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Luis Alberto de Cuenca

Memoria de David Gistau

Espéranos en el Walhalla donde ahora te encuentras, queridísimo amigo, y protege desde el más allá a Romy, a tus cuatro hijos y a cuantos te quisimos.

Luis Alberto de Cuenca
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Espéranos en el Walhalla donde ahora te encuentras, queridísimo amigo, y protege desde el más allá a Romy, a tus cuatro hijos y a cuantos te quisimos.
El periodista David Gistau | LD

Conocí a David Gistau cuando escribía en La Razón aquellas "contras" tan originales y tan perspicaces que lo impulsarían hacia el infinito y más allá del periodismo español de los últimos años. Fue en los cursos de verano de El Escorial. Aquel muchachote rubio y fornido representaba a la perfección la imagen de un caudillo víking, y a mí los víkings me han fascinado desde siempre, de modo que simpaticé con él nada más verlo, incluso antes de intercambiar una sola palabra con él. Luego llegó la comunicación oral, y certifiqué a través de ella que el víking en cuestión era una de esas personas que valía la pena conocer y de la que se podía aprender muchas cosas, pues su persona irradiaba sensibilidad e inteligencia en dosis suficientes como para constituirse en paradigma de ambas cualidades y en modelo de vida y de conducta. En un elogio fúnebre a un jefe víking caído en combate se insistía por parte del panegirista en que no había visto nunca triste al difunto, lo que revelaba la excelencia del mismo. Yo tampoco he visto triste nunca a David Gistau. Siempre lo recordaré risueño y acerado como la espada cantante del Príncipe Valiente, feliz como una estrofa de la Edda poética, grande e infatigable como un berserkr. Diseccionaba la realidad histórica circundante con una destreza y una puntería digna de un pistolero mítico del Far West. No erraba nunca el tiro. Acertar en el centro de la diana era en él una regla, no la excepción. Una mañana de hace cinco o seis años vino a verme a mi biblioteca de Don Ramón de la Cruz. Juntos vagamos durante un par de horas por las estanterías silenciosas, admirando una tipografía, disfrutando con tal o cual ilustración, olisqueando un papel de hilo, sacudiendo la capa de polvo que se acumulaba en los volúmenes in folio, celebrando la vida que se salía por los bordes de las obras de Stevenson o de Voltaire, por las esquinas de los innumerables tebeos. Fui feliz viviendo con David aquella excursión bibliofílica, y estoy convencido de que él lo fue también, y en el mismo grado que yo. Ahora David no está con nosotros. Alicia y yo tenemos un nudo en la garganta desde que nos llegó la noticia. Mi berserkr favorito había franqueado el espejo después de combatir por última vez. Espéranos en el Walhalla donde ahora te encuentras, queridísimo amigo, y protege desde el más allá, en tu condición de einherjar imperecedero, a Romy y a tus cuatro hijos y a cuantos te quisimos, te queremos y te querremos siempre. Amén.

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