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Tom Treanor, cuando contar la guerra es más audaz que hacerla

Hécate publica las crónicas de este reportero de la Segunda Guerra Mundial, muerto en accidente de tráfico a pocos días de la liberación de París.

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Hécate publica las crónicas de este reportero de la Segunda Guerra Mundial, muerto en accidente de tráfico a pocos días de la liberación de París.
Tom Treanor entrevista a una civil tras desembarcar en el frente italiano | Hécate

Es difícil comprender qué puede llevar a una persona a correr hacia la catástrofe cuando todo se cae a pedazos. ¿Qué se le pasa por la cabeza a un hombre joven, recientemente casado, con niños pequeños a su cargo y con un trabajo cómodo en un periódico de California, que de la noche a la mañana embarca en un avión y se va por voluntad propia a cubrir el fin del mundo? Su pasión por conocer lo que sucede debe ser poco más poderosa que su pasión por informar de ello.

El periplo de Tom Treanor (Los Ángeles, 1908 - Francia, 1944) por los frentes de la Segunda Guerra Mundial es complicado de racionalizar. Como tantos otros actos humanos sucedidos en tiempos convulsos, invita a pensar que nada espolea más al hombre que la incertidumbre que produce un final incierto. En 1940 Europa comenzó a arder; y pese a que desde las lejanas llanuras americanas la "zona cero" podía parecer bien sitiada, en el fondo todo el mundo sabía que las pavesas de aquel mastodóntico incendio no tardarían en extenderse a todos los rincones del planeta. Sólo así uno puede llegar a comprender qué resorte terminó movilizando a todos aquellos voluntarios y reporteros estadounidenses. Qué necesidad vital, esa búsqueda de certezas y de señales de alivio, les empujó a arrastrarse por el fango con la máquina de escribir a cuestas, para narrar de la mejor manera posible los diferentes actos de una matanza que amenazaba, en las mentes más pesimistas, con terminar con lo mejor de la civilización.

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Treanor fue uno de los reporteros que cubrieron el Día D

Suele decirse que existen incontables maneras de aproximarse a una realidad. Y de hecho, existen muchas maneras de aproximarse a una guerra. Las crónicas de Treanor, seleccionadas y editadas en España recientemente bajo el título de El cruce de la metralla (Hécate), son ante todo un ejemplo de frescura y periodismo. Al fin y al cabo, no son más –ni menos– que el resultado del trabajo de un reportero que se limita a contar lo que ve, pero que se esfuerza por ver todo lo posible cada día y por fijarse en aquello en lo que otros no se fijarían. En ellas, por tanto, los movimientos de tropas y las farragosas estrategias bélicas tienen menos protagonismo que los nombres de las personas que las padecen. Y por eso sus líneas consiguen reconstruir la guerra a través de los gestos, que siempre son más elocuentes que las sucesiones de fechas, lugares y cifras.

Siguiendo siempre esa línea personal, Treanor va saltando de un lugar a otro, y esbozando sin querer la complejidad de su tiempo, con sus múltiples aristas: las preocupaciones de los refugiados europeos en Lisboa; las de los japoneses nacidos en estados unidos, señalados tanto antes como después del ataque a Pearl Harbor; los juegos de los niños, todavía inconscientes, en los colegios; las dificultades de los soldados ingleses y americanos al intentar ligar con chicas griegas; la impresionante valentía de cada uno de ellos, resignados ante la presencia constante de la muerte, como si se tratase de una visita incómoda que parece no querer marcharse nunca de la habitación; la indescriptible sensación de contemplar a un prisionero de guerra nazi, y el no poder comprender, pese a todo, la naturaleza del enemigo; la adrenalina y el terror que siente un reportero de guerra cuando comienza la batalla, o cuando atraviesa un cielo infestado de fuego antiaéreo dentro de un bombardero que sobrevuela las costas de Malta… Todo ello es narrado con precisión y gravedad, y aligerado sutilmente a base de ironía. Treanor entabla una relación cercana con el lector sin pretender explicarle una realidad incomprensible. Se limita a contarle lo que hay, lo que sucede, y en su intento por seguir contándolo se acerca cada vez más al peligro. Rompe las normas y falsifica acreditaciones. No se resigna a mirar los toros desde la barrera. Viaja constantemente a cada uno de los frentes: desde el del norte de África hasta el Desembarco de Normandía, pasando por Italia, India y Birmania. Y pudiendo volver en infinidad de ocasiones, decide quedarse siempre, para seguir cubriendo un conflicto que tiene pinta de ser definitivo.

Al final, se da cuenta: "Debido a que todo es demasiado nuevo y confuso no puedo explicar ninguno de sus acertijos. Tan solo puedo ofrecerle a usted un mundo en completa desconexión, igual al que yo vi mientras viajaba; una secuencia de mundos separados, casi tan enloquecidos, independientes y centrados en sí mismos como lo estuvieron en tiempos de Colón. No tengo tema central; únicamente un bolsillo lleno de imágenes", comenta. Su afán por perseguir una nueva instantánea cada vez le llevará a querer entrar en el París liberado para pasearse por los campos elíseos. Desgraciadamente, un accidente de tráfico a unos cientos de kilómetros de la ciudad le impedirá hacerlo. Murió en agosto de 1944, sólo tres meses después de haber regresado al frente tras una breve estancia en Estados Unidos. Allí había dejado a su mujer y a sus tres hijos, y también había cerrado la edición del libro que recopilaría sus crónicas de guerra.

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