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Marisol: de "niña prodigio" a mito viviente

Pepa Flores recibirá el Goya de Honor 2020, aunque ya ha anunciado que no recogerá el galardón.

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Pepa Flores recibirá el Goya de Honor 2020, aunque ya ha anunciado que no recogerá el galardón.
Marisol | Youtube

En el cine norteamericano de los años silentes destacaba Jackie Coogan, un revoltoso "Chiquilín", al que luego sucedió, ya en la década de los 30 la sabihondilla Shirley Temple. En España, ya mediados los 50, Pablito Calvo ("Marcelino, pan y vino") y Joselito ("El pequeño ruiseñor") dieron en ser denominados también "niños prodigios". Faltaba una niña que se sumara a ellos. Y esa fue Marisol. Su reinado cinematográfico y musical alcanzó los veinticinco años de actividad. Lo sorprendente es que, a día de hoy, su figura continúe siendo de interés para los medios informativos, en la absoluta creencia de que interesa al gran público, evidente signo de que es un mito viviente, ya para dos o incluso tres generaciones.

Josefa Flores González nació el 4 de febrero de 1948. Llegada esa fecha en los últimos años se la sigue recordando en muchos medios informativos, hilando lo anteriormente expuesto. Hija de un modestísimo matrimonio, la segunda de tres retoños. El lugar de su llegada al mundo, el barrio malagueño de los Capuchinos. "En condiciones infrahumanas", contaría ella. Dos habitaciones para toda la familia, con una letrina comunitaria para cincuenta y siete familias. Muy alegre era su progenitor, buen aficionado al cante, trabajador en lo que entonces se llamaba tienda de comestibles. Pepa, que así era llamada, aprendió de chiquilla a bailar y cantiñear al son de los verdiales. Formó parte, con apenas ocho años, de un grupo, "Los Joselitos del cante", y con él viajó por media España. Así ganaba unas perrillas para los suyos. Las pasó canutas, pues dormía en esa gira en la misma cama que la amante del empresario, que le daba unas palizas sin venir a cuento. Tuvo que tomar parte el empresario y reenviarla a Málaga con sus progenitores. A los Madriles llegó a finales de los 50 y pasó por el programa cumbre de la radio, "Cabalgata Fin de Semana", que animaba el gran Bobby Deglané. Pero cuando cambiaría la suerte de la jovencita pizpireta fue en 1959, enrolada en el grupo de los Coros y Danzas de la Sección Femenina de Málaga en la Feria del Campo. Dos conocidos reporteros, Felipe Navarro (Yale) y Tico Medina atendieron una recomendación llevando a su programa de Televisión Española a la mencionada agrupación. Allí destacó la voz solista del grupo, que era Pepa Flores, a quien al día siguiente los mencionados periodistas entrevistaron. Una hija del productor Manuel J. Goyanes, que había contemplado el programa, le habla a su padre, y éste, para no alargar nuestro prólogo, acaba por contratar a la niña, tras tener el consentimiento de los padres. Pepa, se instalará en el domicilio madrileño de los Goyanes, al principio de la calle de María de Molina (en el mismo edificio donde residían Lola Flores, por un lado, y por otro la actriz Isabel Garcés), en tanto la separaron de su madre, a la que encontraron una pensión en la calle de Serrano. Y en aquel 1959 comenzaría la carrera artística de quien bautizada como Marisol se convertiría en ídolo de millones de familias españolas.

Pepa evocaría esos años, ya apartada de la familia Goyanes, al principio llenos de tristeza y desamparo, alejada de su madre a quien veía de vez en cuando, porque tenía sus horas programadas en clases de cultura general, música, cante y ballet.

Diecinueve fueron las películas que protagonizó, amén de dos apariciones breves en otras cintas, a partir de 1960. La primera Un rayo de luz y la última, Caso cerrado, en 1985. Su debut fue recibido con plácemes por la prensa. El filón de Marisol fue hábilmente explotado por el productor Goyanes, que se forró literalmente con las películas que hizo con su pupila. Decir que fue explotada sería excesivo, pues fue cobrando importantes cantidades con las que sacó de la miseria a sus padres y hermanos. Como el negocio era palpable, Marisol rodó después Ha llegado un ángel y Tómbola, en los dos años siguientes. Con argumentos propios de su edad para espectadores de la misma, identificados con su protagonista. Luis Lucia la dirigió con su habitual rudo carácter, aunque ella nunca se quejaría. Películas en las que interpretaba, entre otras, las canciones Corre, cotrre, caballito, Estando contigo, Tómbola, Chiquitina y varias piezas de bulerías, tanguillos, alegrías, verdiales… Con una voz preciosa. Su repertorio musical, transcurridos los años, sería amplio y variado, con baladas, folclore de países hispanos, y temas pop que le escribirían Los Brincos. Época en la que se enamoró de uno de ellos, Junior, aunque al final su buena amiga Rocío Dúrcal le birlaría ese novio fugaz para casarse con él.

