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Agapito Maestre

Diario de la epidemia: nueva normalidad

Nunca entenderá Sánchez que el hombre auténtico reacciona ante la barbarie con instinto responsable, o sea con conciencia.

Agapito Maestre
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Nunca entenderá Sánchez que el hombre auténtico reacciona ante la barbarie con instinto responsable, o sea con conciencia.
Pablo Iglesias, durante un pleno. | EFE

Miércoles 22 de abril de 2020

Sexta semana de confinamiento. Más de 22.000 muertos, casi 30.000, según los datos de las Comunidades Autónomas. Nueva prórroga del Estado de alarma. Quince días más, por ahora. Sánchez-Iglesias exigen otro cheque en blanco para seguir pastoreando a un pueblo ovejuno. Se ha llegado tarde a todo: el diagnóstico, el confinamiento, no se han hecho test, no se compraron los equipos de protección de los sanitarios… Todo es un despropósito. Los resultados son terribles, pero el Gobierno solo habla bien de sí mismo. La propaganda en las televisiones a favor de Sánchez hace daño a la inteligencia.

El Gobierno se niega a hablar de los muertos. El vicepresidente Iglesias arremete contra el sistema judicial. La gente de Podemos "acata" con la boca chica la condena a una diputada de esta partido en la Asamblea de Madrid. El Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha condenado a la diputada autonómica líder de Podemos en la Comunidad de Madrid, Isabel Serra, por los delitos de atentado a la autoridad, lesiones leves y daños a 19 meses de prisión, tiempo en el que también estará inhabilitada para "el derecho al sufragio pasivo", y a pagar dos multas de 10 euros diarios durante cuatro meses (2.400 euros). Y ruido, ruido, mucho ruido del Gobierno para ocultar los miles de muertos que va dejando la peste del Covid-19 por toda España.

Hablo por teléfono con un profesor de Ética. Me suelta que el "Gobierno, después de todo, no lo está haciendo tan mal… Además, ha nacionalizado (sic) el precio de las mascarillas". Me quedé helado. Corté la llamada. Y una cortinilla acuosa me nubló la vista. Cuando me repuse del incidente, solo se me ocurrió pedirle a unos cuantos amigos unas líneas que recogiesen los errores de este Gobierno para enfrentarse a esta peste. A los quince minutos tenía la primera respuesta. Se trata de una meditación de un hombre formado en la Unión Soviética, nacido en Moscú, y que llegó a España con 31 años. Corría el año 1976. Tiene una vida tan rica que daría para varias novelas. Algo diré de su peripecia entre la Unión Soviética, Rusia y España.

Su desahogo crítico estaba escrito en forma de decálogo:

1. Permitir la Manifestación del 8 de marzo (contra las recomendaciones de la OMS y las autoridades de la Comunidad de Madrid).

2. Dejar fuera de su atención las residencias de los ancianos.

3. Centralizar las compras del material sanitario en manos del Ministerio de Sanidad.

4. El Ministerio de Sanidad compró material sanitario a través de las empresas e intermediarios incompetentes.

5. No hacer caso a las advertencias de la OMS y otros organismos internacionales sobre el peligro de la pandemia y ocultar estos avisos.

6. Tardar en cortar los vuelos desde Italia y China, los principales focos de la pandemia.

7. Dejar sin actividad ordinaria al Parlamento de la Nación.

8. No consultar las medidas a tomar ni con la Oposición ni con las Autonomías.

9. Introducir en el consejo del CESID al podemita Pablo Iglesias.

10. Financiar descaradamente a los medios afines, mientras había otras prioridades urgentes. (Entregó 15 millones de euros a las televisiones privadas y 100 millones en publicidad institucional).

Otras cuantas tropelias

No había acabado de leer el decálogo, cuando me llegó un nuevo mensaje de mi amigo. "Aquí te adjunto", me decía el bueno de Boris, "otras cuantas tropelías" de este Gobierno:

11. Mentir y ocultar datos sobre el número de muertos.

12. Cesar a un alto cargo militar, quien sí había advertido, por lo menos a los suyos, de lo que iba a venir.

13. Considerar las fuerzas del orden público profesión de poco riesgo.

14. Introducir en sus decretos las acciones que atentan a la propiedad privada: el famoso tema habitacional.

15. Demostrar personalmente algunos de los miembros del gobierno su desprecio al cumplimiento de las normas por ellos mismos establecidos.

16. Dar órdenes a la Guardia Civil para que vigile las redes críticas con la gestión del gobierno de la pandemia.

17. No censurar el Jefe del Ejecutivo las declaraciones de su "vice" contra la Jefatura del Estado encabezada por el Rey.

18. Negarse el Gobierno a declarar Luto Nacional por las decenas de miles de muertos por coronavirus. Me reservó las dos últimas críticas de Boris, porque están expresadas con un tono indignación que raya el insulto; pero no puedo dejar de advertirles que menciona a las familias de los gobernantes (ser el gobierno una panda de hijos de puta y no reconocerlo públicamente).

No creo que el gobierno de Sánchez y sus voceros mediáticos sean capaces de integrar esta crítica de un ciudadano ejemplar en lo que ellos llaman la nueva normalidad. Son demasiado sinceras para gente que no tiene respeto por sus enemigos. Son esclavos. Esta chusma desconoce por completo el significado de la palabra responsabilidad. Nunca entenderá Sánchez, ni tampoco el profesor de ética que le apoya y legitima, que el hombre auténtico reacciona ante la barbarie con instinto responsable, o sea con conciencia. En resolución, nada aprenderán los malandrines del gobierno de sus críticos, pero yo tengo que reconocer que las líneas de mi amigo llegaron cuando más las necesitaba. Consiguieron sacarme del abatimiento en que me había dejado el comentario del profesor de Ética sobre el precio de la mascarillas fijado por decreto gubernamental.

