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Freire: "Diógenes y Gandhi son dos caras de la misma moneda: hombres en pañales, y no acato éticas en pañales"

Este filósofo descarta en LD que la crisis de la covid-19 funde una época y rechaza las retóricas religiosas que se venden como científicas.

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Este filósofo descarta en LD que la crisis de la covid-19 funde una época y rechaza las retóricas religiosas que se venden como científicas.
Jorge Freire | Imagen cedida por el autor

Jorge Freire (Madrid, 1985) es filósofo, profesor y escritor. En su último libro, Agitación (Páginas de Espuma, 1995), galardonado con el XI Premio Málaga de Ensayo, denunció que "en una población mediatizada, colonizada por el periodismo y presa de un ansia inagotable por la novedad, la cultura se vuelve un artefacto de esnobismo y el arte, inscrito en una dialéctica de subversión tolerada, deja de interpelar a quien lo contempla". Cuenta a LD que, de la crisis de la covid-19, le cuesta "mucho sacar algo en claro", aunque descarta la idea de que este desastre vaya a fundar una época. Rechaza las éticas de "hombres en pañales", confía en la vuelta del bipartidismo y no cree que la Humanidad saque alguna conclusión de la pandemia. Conversamos pocos días después de que se hiciera público el estudio de seroprevalencia.

P: Jorge, ¿cómo va el confinamiento?

R: Lo llevo razonablemente bien. Mi familia, afortunadamente, está a salvo. Eso es lo más importante. Y luego, con estas cuitas del teletrabajo. Se hace lo que se puede. Sabes aquello que le dijeron a Juan Belmonte: "Maestro, usted ha hecho de todo en la plaza, salvo que lo mate un toro". Y él respondió: "Bueno, se hace lo que se puede". Pues en eso estamos todos.

P: Como ciudadano del Reino de España, ¿qué me puedes decir de la crisis sanitaria de la covid-19?

R: Me cuesta mucho sacar algo en claro. Estamos andando a tientas y es muy difícil saber a qué nos atenemos. Hasta hace dos días estábamos manejando el concepto ese de la "inmunidad del rebaño", la "inmunidad de grupo", y ha saltado por los aires con los dichosos test preliminares de la seroprevalencia, demostrando que eso es una futesa. Esto es interesante: demuestra, entre otras cosas, la inutilidad de cualquier tipo de predicción. No se puede hacer futurología, no se puede saber qué va a suceder dentro de un mes, dentro de dos o dentro de una semana cuando cada día cambian las circunstancias. Lo único que podemos hacer, en este caso, es lo que los antiguos estoicos llamaron epojé, que es la suspensión del juicio: hasta que tengamos datos serios a los que aferrarnos, lo único que podremos hacer será encogernos de hombros y ver qué ha sucedido. Estoy perplejo.

P: ¿Y como filósofo?

R: Convendría acogerse al proceder de los escépticos. La cautela no abunda. Hay gente que ya ha publicado libros, que hace predicciones, que, llamándose filósofos, se parecen más a los arúspices etruscos que escrutaban las tripas de las ocas para hacer predicciones para el futuro. Me parece muy osado decir no sólo cuándo va a acabar esta crisis, sino de qué forma. Es imposible saber a dónde nos va a llevar esto y, sobre todo, cuando vislumbraremos la luz al final del túnel. Como filósofo, pero también como ciudadano, lo que hay que recomendar es cautela y honestidad intelectual. No vender la moto. Pero bueno, ya sabes que en este país tenemos muchos mercachifles.

P: En tu último libro, Agitación, escribes que la "gran tarea de nuestra época" es "dejar de huir hacia adelante". ¿El confinamiento ha parado esa huida en seco?