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Era lógico que, conforme pasaba el tiempo y Marisol iba convirtiéndose en una jovencita adorable los argumentos de sus filmes tendrían que ir en consonancia. Y así, tras rodar Marisol rumbo a Río (porque en la América hispana incluso en Brasil su nombre era muy popular), y La nueva Cenicienta (donde su pareja, el bailarín Antonio se enamoró de ella y pretendió hasta casarse), le confeccionaron historias más acordes con su verdadera edad, en Búsqueme a esa chica, donde los componentes del Dúo Dinámico pugnaban por conquistarla, según la trama; Cabriola, que era el nombre de una hermosa jaca propiedad del rejoneador Ángel Peralta, su compañero allí; Las cuatro bodas de Marisol, de 1967, época en la que iba a iniciarse su romance con el hijo de su productor, Carlos Goyanes; Solos los dos, emparejada con el torero Sebastián Palomo Linares, con quien le montaron un noviazgo de mentirijillas jaleado en las páginas del diario Pueblo; y Carola de día, Carola de noche, fallido filme a pesar del talento de su realizador y guionista, Jaime de Armiñán, en el transcurso de cuyo rodaje se produjo la boda de Marisol con el mentado Carlos Goyanes, 16 de mayo de 1969. Acontecimiento para la prensa del corazón, con avalancha de curiosos… y de amigos de lo ajeno, que desvalijaron a muy conocidos invitados.

Marisol siempre ambicionó, como tantas otras chicas de su generación, casarse, ser madre y vivir una existencia tranquila. No tenía otros sueños, ni siquiera ser estrella de cine. Pero la manipularon, guiaron sus pasos por una vida que no quería. Y hasta "la casaron" con quien ella no estaba enamorada. Para Manuel J. Goyanes la "operación boda con su hijo" le venía de perilla. Tener a la nuera en la familia le aseguraba un contrato cinematográfico indefinido, con las consiguientes rentas. Pero Carlos tampoco estaba enamorado de Pepa: quien le atraía era la aristócrata Cary Lapique con quien contrajo segundas nupcias tras la deseada y previsible separación de Marisol en 1972. Hasta entonces, años atrás ella había tenido que someterse a varias intervenciones quirúrgicas. Y con su deseo perenne de tener hijos, conociendo el dictámen médico que complicaba su fertilidad, no dudó en pasar por el quirófano. Se habían desatado bulos al respecto, asegurando que había padecido uno o dos abortos.

Antes de acordar con Carlos Goyanes la ruptura definitiva, él se había planteado "lanzar" a su esposa como estrella internacional, en plan de representante, sin dar otro palo al agua. Ya lo era Marisol, pero sólo en el mercado centro y sudamericano. Pretendían conquistar el europeo. Para ello decidieron realizar un "book", como las modelos, con fotografías "sexy", con las que convencer a productores importantes. Trabajo encomendado al reportero gráfico César Lucas, que bien remunerado, tuvo ante su cámara a Marisol en pelota picada. Aquel libro de fotos eróticas no sirvieron para nada: queremos decir que ningún productor europeo se interesó en contratarla, aunque circulara la especie de que iba a rodar una película con Alain Delón. Imágenes que, tiempo después, aparecieron en portada y páginas interiores en el número 16 de la revista "Interviú", con fecha 2 de septiembre de 1976. De vender ciento y pico mil ejemplares semanales, la publicación alcanzó una tirada cercana al millón. Y en años sucesivos fueron reproducidas hasta la saciedad. Marisol, contrariada como es lógico, se comportó con una dignidad poco corriente en casos así. Y hasta en 1998 hizo las paces con César cuando éste expuso precisamente en Málaga una selección de sus trabajos, incluído el mencionado. Eso habla a las claras del carácter de Pepa Flores, extraordinaria mujer, nada rencorosa, que siempre se comportó con nosotros, los periodistas, con exquisito trato. Tengo buenas recuerdos de las muchas entrevistas que le hice, de un encuentro casual, ella ya retirada, en una calle madrileña del barrio de Chamberí cuando, de camino para ver a su primogénita, ya entre dos luces de una tarde, me reconoció, llamó mi atención, y vino hacia mí saludándome con cariño. Había olvidado el incidente que tuvimos cuando no me comporté adecuadamente al sorprenderla, tras separarse de Carlos Goyanes, en el tiempo en el que se marchó a Barcelona una temporada, conviviendo con Joan Manuel Serrat, por el que estaba "colada". Hubiera querido formalizar aquella relación, pero "el Nano", caballerosamente, le hizo comprender que no era el hombre que pudiera hacerla feliz a su lado y tener descendencia. "Tu nombre me sabe a yerba" cantaron uno y otro, ella con un acento sensual. Quizás Serrat pensaba en ella cuando compuso su hermosa melodía.

