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Jesús Laínz

Menéndez Pidal, un erudito entre dos fuegos. De republicano a gritar: ¡Monstruoso Frente Popular!

Como Unamuno y Ortega, a Menéndez Pidal le disgustó el rumbo de de la República y dio la batalla por la unidad de España. Escribió: "el no reconocer la idea nacional, es el enorme fallo de nuestras izquierdas".

Jesús Laínz
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Como Unamuno y Ortega, a Menéndez Pidal le disgustó el rumbo de de la República y dio la batalla por la unidad de España. Escribió: "el no reconocer la idea nacional, es el enorme fallo de nuestras izquierdas".
Ramón Menéndez Pidal | Cordon Press

El más grande filólogo español del siglo XX dedicó toda su vida al estudio de la historia y las lenguas de España y se mantuvo apartado de una actividad política que siempre le disgustó. Hombre de talante liberal, se vinculó desde su juventud a la Institución Libre de Enseñanza, la Junta para Ampliación de Estudios y el Centro de Estudios Históricos, en los que trabajó intensamente y ejerció cargos directivos.

Elegido director de la Real Academia Española en 1925, se opuso, mediante carta abierta a Primo de Rivera, al cierre de la Universidad de Madrid como respuesta a una huelga. El dictador le respondió que “el progreso científico está segurado cuando las universidades sólo se dedican a la difusión de la ciencia pura, sabiendo ser neutras con relación a la vida gubernativa”. También participó en 1930, recién dimitido Primo, en el acto en defensa de la lengua catalana, cuyo uso público había estado limitado durante la Dictadura, en el que también participaron Marañón, Pérez de Ayala y Ortega.

En las elecciones de abril de 1931 Ramón Menéndez Pidal votó a las candidaturas republicanas, si bien rechazó la propuesta de formar parte de la Agrupación al Servicio de la República por su alergia a la política activa y por no agradarle la indiferencia hacia la unidad de España que creyó percibir en ellos. Recibió con alborozo el nuevo régimen, esperando que abriera una nueva era de regeneración política y cultural. E inclusó se barajó su nombre para la presidencia que finalmente recaería en Alcalá-Zamora.

Sin embargo, ya con los debates constitucionales empezaría a disgustarle el rumbo que tomaba la República, por ejemplo en lo referente al anticlericalismo plasmado en el polémico artículo 26. Pero la gran batalla la dio por una unidad nacional que veía peligrar. El 26 de julio de 1931 publicó en el diario El Sol un artículo dedicado a desmontar la pretensión de hacer de España un Estado federal, sumando sus argumentos a los de Unamuno y Ortega. Lamentó que “el grito selvático” dado por los promotores de los estatutos autonómicos consistiera en que “cada uno se gobernará como le dé la gana”, lo que Pidal consideró incompatible con la asociación y la convivencia. Respecto a la federación, admitió que se trataba de una forma de gobierno “feliz para muchos pueblos y que está lejos de significar disgregación”, pero no le pareció apropiado para España:

Pero tiene bastante de ruptura cuando no se instaura para atar lo disgregado, sino para separar lo unido por cuatro siglos y medio de historia. Federarnos es algo parecido a divorciarnos (…) Galicia, Vasconia, Cataluña, se puede decir que no vivieron un momento solas en la historia, perennemente unidas a un imperio toledano o leonés, a un imperio castellano, a un reino aragonés. Una veintena de siglos vinieron trabando con mil nudos las mallas; ¿por qué pecados nuestros ahora es urgente desgarrarlas? España, se dice, contiene pueblos demasiado heterogéneos. Pero esto no sería razón. ¡Cuántas otras grandes naciones tienen más variedad que España en tipos raciales y en lenguas, empezando por la centralista Francia! Sólo que en los pueblos sanos esta heterogeneidad sólo se estima como riqueza espiritual de cuarto orden; en los pueblos neuróticos pasa a ser de riqueza primaria, esencial. Tan esencial, como que se la procura abultar artificialmente.

Por estos y otros motivos, Pidal propugnó una descentralización racional, no basada en resentimientos y no lesiva para la integridad de la nación. Por ejemplo, le pareció insostenible la aspiración catalanista de que los mozos catalanes prestaran servicio militar sin salir de su tierra, pues de ese modo se evitaría “la gran ocasión de convivencia, la que más confraterniza y funde las partes de una nación; quizá la única cosa buena que tiene el servicio militar”. Y respecto al bilingüismo de algunas regiones, consideró necesario garantizar el uso tanto de las lenguas de ámbito regional como de la castellana, penetrada en todas las regiones españolas desde los lejanos siglos medievales:

Y al oír renegar de esta penetración, al oír comparar insensatamente el castellano al inglés, comprendemos que aún está muy viva la psicología del amargor.