Boris Cimorra

Aquí les dejó una brevísima nota biográfica sobre quién es Boris Cimorra. Seguramente, les ayudará a circunstanciar sus palabras contra este Gobierno de Sánchez-Iglesias. Es hijo de padre español y madre rusa, nació en Moscú, en 1944. Se graduó en el Instituto de Aviación de de Moscú. Compaginó su trabajo de ingeniero con sus colaboraciones periodísticas hasta que se integró, en 1972, en Radio Moscú. En 1976 se instaló definitivamente en España, cuando su padre, el famoso periodista Eusebio Cimorra, director de Mundo Obrero durante la Guerra Civil, regresó a España, del exilio en la Unión Soviética. En 1985, después de consolidar en España una carrera en el mundo de las finanzas y el comercio exterior, regresa a Rusia, esta vez como representante de una importante empresa española en aquel país en vías de la "perestroyka".

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Entre sus libros, destacaré tres joyas imprescindibles para conocer el pasado y el presente de España. El primero, La voz que venía del frío, prologado por César Alonso de los Ríos, es no sólo la biografía de su padre, la historia política, de uno de los hombres que mejor conoció las grandezas y, sobre todo, las miserias del comunismo español, sino una obra irremplazable para saber valorar antes el vértigo, la calidad del tiempo, que la propia gravedad de los acontecimientos de la República y la Guerra Civil.

El segundo es una novela histórica sobre cómo Stalin convirtió el Oro de Madrid en el Oro de Moscú:, titulada: Hasta el último maravedí o Las orejas de Oro. El título hace referencia a las famosas palabras que pronunció Stalín el día 24 de enero de 1937: "Los españoles jamás volverán a ver su oro como uno jamás podrá ver sus propias orejas".

El tercero se refiere la intervención permanente de la URSS, durante la República y la Guerra Civil, en los asuntos españoles. Este libro, titulado La apertura española, inaugura una nueva perspectiva para estudiar acontecimientos decisivos de la historia del comunismo español, por ejemplo, el asesinato del líder del POUM, Andrés Nin, en España, es estudiado como un paradigma, una obra "maestra", entre los millones de crímenes perpetrados por Stalin.

Hace unos días Boris Cimorra publicó un inteligente y valiente artículo, en El Imparcial, denunciando y combatiendo el virus más terrible que sigue asolando a la humanidad: El virus "Leninista". Después de repasar con precisión histórica los daños provocados por este virus sobre la democracia, terminaba con esta exhortación moral:

"Y si no tomamos medidas urgentes contra este rebrote del 'leninismo' en nuestro país; si no quitamos las máscaras a los farsantes que intentan reavivar aquel fantasma centenario que ya había demostrado su mortífera realidad; si no nos lavamos las manos y los oídos al leer y escuchar las venenosas mentiras que nos intentan meter en las cabezas; si no creamos unos fuertes anticuerpos democráticos para combatir este virus "leninista", las consecuencias para la sociedad y para cada uno, independientemente de sus creencias ideológicas, religiosas o políticas, serán mucho más graves y dañinas que las que puede producir el propio coronavirus".

El autor de estas líneas nació en la "Meca" del comunismo mundial, en la Unión Soviética, donde estaba exiliado su padre, un destacado comunista español, después de la derrota de la República. El padre procedía de una familia acomodada, burguesa, y le habían contagiado aquel virus romántico del comunismo-redentor. Consciente de las injusticias y de las desigualdades de la España en los años 20-30 (del siglo pasado) se apuntó al comunismo, pensando que era el mejor sistema para solucionar los problemas sociales.

El "paraíso" comunista

Durante 38 años en el "paraíso" comunista comprendió muchas cosas. Y, al volver a España, después de la muerte de Franco, en las primeras elecciones democráticas postfranquistas no votó al Partido Comunista (a los suyos), ni al Partido Socialista, sino a la UCD de Adolfo Suarez, promotor de la democracia en España. Con esta postura, el viejo comunista, que había vivido media vida fuera de su patria, quiso demostrar su reconocimiento al progreso económico y social que logró España durante el régimen franquista, contra el cual él había luchado con tanto fervor idealista. Mi padre apostó por la reconciliación entre los españoles y por la construcción de una verdadera democracia en su patria que había sufrido la peor de las guerras que existen, la civil.

Y cuando el hijo, quien también ha conocido el socialismo-comunismo real, ahora es un testigo de como algunos, no pocos, intentan de nuevo sembrar la discordia entre los españoles. Reavivan los odios y siembran las malas pasiones. Observando todo esto, el hijo del comunista Cimorra, no puede dejar de levantar su voz contra esta gente. Callarse sería traicionar el legado de su padre y de sus propios principios democráticos".

Creo que este tipo de testimonio, de un hombre íntegro, moral y auténtico, vale más que toda la basura ideológica de los profesores de Ética que tratan de "legitimar" las bondades del gobierno de España, porque ha "nacionalizado", reitero la expresión que ellos utilizan, el precio de las mascarillas. (Cuando estoy acabando estas líneas, me entero de que la madre de Boris, doña Eva de Cimorra, ha muerto con 97 años de la Covid-19 en Madrid. Descanse en paz).

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