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Jesús Laínz

Y los templos se convierten en circos. No falla: cuando Dios se va, llegan las gurruñañas

Que el cristianismo, en todas sus variantes, está dando sus últimas boqueadas parece fuera de discusión. No tardaremos en contemplar cataclismos religiosos extraordinarios.

Jesús Laínz
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Que el cristianismo, en todas sus variantes, está dando sus últimas boqueadas parece fuera de discusión. No tardaremos en contemplar cataclismos religiosos extraordinarios.
Monasterio de Santo Toribio de Liébana | Wikipedia

Las anécdotas son locales, pero el fenómeno es, evidentemente, mundial. El año pasado la prensa informaba sobre la extinción de la comunidad jesuita de Palencia cuatrocientos cuarenta y un años después de su llegada en 1577. Más antigua era la presencia de los franciscanos en Santander, presencia que ha concluido en 2020 tras los setecientos sesenta años transcurridos desde su fundación en 1260. El templo vanguardista que construyeron en los años cincuenta, cuando la mayoría de los españoles seguía creyendo en Dios y había que crear grandes espacios para acoger a los feligreses, cambiará de uso: de iglesia a garaje o supermercado, inmejorable metáfora de nuestros días. Sólo quedará un puñado de franciscanos como custodios del Lignum Crucis en el monasterio de Santo Toribio de Liébana. No lejos de allí, en el valle de Campoo, la recoleta iglesia románica de Villacantid, del siglo XII, fue convertida hace ya algunos años en centro de interpretación del románico, con lucecitas, musiquita y cobro de entrada. Precisamente de museos va el abandono de las monjas de la oscense Santa María de Sigena. Dejan el viejo monasterio medieval porque, desde que se montó la exposición de las obras recuperadas hace dos años del museo de Lérida, se les ha hecho imposible la vida retirada. Ya no la pueden dedicar al servicio de Dios, sino al del quinto jinete del Apocalipsis: el turismo.

Paralelamente, a algún alcalde voluntarioso se le ha ocurrido trazar por un hermoso robledal cántabro una senda bautizada “mitológica” y adornarla con muñecos de ojáncanos, julandronas, gurruñañas y otros personajes de la milenaria mitología de Cantabria que se inventó Manuel Llano en 1931. La principal consecuencia de la iniciativa es la visita de muchos veraneantes que hasta ese momento nunca habían tenido interés alguno en dar un paseo bajo los árboles y que han llenado el lugar, antaño bosque impoluto, de gritos, basuras y cacas. Otro templo convertido en circo. No falla: cuando Dios se va, llegan las gurruñañas. Ya lo advirtió Chesterton hace un siglo.

Monasterio medieval de Santa María de Sigena

Pero el fenómeno es universal: en toda Europa se derriban iglesias para construir aparcamientos o bloques de pisos, y muchas de las que han esquivado la dinamita han acabado convertidas en restaurantes, polideportivos o discotecas. En las que siguen abiertas al culto, no pocas han incorporado columpios, toboganes y otros elementos para atraer al público; y entre misa y misa se celebran desfiles de modelos, bailes y campeonatos de minigolf. Además, por cada iglesia que cae, se levantan varias mezquitas: ocho siglos después, el Miramamolín se venga de Las Navas.

Que el cristianismo, en todas sus variantes, está dando sus últimas boqueadas parece fuera de discusión. No hay más que escuchar con un poco de atención a quien dirige desde Roma la variante más antigua y mayoritaria, y aparentemente la más autorizada, para intuir que no tardaremos en contemplar cataclismos religiosos extraordinarios. Si bien la demolición ideológica del cristianismo, y con él la de las demás religiones, comenzó hace bastantes siglos, no debemos olvidar la colaboración prestada, sobre todo en los últimos sesenta años, por las propias jerarquías católicas. La desacralización comenzada en el Vaticano II, el aggiornamento, la sustitución del espíritu por la política, la complicidad con el marxismo y el terrorismo, la devastación litúrgica, los complejos, las claudicaciones, las traiciones, las payasadas, han sido los pasos que han conducido a la agonizante situación actual.

Para la mayoría de la gente de los países que fueron cristianos, lo único que va quedando de la religión son las festividades religiosas. Pero ya no conservan, ni siquiera para los que a duras penas siguen considerándose creyentes, el sentido religioso que les dio origen. Se han convertido en excusas para tomarse el día libre. Es probable que si algún día se plantease su eliminación, la gente se opusiese, pero no por motivos religiosos sino para no perder la oportunidad de unas vacaciones. Aunque también es posible que su eliminación acabe pasando desapercibida, pues, al fin y al cabo, las fiestas predilectas de nuestra época ya no son las que fueron durante dos mil años, sino el día del orgullo gay, el de la mujer andrófoba, el de la histeria climática, etc.

No tardará mucho la Humanidad en leer los textos cristianos como se leen hoy la Odisea o las sagas vikingas, en tener a los sacerdotes por chamanes ridículos y en contemplar las iglesias como se contemplan hoy las pirámides: como mudas reliquias de un culto extinguido.

A nuestros progresistas les encantará la perspectiva, seguros como están de que, una vez caído el odiado cristianismo, la Humanidad será iluminada por un alba de orden, felicidad, conocimiento y tolerancia. Pero se van a llevar una sorpresa.

www.jesuslainz.es

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