Un mes más tarde protestó contra la supresión de la expresión “nación española” a propuesta de los catalanistas Gabriel Alomar y Antoni Xirau, lo que a Pidal le pareció “lastimoso” por negar constitucionalmente a España su condición de nación, que quedaba así reducida a mero Estado. Por otro lado, le pareció disparatado comparar la situación de Cataluña dentro de España con las de Polonia o Finlandia dentro de los imperios alemán, austriaco y ruso. Criticó que mientras que en Madrid se reconocían la personalidad y los derechos de las regiones periféricas, en éstas se negara cualquier título histórico a lo que Pidal llamó “la España nuclear”. Y lamentó que la llegada de la República hubiera provocado la exacerbación de las aspiraciones autonomistas:

Las afirmaciones de personalidad regional en esta homogénea y democrática España brotan y engruesan ahora por todas partes, como hongos, tras la lluvia republicana. Cada ciudad podría alegar sus características individuales; cada aldea, el hecho diferencial que engríe a Coteruco de Abajo contra Coteruco de Arriba.

Finalmente, deploró que los catalanistas, incluso antes de tener aprobado el estatuto, estuvieran implantando un sistema de discriminación lingüística más opresor que el que tan amargamente habían denunciado en el régimen monárquico, y advirtió sobre la importancia de la educación para evitar el desmoronamiento de España:

Digo esto sin la menor acritud, no más para repetir que la psicología vieja del desamor y de la incomprensión perdura y que el idioma se sigue empleando como un arma y no como un instrumento (…) El robustecer la conciencia hispana mediante la enseñanza es un deber del Estado absolutamente indeclinable entre nosotros, dada esa cortedad de visión para la anchura del horizonte nacional propia de las regiones. Misión intransferible; que no va menos en ello que la consolidación o el desmoronamiento de la nación española, que se tambalea para convertirse en simple Estado (…) ¿No podrían los catalanes dirigentes preocuparse de algo más que de su cultura íntima y aplicar el entusiasmo de que están rodeados a impulsar la de España toda? ¿No encerrarse en sus centros culturales y no echar por dentro el cerrojo idiomático para que allí no entre nadie?.

Sobre la cuestión educativa regresaría una semana después en un artículo para replicar a una respuesta de Rovira i Virgili. Como “verdadero encuentro bélico” lo calificó Pidal, y lamentó “el infantil descomedimiento de quien no le cabe en la cabeza que las cosas catalanas puedan ser atendidas bien más que por los catalanes”:

La que siempre fue una nación se convertiría en un simple Estado; compartimientos estancos, nacioncillas aisladas, cultivadoras del hecho diferencial, empeñadas en negar obcecadamente, como vemos, los lazos ideales, para quedarse sólo con los lazos materiales que convengan. Peor que un Imperio austrohúngaro. No nos hagamos ilusiones. Si bajo esta psicología del resentimiento, el Estado Español no tiene respecto de la región una prenda de unión espiritual en la enseñanza, la generación del desamor acabará por raer, con pertinaz trabajo de zapa, todo sentimiento de unidad espiritual; la fuerza moral de la nación, la única fuerza de los pueblos, será arruinada y la disgregación del nuevo Imperio austrohúngaro será rápida.

Durante la Guerra Civil

Al estallar la guerra, su vecindario de Chamartín se convirtió en escenario habitual de asesinatos, por lo que se refugió, junto a otros intelectuales, en la Residencia de Estudiantes por sugerencia de su director Alberto Jiménez Fraud. Pero la persecución también alcanzó a los allí alojados, entre ellos al propio director, a Ortega postrado en cama, a Dámaso Alonso y al exministro liberal Prieto Bances, que escapó in extremis por el bosque. Aquel día, Pidal, escondido tras un árbol, oyó decir a los milicianos: “¿Dónde estará el otro pájaro?”. Y cuando se fueron, se preguntó: “¿Seré yo el otro pájaro?”. Tomó la decisión de escapar cuanto antes; y con toda su familia, para evitar represalias. Su primera escala antes de embarcar en un buque inglés fue la embajada de México. Su nombre apareció en el Manifiesto de apoyo a la República que incluyó a muchos que ya habían huido de ella o estaban a punto de hacerlo, como sus tres padres fundadores. Sobre ello escribiría posteriormente en sus notas privadas:

Mentira. Yo no firmé ninguno. Me firmaron sin consultarme, como era práctica entonces. Me firmaron porque no había libertad de prensa para protestar (…) ¿Qué luto debo guardar a la fenecida República? Yo no disfruté prebenda alguna de monarquías, dictaduras ni repúblicas.