R: No. La ha parado de manera aparente, pero al individuo agitado no basta con confinarlo para que deje de estar agitado. Un ejemplo: si se nos estropea el módem durante cinco minutos, nos volvemos locos. Vivimos en una sociedad hedonista en la que, bueno, se genera una especie de perverso genio de la lámpara que nos ofrece lo que nosotros deseamos de manera instantánea, y eso es peligroso. Freud decía que la cultura, la civilización era la distancia que había entre un deseo y su satisfacción. Ahora, estamos acostumbrados a que todos nuestros deseos se satisfagan automáticamente. Y eso es un gran problema. Y hay psicólogos que dicen que de esto derivan otros males, como el trastorno de acaparador, la baja tolerancia a la frustración que, ahora mismo, muchos adolescentes sufren y, evidentemente, con encerrar a los agitados no basta para que aprendan ciertas cosas como, por ejemplo, a aburrirse. Aprender a aburrirse es muy difícil. Bousoño hablaba en un poema de "entender la sabiduría inmortal de quedarse quieto". Para aprender eso, hacen falta muchos tiempos de cavilación. Y Benjamin dijo que el aburrimiento era siempre lúcido, "el pájaro del sueño que incuba el huevo de la lucidez". Eso es muy difícil de comprender. Por eso recomiendo desconfiar de todos esos amigos que dicen haber descubierto un mundo nuevo a cuenta del dolce far niente al que parece haberles abocado este confinamiento. Creo que es una mentira por una razón de peso: en general, la ley siempre incita a su transgresión, y en estos casos, la excepción confirma la regla. Es decir, la bufonada siempre afianza la corona, de la misma forma que la blasfemia ratifica lo sagrado. Y el parón, en el fondo, ratifica la agitación.

P: Suscribo lo que has dicho de Internet, y añado: hay un exhibicionismo vocinglero, por no decir pornográfico, de la intimidad. El otro día, por ejemplo, en una red social, vi que un tipo subía una foto en la que aparecía haciendo meditación budista. Leches: ¿cómo se puede meditar para terceros? ¿Para meditar no se requiere intimidad, silencio, etcétera?

R: (Risas) Es lo que decía el padre Berkeley: Esse est percipi. Ser es ser percibido. Con lo cual, si no lo muestras en la red social, no ha sucedido. El árbol que cae sin que nadie lo escuche, ¿hace ruido? Esto es lo mismo: el amigo que hace meditación y nadie lo ve, ¿realmente ha hecho en meditación? Si no lo he visto en Twitter, no ha sucedido, efectivamente. Sí, esto da para muchas reflexiones. ¡Qué tiempos nos han tocado!

P: En Agitación también cuentas que, como "pretendido émulo de Sócrates", paseabas por las plazas y los mercados y te encontrabas con "comportamientos" que te daban muy mala espina. ¿Qué tipo de comportamientos?

R: Este libro no es de ética. Si acaso, de etología. Hago como esos investigadores que se pasean entre monos y ven que, de repente, hacen comportamientos extraños. Me paseaba por los bares, por los parques, estaba con mis amigos, y me percataba de comportamientos extraños. El típico amigo que tiene cuatro días de vacaciones y te dice que se va a Granada a despeñarse por un acantilado, o el otro que se va a Kuala Lumpur o a Camboya para hacer rafting, o el que te dice que va a cumplir su sueño de descender el Sella vestido de Doraemon y, efectivamente, lo hace, ¿por qué? ¿De qué huyen? Traté de urdir una teoría que me explicara por qué llevan la diversión como si una piedra de molino se tratase, atada al cuello. Por qué necesitan divertirse todo el tiempo. Son personas bellísimas, pero su presencia resulta extenuante: pretender ser divertido todo el tiempo es un coñazo. ¿Sabes aquello de Baudelaire de "hay que ser sublime sin interrupción"? Bueno, pues ahora, con el auge del humorismo, suelo decir que "hay que ser gracioso sin interrupción". Y eso no hay quien lo aguante.

