgullo Gay en Madrid | David Alonso Rincón

A los vascos de cierta edad no nos sorprende en absoluto la degradación del Orgullo Gay, en que una pretendida fiesta se convierte en campo de batalla cuando los bebedores y ligones se transforman en airados porteros de discoteca al sonar el silbato de órdenes que maneja la izquierda.

A partir de 1978, los festejos veraniegos en las ciudades y pueblos vascos y navarros se convirtieron por acción de la extrema izquierda ‘abertzale’ y por connivencia de los nacionalistas ‘moderados’ en una fiesta privada.

En Bilbao, el centro popular de la ‘Aste Nagusia’ (Semana Grande) se colocó en el parque del Arenal y unos aparcamientos entre la ría y el Casco Viejo. El Ayuntamiento vizcaíno, como muchos otros, privatizaba ese espacio público, que entregaba a la comisión de comparsas durante diez días. Los bares o asociaciones que querían montar una ‘txosna’ (caseta) tenían que abonar a aquella un canon a la comisión comparsas y colocar carteles de los presos etarras.

Además, el Ayuntamiento, siempre dirigido por el PNV, pactaba con la susodicha comisión (controlada por quienes todos intuyen) que no entrase la Policía Municipal en la zona acotada. Es decir, el ‘recinto festivo’ se convertía en una reserva india con casino, un lugar donde los bravos bebían y se emporraban, mientras los jefes facturaban mucho dinero. Y para que los parecidos con una película del Oeste fuesen completos, de vez en cuando salían cuadrillas de 'borrokas' a cortar el tráfico o a arrancar la bandera española del mástil del Ayuntamiento, que se refugiaban en el ‘recinto’ una vez realizada la machada.

Las fiestas veraniegas vascas han sido durante décadas una escuela de violencia y de ilegalidad permitida por el Estado, y que se mantiene a pesar de la hibernación del brazo armado del MLNV, pues al País Vasco, tan español como Fuengirola o Gandía, también ha llegado la plaga de los manteros. Esos inspectores de Hacienda que irrumpen prepotentes en muchas bodas o restaurantes nunca han aparecido en las ‘txosnas’. ¿Quizás porque dependen de las Diputaciones forales?

En los ‘recintos festivos’, como en el Orgullo, ciertas personas no eran, ni son, aceptadas por quienes controlaban la fiesta. Los militantes de AP, del CDS y hasta del PSOE que querían acercarse a las ‘txosnas’ tenían que pensárselo mucho o abstenerse de hacerlo para evitar insultos, amenazas y empujones. Igual que los militantes de Ciudadanos. La expulsión de una persona por su aspecto o su ideología que la izquierda en todas sus expresiones no acepta en una discoteca o restaurante lo hace y aprueba en un espacio público privatizado. En otra similitud entre el viejo Bilbao y el moderno Madrid, hay burgueses que afirman que los apaleados incluso se merecen los que les pase por acudir a una fiesta donde no se les quiere.

Cuarenta años después de las primeras ‘Aste Nagusia’ en que la juventud ‘borroka’ desbordaba los ‘recintos festivos’ y alternaba la ‘gaupasa’ con la bronca política, el tiempo ha convertido a esos muchachos en cincuentones que necesitan de sillas porque ya no aguantan toda la noche de marcha. Y como éstos encima no han tenido hijos, no hay generación de reemplazo, por lo que la violencia ha desaparecido. De modo que asistimos a la paradoja de que las fiestas que se vulgarizaron en la Transición con la excusa de rescatarlas del elitismo en que, se decía, las habían encerrado las autoridades del franquismo, han vuelto a ese ambiente de terraza cerrada al populacho con música melódica y camareros con pajarita.

La difusión entre toda la izquierda del método batasuno de hacer negocio con el espacio público y reservarse el derecho de admisión en él a cambio de la aceptación de sus ideas y del abono de un canon supone que ya toda España empiece a ser como Alsasua.

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