Durante los tres años bélicos residió en Burdeos, Cuba, Estados Unidos y París. A México se negó a ir, según explicó a Marañón, por el elevado número de republicanos allí concentrados. A Américo Castro le manifestó por carta su dolor por la situación de España, sólo equiparable a la catástrofe de 711:

El horizonte de España es tenebroso, como en ninguna otra época de su pasado (exceptuando la invasión musulmana yo no veo otra peor). La pérdida de los tesoros materiales, culturales y morales es espantosa, y sin embargo, tengo esperanza de que la vida intelectual se ha de restaurar mejor de lo que ahora podemos figurarnos.

Se fue avivando su fe en que la guerra terminase pronto con el triunfo de Franco, como solía animarle el más entusiasta Marañón en su conversaciones y cartas. A finales de 1938, con la victoria nacional a la vuelta de la esquina, desenfundó su pluma para contrarrestar la propaganda antiespañola desplegada por algunos periódicos franceses que consideraban a vascos y catalanes como la parte civilizada y democrática de una España reaccionaria frente a la que Francia debía protegerlos:

El inestimable valor del pueblo vasco reside en su resistencia a la civilización occidental de Roma, lo que le ha permitido conservarse como una reliquia de la España Ibérica. El pueblo vasco no ha conocido la civilización occidental sino después de la desaparición del Imperio, cuando se la inculca esa España de la que quiere protegerle el autor de este artículo. Es de esta estrecha unión, de esta participación en las tempestades interiores de España, cuando se desarrollan las horas de grandeza del pueblo vasco (…) Sería de desear que los escritores del gran pueblo francés no se injiriesen en la dolorosa lucha de España. ¡Dejad a los españoles decidir entre ellos sin injerencias extranjeras!.

Le Temps no tuvo la elegancia de publicar el artículo de Pidal, lo que sí hizo la prensa franquista. Y ya en marzo de 1939, disparándose los últimos tiros de la guerra, explicó así a Américo Castro su satisfacción:

“Ya sabe usted mi principio. Déme usted la España sin fragmentar en bochornosas republiquitas y cualquier cosa que allá pase se remediará en muy pocos años; mientras que la fragmentación no se remediará en siglos o nunca. El no sentir esta gran verdad, el no reconocer la idea nacional, es el enorme fallo de nuestras izquierdas. ¡Monstruoso Frente Popular! Mire usted Francia qué cuerdamente se lo ha raído de sí. Usted que peleó y sufrió como gran español en el patronato de la universidad barcelonesa, de seguro que no se quitaría el sombrero aquí en París delante del escudo de la Legación de Euskadi, la republiquilla jaleada por Le Temps y por Maritain. Por fortuna ya se ha ido a freír espárragos”.

Ansioso por regresar a España, llevaba meses moviendo hilos a través del jefe del gabinete diplomático de Franco, José Antonio Sangróniz. A mediados de julio ya estaba en Madrid recibiendo la bienvenida de manos del cuñadísimo Serrano Suñer. Entre colegas y amistades encontró tanto amistad como reticencias, pues hubo quienes no le perdonaron sus anteriores simpatías republicanas y su tibia adhesión al bando alzado. Además, el militar monárquico y posterior ministro Jorge Vigón publicó un artículo (“La voz de nuestros muertos. Infiltraciones”) en el que deploró que se aceptara “como arrepentimiento lo que no es sino capacidad de adaptación dudosamente deshonesta”. Se refería con ello a un Pidal cuyo antiguo cargo de director de la Real Academia había entrado en conflicto con José María Pemán, que le había sucedido interinamente en 1938 y que ahora contaba con la ventaja de su firme vinculación con el alzamiento. Pidal devolvió su medalla de director y franqueó el paso a Pemán, si bien en 1947 volvió a ser elegido director, cargo desde el que consiguió que los sillones de los académicos exiliados permanecieran sin cubrir hasta que fallecieran. Contrariamente, no halló obstáculo para continuar su actividad desde el principio en la Academia de la Historia.

Además, por denuncia de Vigón, tuvo que vérselas con el Tribunal de Responsabilidades Políticas hasta que su causa fue sobreseída en 1943. Sobre el revanchismo de la España de la inmediata posguerra, había anotado en 1940:

“Cuando volví a España, tenía alguna esperanza, aunque no mucha, de hallar en ella una atmósfera próxima a descargarse de los rencores que toda guerra civil deja tras de sí. Desvanecida esa esperanza, creo lo mejor permanecer aparte, confiando en que, aunque por mi edad ya no lo vea, vendrán tiempos sin odios en que nuestra España pueda ser una en los espíritus y grande en el esfuerzo”.

A pesar de que la Junta para Ampliación de Estudios y otros organismos como el Centro de Estudios Históricos, en los que tanto había trabajado, iban a ser reformados en manos del Opus Dei para su transformación en el actual Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Pidal retomó con normalidad su actividad, que aún habría de durar otras tres décadas hasta su fallecimiento, casi centenario, en 1968.

www.jesuslainz.es

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