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Marisol, a partir de 1972, entró en picado como actriz cinematográfica. Su filmografía inmediatamente posterior resultó ser un fiasco: La corrupción de Chris Miller, La chica del Molino Rojo, El poder del deseo… Y eso que la primera y última de las citadas llevaban la firma de Juan Antonio Bardem. Y en aquel 1973, año del estreno de la tercera de esas cintas, Marisol acepta el envite de debutar como actriz teatral, con la comedia Quédate a desayunar, donde fue pareja del magnífico José María Rodero, una de nuestras más señeras glorias de la escena. Allí, Marisol interpretaba una balada de Azpilicueta musicada por Camilo Sesto: Quédate a desayunar. Reto teatral que dividió a la crítica respecto al trabajo de Marisol y tampoco provocó entusiasmo en el público. Para entonces, la carrera artística de la estrella estuvo dirigida por Paco Gordillo, el mánager de Raphael. Etapa en la que volvió a enamorarse: del gran bailarín Antonio Gades. Se casaron en una ceremonia, sin validez alguna en España, en La Habana, con Fidel Castro y la recientemente fallecida figura cubana de la danza Alicia Alonso de padrinos, o testigos. Pepa y Antonio tuvieron tres hijas. En el transcurso de esa unión, ya como Pepa Flores en las carteleras, intervino en una secuencia de Carmen, de Carlos Saura, cuyo protagonista era Gades, luego su pareja cinematográfica como protagonistas de Caso cerrado, que sería su última película en 1985 tras haber dado vida a Mariana Pineda, la heroína granadina, en una serie de televisión. En esos años también hubo de cumplir lo que le restaba en su contrato discográfico, grabando sin mucho entusiasmo un ramillete de canciones, que nada tenían que ver con las de épocas pasadas, ahora con un contenido en sus letras de carácter social, poético, y nada frívolo. El elepé titulado Galería de perpetuas reunía una insólita calidad. Se despidió con el álbum Clima, fechado en 1963, con temas escritos por Luis Eduardo Aute. Gordillo, su mánager, le preparó una veintena de actuaciones cara al público. Una novedad pues en sus años pasados, cuando podía haber ganado una millonada, se resistió a ello.

Separada de Antonio Gades, un seductor perpetuo que iba de flor en flor y la dejó por una empresaria suiza en el año 1986, tras dieciseis años de convivencia —en los que él la introdujo en vericuetos políticos de ideología extrema izquierdista—, Marisol, o Pepa Flores, como prefieran, dejó Madrid, aquel piso tapizado de azul oscuro donde la entrevisté algunas veces, cerca de la Plaza de Castilla, y volvió a la tierra de sus amores, donde encontró al italiano Máximo Stecchini, once años menor, que desde niño estaba loco por ella. Había comenzado sus estudios de Medicina pero acabó regentando una "pizzería". Desde 1987 siguen juntos, sin propósitos de casamiento. Habitan un piso en una urbanización a las afueras de Málaga y no conceden ninguna entrevista. Están en contacto con las hijas de ella, María, Tamara y Celia. Pepa las ha ayudado cuanto ha podido, pero nada quiere saber ya desde entonces de todo lo que se relacione con el tinglado artístico, desechando cuantas ofertas le han llegado para reaparecer. Ni el oro ni el moro. Podía ser millonaria, pero no ha querido. Se conforma con administrar sus ahorros y vivir tranquila y feliz junto a su última pareja, con la que ha encontrado, al fin, la serenidad, el equilibrio como mujer que siempre trató de alcanzar. Dudamos de que el próximo 25 de enero recoja en el Palacio de los Deportes de Málaga el Goya de Honor que le han concedido. Lo más probable es que alguna o sus tres hijas sean las recipiendarias del galardón y ella, a lo sumo, asista como simple espectadora del evento que la homenajea con todos los honores. Porque se lo merece.

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