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Eduardo Goligorsky

Humanos matan humanos

Lo que predican no es el amor y la solidaridad con el diferente victimizado sino el odio. El odio, no a Donald Trump sino a Estados Unidos y a la civilización occidental.

Eduardo Goligorsky
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Lo que predican no es el amor y la solidaridad con el diferente victimizado sino el odio. El odio, no a Donald Trump sino a Estados Unidos y a la civilización occidental.
Edvard Munch: 'El grito' | Wikipedia

Los investigadores de la Universidad de Granada parecen haber encontrado una explicación científica para avalar el refrán "Perro no come perro", que se viene repitiendo desde los tiempos de los romanos, cuando se acuñó respaldado solamente por observaciones empíricas. Mucho más fácil es demostrar la veracidad del aserto "Humanos matan humanos". Basta, para confirmarlo, abrir cualquier libro de historia, desde el manual más elemental hasta la enciclopedia más erudita. Con la corroboración de la prensa escrita y digital y –¡ay!– de los textos sagrados, por un lado, y de los tratados de materialismo dialéctico, por otro.

Revoluciones disfrazadas

No hay un palmo de tierra en el planeta que no haya sido regado, en una o más etapas de la evolución, con la sangre de seres humanos víctimas de sus semejantes. Los factores desencadenantes fueron y continúan siendo incontables e imprevisibles, y sobresalen aquellos que se justifican con argumentos virtuosos. Se han librado guerras despiadadas al servicio de dioses variopintos para convertir o aniquilar a quienes creen en otros dioses o no creen en ninguno. Las disputas por la soberanía sobre territorios propios o ajenos han sembrado el mundo de cadáveres. El color de la piel, la pureza del árbol genealógico, la propiedad de los bienes materiales, las diferencias sociales y las peculiaridades identitarias han servido de pretexto para desahogar, mediante guerras y revoluciones disfrazadas de justicieras, los instintos asesinos latentes en el paleoencéfalo reptiliano.

En la vida cotidiana, estos mismos instintos se descargan en riñas domésticas, o vecinales, o tabernarias, por celos, codicia, rencor o psicopatías varias. En fin, que nos hemos matado los unos a los otros por odio y por amor, para reparar agravios reales o inventados y para sentirnos superiores. Impulsiva o premeditadamente.

Falsos redentores

Periódicamente, aparecen falsos redentores que tergiversan la historia para convencer a la buena gente de que ella, sus antepasados y la civilización de la que se enorgullecen son los culpables de todos los males. "Black lives matter", nos informan; como si George Floyd y otras víctimas negras de abusos policiales fueran los cuerpos del delito probatorios de un holocausto gigantesco perpetrado por los blancos contra los negros. Un holocausto que se habría iniciado con el régimen de esclavitud. Pero…

Pero "humanos matan humanos" y los blancos esclavizaron blancos, empezando por los que griegos y romanos capturaban en territorios conquistados y terminando por los que nazis y comunistas explotaron en sus campos de exterminio y sus gulags. Y los jefes tribales negros esclavizaron negros, tanto para ponerlos a su servicio como para venderlos a los traficantes blancos. Y continúan esclavizándolos, hasta un total aproximado de 6,2 millones, según los organismos internacionales, sobre todo en la República Centroafricana, la República Democrática (sic) del Congo, Somalia, Sudán del Sur y Mauritania.

Los falsos redentores blancos estigmatizan al colonizador británico Cecil Rhodes, que conquistó el territorio africano bautizado con su nombre –Rodesia–, pero silencian que cuando Rodesia se independizó y se convirtió en la República de Zimbabue cayó en manos del dictador Robert Mugabe, que durante 37 años fue el verdugo de sus compatriotas. Lo que no es extraño, porque "humanos matan humanos" y la mayoría de los líderes africanos que ocuparon el Gobierno de sus países después de la independencia fueron déspotas más emparentados con Calígula que con el libertador Nelson Mandela. Basta recordar al sádico Idi Amin, títere de Stalin que quiso levantar un monumento a Hitler en Uganda; o al caníbal Bokassa, emperador (sic) de África Central; o a nuestro intocable Teodoro Obiang, mandamás de Guinea Ecuatorial.

Fenómeno aleccionador

He citado al libertador Nelson Mandela. La República Sudafricana, que Mandela contribuyó a emancipar del aberrante sistema del apartheid, donde una exigua minoría blanca segregaba y oprimía a la mayoría negra, es escenario, hoy, de un fenómeno aleccionador sobre la inconsistencia de los sentimientos humanitarios.

