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José Sánchez Tortosa

El fino cristal de una escritura depurada

La verdad se abría paso, afloraba en sus textos con la grandeza incomparable de lo pequeño.

José Sánchez Tortosa
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La verdad se abría paso, afloraba en sus textos con la grandeza incomparable de lo pequeño.
José Jiménez Lozano | Wikipedia

"Puesto que, en este mundo, todo es apariencia, no discutamos las apariencias, pero riámonos de ellas en nuestro corazón." (J. Jiménez Lozano, Historia de un otoño).

Es sólo apariencia la muerte de quien ama las cosas que no pueden perecer, de quien ha hecho con su vida y su obra ofrenda de la leve inmortalidad de la literatura.

Ajeno a la soberbia de crear mundos, glorias, apocalipsis y demás baratijas e ilusiones, el señor escribidor, tejedor de frases y versos, contador de historias, iba acompañando con el trazo acompasado el silencio lento de las palabras, ese fondo misterioso y palpitante que su escritura lograba despertar. Su mirada clara, limpia, iluminada por una sonrisa traviesa, pura lucidez con la cual quedar a distancia suficiente de las estridencias vertiginosas que mortifican el lenguaje y lo ahogan, se posaba sobre las líneas que leía o escribía en un diluirse gozoso, en la continua cancelación del peso muerto del ego, y en la celebración de la vida por escrito.

Considera la santidad del pensamiento
y la palabra.
Al enunciarlos o escribirlos,
rodéalos de silencio, y tu yo no los toque,
ni los adjetivos.

(J. Jiménez Lozano, Santidad, en Elegías menores).

Su escritura despertaba ese orden mudo de lo real del sopor de las apariencias, de la adormidera inerte de las rutinas mecánicas, se hacía cargo de su riqueza inagotable, abría rendijas por las que vislumbrar la maravilla de un alba nueva cada día. Parecía hecha como de largos paseos por los parajes castellanos con la cadencia de la sintaxis más depurada, en atardeceres de otoño, arrasados de una belleza encendida de tonalidades amarillas y rojas, de una eternidad pictórica, que sus poemas enaltecen, prismas delicados con los que deleitarse en su melancólico nacimiento. No hay naturaleza sin mirada que la haga real, sin la escritura que la nombre, que nombrándola la traiga al ser, que al traerla a este lado la celebre.

Los campos son más verdes en el decirse que en su verdor. Las flores, si son descritas con frases que las definan en el aire de la imaginación, tendrán colores de una permanencia que la vida celular no permite.

(F. Pessoa, El libro del desasosiego).

El señor escribidor ajusta con mimo el trazo de su escribir a las vetas y ritmos, los órdenes y secuencias que delinean el mundo, que transitan tras la espesura de los espejismos con los cuales los humanos nos entrenemos en mentirnos.

Pertenezco a la familia espiritual de quienes piensan que este mundo es lo suficientemente hermoso, y la vida humana lo suficientemente excitante y de tan trunca y pasajera naturaleza, que asomarse a la ventana, para ver simplemente siquiera el fulgor de esa vida en el mundo, es suficiente maravilla, como para que desee hacer otra cosa que tratar de poner un cristal lo más fino posible entre ese mundo y esas vidas humanas y el que oiga o lea.

(J. Jiménez Lozano, 7 Parlamentos en voz baja).

La verdad se abría paso, afloraba en sus textos con la pausa vital y la decencia literaria, con la quietud y el fulgor de lo diminuto, de lo cotidiano pero inadvertido al ojo vulgar, con la grandeza incomparable de lo pequeño, con la potencia meticulosa del matiz, con la fuerza desenfadada de una escritura al margen de los clichés y las pompas, que renuncia a los destellos fastuosos y vacíos de las vanidades mediáticas.

Con la dificilísima sencillez de la lengua española, más apegada al habla de la gente de los pueblos castellanos que a la solemnidad huera de las neolenguas impostadas, las letras de Jiménez Lozano ofrecen una transparencia que traspasa la costra de los estereotipos al uso. Su rigor estilístico está en la escrupulosa obediencia a la gramática y, gracias a ello, en la fértil riqueza de sus infinitas combinatorias.

En la escritura nadie es grande por su estilo sino por su gramática.
(J. Jiménez Lozano, 7 Parlamentos...).

La máxima cervantina rige su escritura:

Procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos.

(M. Cervantes, Don Quijote, prólogo).

Además de sus poemarios, sus novelas y ensayos, sus cuadernos de notas condensan su escritura de modo especialmente singular. Esos diarios o anotaciones, que son también cuadernos de lecturas, recuerdos y degustación de cuadros y conversaciones, recopilación de ideas que suscita la observación del mundo, ese barullo cacofónico de estulticia y miseria en el cual el que escribe busca lógica y hacer belleza de su grotesca superficialidad, son escritura en estado puro, literatura inasequible a etiquetas, irreductible al acorchado onanismo de autor, vanidad de vanidades, es artesanía de las combinaciones de signos dotados de significado. Nada más. Nada menos:

Pero pienso que el lenguaje se le regala a uno con la historia que está contando. O por lo menos no sabría yo qué hacer para limpiar las palabras antes de ponerme a escribir. No creo que el escritor tenga poder sobre ellas; pienso que todo está en acertar a ponerlas de manera que con ellas nombre, que es lo que tiene que hacer una palabra: levantar realidad y vida. Y lo certísimo es que, si se acierta con las palabras que nombran y su ordenación, éstas contagian, con su candor primero, a quien lee y a quien escribe.

(J. Jiménez Lozano, Los Cuadernos de Rembrandt).

No hay acto de creación. La escritura no crea. Acaso destruye en el artificio de la enunciación, y no puede hacerlo más que en tiempo presente. No es arma cargada de futuro. Es disolución presente (y, por ello, en cierto sentido, eterna, atemporal) del discurso inercial, recurrente, dominante. La escritura no redime, no salva. No construye. No hace sino que deshace (libera). El poeta no crea nada, no es creador.

Su obra es de una sencillez y delicadeza extremas. En ella Jiménez Lozano pone en juego el ejercicio literario supremo de proteger el silencio, de revelar con palabras su profundidad y su inmediatez, su pureza y su verdad.

Sólo una lengua simple puede en realidad nombrar, y también dejar al silencio la mejor parte.

(J. Jiménez Lozano, 7 Parlamentos...).

Se trata de una escritura que hace estallar contra la realidad masiva y la retórica victoriosa verdades cargadas de desnudez, precisión y finura, la necesidad de decir lo que hay que decir, de decirlo y, sin más, que haya vida y belleza en lo que se dice, en cómo se dice, y nombrar el mundo, ofrecer una transparencia, una designación que nos lo acerque, siquiera de modo precario, a la comprensión. La obra de Jiménez Lozano constituye una celebración de la palabra y de la vida, de la literatura y de la inteligencia, de cada esquina o páramo donde brote un atisbo de belleza. Y nos entrega el cuidado prodigioso de un castellano de sencilla elegancia, de exactitud delicada, en la mejor tradición de la literatura en español.

El mundo es desde hoy un poco más feo, un poco más estúpido.

Y entonces el escribidor pidió a la secretaria que escribiese en griego, latín u otro idioma vedado a la publicidad, la verdad de estas cosas.

(J. Jiménez Lozano, Maestro Idro Huidobro. Memorias de un escribidor).

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