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Cristina Losada

Le Carré y la Guerra Fría

Hoy, todo aquello es el mundo de ayer. Pero es un ayer que es preciso conocer y reconocer.

Cristina Losada
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Hoy, todo aquello es el mundo de ayer. Pero es un ayer que es preciso conocer y reconocer.
John Le Carré. | Europa Press

Ha muerto John Le Carré, y obituarios y crónicas compiten en sofisticadas descripciones de su literatura, olvidando lo más simple y esencial: sus novelas –o, para ser precisos, una parte de ellas– eran tremendamente entretenidas. Es por eso que fueron populares, popularidad que los sofisticados habituales suelen ver reñida con las cimas de la literatura. Más de un lector, entre los que me cuento, habrá pasado alguna noche en vela leyendo alguna de ellas hasta su ambiguo y desconcertante final. Y éste es un poder que no tiene cualquiera, menos aún cuando se trata de un escritor tradicional y no de algún hábil fabricante de best-sellers.

El género del espionaje tiene, naturalmente, seguidores y detractores, pero es cierto, y en eso habrá que dar la razón a los expertos, que la obra de Le Carré lo trasciende. No porque su obra pueda desligarse del género en el que está inserta y bien inserta, sino porque su asunto, más que la trama o la pura acción, era la condición humana. Eso es lo que le proporciona densidad. No en vano una de sus grandes influencias fue Graham Greene, quien también fue espía, aunque más brevemente, puesto que Le Carré estuvo de un modo u otro en el espionaje nada menos que 16 años. Es probable que no haya en el mundo otro servicio de espionaje como el británico que pueda apuntarse el tanto de haber sido cantera literaria.

En la cultura popular que hemos dejado atrás no hace tanto, Le Carré está unido a la Guerra Fría. El espía que surgió del frío, de 1963, es su novela más conocida y más apreciada, seguramente con razón. En plena confrontación entre el Occidente democrático, el mundo libre, como se decía, y la Unión Soviética, la novela representa o imagina los dilemas morales que afrontan los agentes en aquel combate, pero sobre todo ilumina, de manera trágica, la zona en sombras, aunque despiadadamente vigilada, que era el Muro de Berlín en Alemania Oriental.

Acababa de construirse, hacía poco más de un año que dividía la ciudad: el Muro se levantó en agosto de 1961. Tardó 28 años en caer. En esas tres décadas, intentaron cruzarlo más de cinco mil personas. Un centenar de ellas tuvieron el mismo destino que los dos protagonistas de la novela de Le Carré: murieron por los disparos de las fuerzas de vigilancia. Su novela, llevada al cine dos años después, proporcionó como pocas los elementos para imaginar cómo era aquel mundo cerrado e ignoto que estaba justo al otro lado, cómo era la realidad que se congelaba en lemas como la Guerra Fría o el Telón de Acero.

Hoy, todo aquello es el mundo de ayer. Pero es un ayer que es preciso conocer y reconocer. De ahí venimos. Hay unas cuantas novelas de Le Carré que pueden hacer más interesante y reflexivo ese necesario viaje en el tiempo.

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