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Siempre me dio que la renuencia de Marsé a rendir sus memorias no tuvo tanto que ver con la modestia cuanto con la circunstancia de que su vida había sido devorada por la ficción.

José María Albert de Paco
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Siempre me dio que la renuencia de Marsé a rendir sus memorias no tuvo tanto que ver con la modestia cuanto con la circunstancia de que su vida había sido devorada por la ficción.
Juan Marsé | EFE

Siempre me dio que la renuencia de Juan Marsé a rendir sus memorias no tuvo tanto que ver con la modestia, como él gustaba de proferir de manera arrebatada, cuanto con la circunstancia de que su vida había sido devorada por la ficción. A ojos de sus lectores, Marsé no pasaba por ser el astuto y codicioso novelista que fue, sino por un hombre de acción en el que se confundían hasta la promiscuidad el arroyo y el satén, el chorizo y el señorito, el murciano y el santgervé. Un outsider de la cultura con vocación de canalla tocado por la varita del talento. Así las cosas, para qué estropear la leyenda con un relato carente de épica, en que el florido Pijoaparte se viera desdibujado por el seco literato. El cuento de su adopción, de hecho, había situado el listón tan alto que mucho habría tenido que fabular para que el resto de la historia presentara destellos apreciables.

No, el destino de Marsé no quedó sellado en un taxi luego de que el chófer, Mingo Faneca, cuya esposa había fallecido en el parto de Joan no hacía un mes, lo ofreciera al matrimonio Pep Marsé y Berta Carbó, a quienes había recogido casualmente en la Clínica del Pilar después de que éstos perdieran a su recién nacido. Como detalla la árida biografía de Josep Maria Cuenca, Mientras llega la felicidad, el acuerdo entre Mingo y Pep no se gesta fortuitamente durante una carrera que, por lo demás, nunca tuvo lugar, ni hay constancia alguna de que Berta recibiera atención obstétrica en un hospital barcelonés (ni tarragonés, lugar de procedencia de la pareja). La verdad no sólo es menos fantástica; además, desmiente el linaje obrerista con que Marsé solía investirse, y que alimentó, en sus inicios, el mito del escritor fabril. No en vano, Mingo y Pep, este último, hijo de un propietario rural de Sant Jaume dels Domenys, se habían conocido en Estat Català. Dos ultras, en efecto.

El de Marsé, en suma, es un caso extraordinario de hombre hecho a sí mismo, pero no en el sentido que suele atribuirse a la expresión. Hace tres veranos leí de nuevo Últimas tardes con Teresa, y pese a que el tiempo había arrasado numerosos pasajes (lo que tomé por esplendor retórico era sólo beatería, y el inverosímil despertar de Manolo en el cuarto de la criada me pareció de una ortopedia zafonesca), conserva el embrujo de esas novelas que devienen en ritos de paso, de las que extraes, siquiera ilusoriamente, los útiles elementales para emprender un camino que más pronto que tarde ha de desembocar en traición.

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