A la discriminación secular de los blancos contra los negros le ha sucedido otra –excepcionalmente virulenta– de los negros contra los negros (ver LV, 4/9/2019 y El Confidencial, 20/9/2019). Una ola de xenofobia ha asolado los barrios populares de Johannesburgo, Pretoria, Durban, Ciudad del Cabo y poblaciones del interior, cebándose en tiendas de comestibles y electrodomésticos y en talleres mecánicos, vehículos y viviendas de inmigrantes africanos de Nigeria, Zimbabue, Malaui, Congo, Etiopía y Somalia. Ha habido saqueos, incendios, expulsiones y asesinatos durante los tumultos. En noviembre del 2019 hubo 12 asesinatos. Pero la campaña más feroz es la de los transportistas locales contra los camioneros de los países africanos vecinos, con 213 asesinatos. Humanos negros matan humanos negros.

Los mueve el odio

Es fácil apreciar la diferencia que existe entre el policía blanco y el ciudadano negro que agoniza asfixiado bajo su peso. Pero es imposible distinguir por el color de la piel y los rasgos físicos a un soldado indio del soldado paquistaní con el que intercambia bayonetazos y que fue su coterráneo hasta que los separó la festejada independencia. Que además le costó la vida al asceta Gandhi. Humanos matan humanos.

Lo que nos trae de nuevo a la campaña globalizada de los falsos redentores. Paradójicamente, lo que predican no es el amor y la solidaridad con el diferente victimizado sino el odio. El odio, no a Donald Trump sino a Estados Unidos y a la civilización occidental. Esta es la fobia que exacerban los demagogos cuando sacan las masas a las calles con discursos maniqueos, para que subviertan el orden, coreen consignas antisistema y se den un baño de violencia y pillaje. ¡Fuera las estatuas de Colón, Cervantes, fray Junípero Serra, Washington, Jefferson y Churchill! ¡Bienaventuradas las momias de los matarifes Lenin y Mao exhibidas en sendos mausoleos de cinco estrellas donde las veneran todavía los peregrinos progres!

Carne de cañón

Lo que menos preocupa a los ideólogos de los vándalos es la búsqueda de respuestas a la situación precaria en que viven los sectores marginales de la población negra que ellos utilizan como carne de cañón en sus revueltas, ya sea en Johannesburgo o en Nueva York. Es bueno leer, para conocer la realidad cruda, artículos ricos en información, como "Racismo y criminalidad en EEUU: fake news vs. fucking facts", de Mario Noya (LD, 7/6); "Racismo a gusto del consumidor", de Lorenzo Bernaldo de Quirós (LV. 11/6), y "El universitario de las moscas", de Cristian Campos (El Español, 24/6), despojados del corsé de la corrección política. Baste como botón de muestra un dato clave que los dos primeros transcriben: desde 1976 hasta la fecha, el 94 % de las muertes violentas de ciudadanos afroamericanos fueron causadas en Estados Unidos por personas de su misma comunidad étnica.

Prohibido resignarse

¿Esto significa que debemos resignarnos a que los humanos sigan matando humanos hasta el fin de los tiempos, como lo vienen haciendo desde que el mundo es mundo, atribuyendo esos crímenes a una tara genética incurable o a una maldición divina? De ninguna manera. Prohibido resignarse.

Hoy los bárbaros idólatras del comunismo primitivo arremeten con todas sus fuerzas contra las leyes, las instituciones y los valores sociales y morales de los países avanzados, y lo hacen en nombre de un paraíso mítico que desean resucitar. Esta es precisamente la razón por la cual debemos defender con uñas y dientes estas leyes, instituciones y valores sociales y morales que hemos refinado a lo largo de los siglos y se sublimaron en la Ilustración, porque son las barreras que la civilización ha levantado para salvaguardar la sociedad de personas libres e iguales contra el regreso de la servidumbre tribal.

All human lives matter. Todas las vidas humanas importan. Ni un paso atrás.

PS: Hasta finales del siglo XIV solo entre el 5 y el 10 por ciento de los esclavos que había en Cataluña eran negros: norteafricanos y subsaharianos. La mayoría eran blancos: tártaros, balcánicos, griegos, turcos, armenios, incluso algunos eran católicos sardos capturados por la Corona de Aragón. También los blancos catalanes esclavizaban a blancos foráneos. (Josep Playà Maset, "El pasado esclavista de Catalunya", LV, 22/6).

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