P: ¿El miedo a la muerte está detrás de que, por ejemplo, algunos telediarios enfocaran el confinamiento como si fuera un campamento de verano?

R: Creo que, en este caso concreto, no. Por supuesto, detrás de la agitación anida el miedo a la muerte, eso, sin duda. Y estos movimientos son los que los antropólogos llaman "movimientos apotropaicos", que son los que hacemos para espantar la calamidad. Creo que, en este caso, se trata de un problema ínsito en la naturaleza del periodismo, que es su potencial ilocutivo, su performatividad. En el periodismo hay algo que es muy problemático: la tentación de escamotear ciertas noticias por el efecto que van a tener en la ciudadanía. El famoso efecto copycat: no vamos a hablar de suicidios, no vamos a hablar de ciertos crímenes, porque estos, al ser contados, tienden a replicarse. Si contamos la noticia de "la manada", es probable que, la semana que viene, nos enteremos de que ha habido tres manadas a imitación de la de esos facinerosos…

P: Eso no afecta a la violencia de género: no hay informativo o, al menos, no había informativo sin su noticia de una mujer asesinada. Conste, por cierto, que soy partidario de publicar esas informaciones.

R: Efectivamente. Creo que, en este caso, cumple una función social: la de concienciar ante una lacra a la que hay que poner término. En realidad, estamos hablando de la capacidad que podemos otorgar al periodismo de ejercer el paternalismo con los ciudadanos. Es decir, arrogarse la atribución de decidir cuánto puede saber la ciudadanía y cuánto no. Esto choca con el valor de la transparencia: ¿hay que contarlo todo, o hay que destilarlo dependiendo del efecto que genere en la ciudadanía? No tengo una opinión clara. Esto ha pasado durante décadas con el suicidio, y se ha demostrado, al parecer, contraproducente: escamotear esa información no hacía que dejara de suceder y, precisamente, lo que ha parecido demostrarse, según algunos expertos, es que, al informar, la gente puede concienciarse de que hay salidas y que, al ocultarlo, pues se daba una situación de callejón sin salida. Mucha gente no sabía que no tenía alternativas. Creo que es un problema sempiterno en el corazón del periodismo y no tiene fácil arreglo.

P: Sé que no te gusta, pero te voy a pedir que asumas el rol de chamán. ¿Marcará el coronavirus un antes y un después en la Historia de la Humanidad?

R: Intuyo que no. Por una razón: creo que los desastres no fundan épocas. Los desastres pueden definir épocas, pero no las fundan. Y eso no le resta importancia. Supongo que el coronavirus no iniciará una época, igual que no inició una época la gripe porcina, el sida, aunque la definiera, o la mal llamada gripe española. A lo mejor es una cuestión cuantitativa: ¿por qué conocemos el siglo XVI? ¿Por las grandes pestes que hubo? No, por el Renacimiento. Sin embargo, ¿por qué conocemos el siglo XIV? Pues por la peste negra, que causó centenares de millones de muertos. Además, cuando suceden algunos hechos traumáticos, suele suceder lo que Benjamin llamó "grandes silencios": para afrontar la Historia, se suele hacer cierto paréntesis porque, a veces, la Historia es dolorosa.

P: ¿Qué cosas habrán dejado de tener sentido cuando pase la crisis sanitaria?

R: No lo sé. Quiero resistir a esa tentación de hacer predicciones, pero creo que parte del periodismo se va a resentir. No porque deje de tener sentido, sino porque se va a hundir. Hay un cierto tipo de periodismo que no va a conseguir mantenerse en pie después de esta crisis. Esta fractura entre el periodismo de calidad que aporta contenidos y el periodismo basura, del clickbait y demás… Creo que este segundo periodismo se va a hundir.

P: Aplaudo tu ilusión, pero discrepo.

R: Puede que tengas razón. Es imposible hacerse la idea de cuál va ser la "faz de España", por decirlo como Brenan, después de esta crisis. La verdad es que no me consigo hacer a la idea.

