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Amando de Miguel

La personalidad fatalista

Hay elementos conexos entre el fanatismo y el fatalismo, aunque cada uno responde a una tipología de rasgos algo distinta.

Amando de Miguel
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Hay elementos conexos entre el fanatismo y el fatalismo, aunque cada uno responde a una tipología de rasgos algo distinta. Etimológicamente, el fatalismo procede del latín fatalis (= mala suerte), una desgracia marcada por el hado, el destino adverso. Consuela mucho pensar que los fracasos de uno son compartidos por otros.

Los españoles se caracterizan por una extrema confianza en la suerte, los juegos de azar o de envite. El deseo amistoso de "suerte", sin más, supone que va a ser benéfica. Se trata de un rasgo típico de las sociedades, como la española, que toleran fuertes desigualdades. La confianza ciega en la suerte viene a ser lo contrario de la ética del esfuerzo o del merecimiento. El extremo literario de la buena suerte es encontrar un tesoro escondido.

Como es natural, son muchas las ocasiones en las que el sujeto percibe su mala suerte, con frecuencia como una salida para ocultar sus fallos o incompetencias. Es una sensación negativa, pero cumple la función de librarse del examen de conciencia y de las eventuales culpas por no haberse esmerado lo suficiente.

La idea de los juegos de azar o de envite supone la ilusión de que el sujeto tiene más posibilidades de ganar que los otros jugadores. Se trata de una forma benéfica de ignorancia. Hay muchas manifestaciones de ese utilísimo error. Por ejemplo, muchas personas creen, honradamente, que la democracia es el sistema para que manden los que eligen los ciudadanos. No caen en la cuenta de que son legión los altos cargos públicos y privados cuyo nombramiento no se debe a una elección directa. Incluso, en el supuesto de la elección para los parlamentarios y equivalentes, en realidad el voto se dirige a los candidatos previamente nombrados por los dirigentes de los partidos. Para lograr esas plazas no existe nada parecido a un concurso de méritos. La aceptación de esta realidad se puede hacer con el despliegue de la actitud fatalista.

El fatalismo es el enemigo de la libertad, aunque a veces no se manifieste de manera expresa. Convengamos en que el reconocimiento de la libertad es un arte muy difícil de practicar, incluso por personas con creencias democráticas o liberales. En las conversaciones cotidianas de los españoles, al sujeto le resulta difícil reconocer que el interlocutor le ha convencido, que tiene razón. A la gente le interesa mucho saber que se encuentra en posesión de la verdad y que esta no cambia. Es una creencia humanísima.

El fatalismo no es más que una forma de pesimismo; una actitud, esta, que califica a muchos españoles de las más variadas ideologías. Por ahí se llega a una latente sumisión a los que mandan en todos los órdenes. La divisa no declarada es: "El que ostenta alguna forma de poder suele tener razón". Lo que llamamos "orden social" es el resultado de la generalización de tal creencia.

El pesimismo supone el reconocimiento implícito de la necesidad de muchos procesos sociales. Veamos, por ejemplo, cómo se aplica a las ideologías dominantes en el mundo, y, más concretamente, en España. El socialismo (con todas sus variantes, desde el comunismo y el populismo hasta la socialdemocracia) asume la idea implícita de que "los ricos son, necesariamente, explotadores". El nacionalismo más común en España, el de algunas regiones, supone que la región de referencia, por necesidad, debe llegar a la autodeterminación o la independencia. El islamismo sostiene que, necesariamente, el mundo islámico acabará por imponerse al orbe cristiano o judío. El feminismo radical entiende que, necesariamente, los varones tratan de imponerse a las mujeres. El ecologismo extremo presume que, necesariamente, la actividad humana acabará por destruir el planeta. Todas ellas son presunciones pesimistas, deterministas o fatalistas, aunque a muchos les consuelen. La repetición del adverbio necesariamente puede ser un abuso, pero, resulta insustituible. Si prescindimos de él, pierden entidad las ideologías. No existe un mundo desprovisto de ideologías. La tesis del fin de las ideologías es una más.

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