P: ¿Volverá Dios a ser un refugio de desamparados?

R: Creo que hay gente que se está aferrando a la religión. Hay gente que dice: "La religión se va a superar. Vivimos en una cultura científica". Eso es una idiotez: Freud dijo que mientras tengamos miedo a la muerte, y miedo a la muerte vamos a tener siempre, nos aferraremos a la religión, sea ésta del tipo que sea. Evidentemente, hay mucha gente que ya no profesa los grandes monoteísmos, pero se echa a los brazos del biomagnetismo.

P: ¿Habrá una nueva concepción del amor?

R: No sé qué pasará, más allá del auge de Tinder y estas aplicaciones. Le he estado dando muchas vueltas últimamente al concepto de la compasión y la empatía. En sus escritos de juventud, Hegel decía que "el otro es aquel que surge como un misterio cuando le ponemos ojos". Y estos días lo estaba pensando: ¿cómo pueden afectar el confinamiento y la distancia a nuestra relación con los demás? Digo: pues, seguramente, al no poder ver a mis vecinos, no podré sentir la compasión que siento por ellos cuando los vea. Pero, con el levantamiento parcial del confinamiento, me di cuenta de que eso es una pamema: cuando vi a mis vecinos con sus pantalones cortos, con sus camisetas sin mangas, rascándose, pataleando, diciendo idioteces, volví a la misantropía. Dicho lo cual, la misantropía y la filantropía son dos caras del mismo embuste: esto de que uno ama a toda la Humanidad es algo que dice alguien que engaña a los demás, pero alguien que odia a toda la Humanidad se engaña a sí mismo, porque olvida que pertenece a esa categoría y que comparte esos rasgos. Diógenes y Gandhi son dos caras de la misma moneda: son hombres en pañales, y yo no acato éticas de hombres en pañales.

P: ¿Habrá una nueva concepción del dinero?

R: No. Ha habido infinidad de intelectuales y periodistas-activistas que decían que íbamos a abandonar el consumismo. Supongo que no vieron las colas larguísimas en Francia para entrar en una tienda de Zara. Por supuesto que no vamos a abandonar el consumismo. Por una razón básica: cuando acontecen crisis, las conductas no cambian. El habitus se fortalece.

P: ¿Están las democracias en un paredón?

R: Creo que no. Más allá de que se atice el miedo al iliberalismo, creo que las democracias, ahora mismo, sobre todo, en el ámbito mediterráneo, o, incluso, los sistemas tal y como los conocemos ahora mismo, no creo que corran especial peligro por una razón: en situaciones de trastorno, la gente tiende a aferrarse al viejo conocido. El auge de los populismos: no creo que vaya a ser para tanto. De hecho, estoy convencido de que, en España, el bipartidismo va a volver. El 15-M fue sucedido por una mayoría absoluta del PP. En lo estético puede darse el radicalismo, pero en la parte seria se da el conservadurismo y lo estable. Creo que vamos a volver a lo mismo de siempre.

P: Y, para finalizar, ¿podrá sacar la Humanidad alguna conclusión de esta pandemia?

R: No. Hay mucha gente que está deseosa de ver a la Humanidad transfigurada. Personas convencidas de que serán separados a los justos de los réprobos, pero eso es redentorismo religioso. Eso está muy bien pero, en aquello que nos afecta, no tiene ningún sentido. También se dijo en la crisis del 2008: "La gente abandonará la mentalidad del lucro y abrazará causas como el decrecentismo", y eso que el decrecentismo es chatarra averiada desde hace cinco décadas, pero da igual, de repente, la gente se va a dar cuenta de que el dinero es una miseria y trocará el egoísmo por altruismo. Eso es la llegada del paráclito, la segunda venida del mesías: retórica religiosa. Y que me vendan retórica religiosa so capa de retórica ilustrada y científica es un embuste.

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