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Pedro de Tena

Del puto recibo de la luz y su literatura

Educado estuve en el "Hágase la luz" y no en el actual "Páguese la luz", que se está convirtiendo en una expropiación a plazos de nuestros ingresos familiares.

Pedro de Tena
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Vaya por delante que tengo un cabreo monumental con este impuesto-coima general camuflado como recibo, fruto de un contrato de adhesión involuntario con compañías suministradoras a las que no puedo decir que no porque entonces me apagarán la luz. Educado estuve en el "Hágase la luz" y no en el actual "Páguese la luz", que se está convirtiendo en una expropiación a plazos de nuestros ingresos familiares, si es que queremos mantener el mismo nivel de servicio que hasta hace unos meses. No sé apenas nada del recibo de la luz salvo lo que explican nuestros compañeros de Libre Mercado y los insistentes Domingo Soriano, Nuria Richard y Luis Fernando Quintero, entre otros. Lo que sí sé es que durante estos días africanos de agosto he sentido cómo el Estado y sus socios me metían la mano en la cartera y me dejaban a oscuras y sudando.

No es nada del otro mundo. Miguel Ángel Aguilar ya decía: "Siguen sin explicarnos el recibo de la luz, que podría servir de ejercicio de fin de curso en el último año de la Facultad de Ciencias Económicas. Por eso el punto de vista de la Comisión Nacional de la Energía ocupa espacios infinitesimales en comparación con el sustentado por las eléctricas, que se anuncian con generosidad". Leopoldo Abadía distinguió al "recibo de la luz" como una de esas cosas que hay que pagar "caiga quien caiga". En 1987 fue, como era costumbre, Paco Umbral el que lo dijo sin rodeos: "Ahora hay una campaña de información para que los usuarios puedan leer el recibo de la luz. Quiere decirse que los monopolistas de la electricidad han estado sodomizándonos económicamente, con o sin goma, durante toda la vida, pues nunca hemos sabido qué conceptos eran los que pagábamos".

Para colmo, añadía que en el cesto de nuestra basura existencial siempre hay algún recibo de la luz no pagado. Cómo será que Boris Yeltsin, cuando lo del tanque en Moscú, llevaba un papelito que dice Umbral que a lo mejor era el recibo de la luz. Pero eso era antes, que ya no se puede por eso de las sentencias. Podemos fantasear con él sobre todo lo que queramos, por ejemplo, sobre para qué nos sirven a los ciudadanos de a pie tanto el recibo de la luz como las Cortes, pero a Roberto Brasero se le olvidan los impuestos del Estado en sus explicaciones del cilicio, más que recibo, de la electricidad. Eso sí, profetizó lo que ocurre: "Las previsiblemente más frecuentes olas de calor del futuro supondrán también un disgusto para nuestros presupuestos domésticos". ¿No les recuerda al tal Simón de la pandemia?

Andrea Camilleri recurría a la teología cómica para el suplicio de la luz y su factura. Se preguntaba que, dado que para los curas la verdad es "luz", una familia que dijera siempre la verdad ahorraría en su recibo. O Lampedusa, que sabía que las liras aliviaban el sufrimiento de la "luz". Como en España, en México el recibo de la luz vence, pero no se le vence. Y lo dice el diccionario del español allí gracias a Hernán Cortés, entre otros. Incluso el pobre Ruiz Zafón, en El prisionero del cielo, veía la Navidad como época propicia para no pagar el recibo de la luz. Ja. Elena Ferrante contaba cómo en el bolso de una madre puede haber siempre un recibo de la luz, fíjense qué importancia. En Los asquerosos, Santiago Lorenzo contaba cómo un casero de hotel cerraba el circuito de la TV para que no le chupara en el recibo de la luz. Nuestro Amando de Miguel protestaba porque en realidad no es recibo sino factura y no se trata de "encender la luz" sino de conectarla. Es formalmente cierto.

Por hablar de las gentes de moda, Sonsoles Ónega festeja como un mérito compartir con su pareja el recibo de la luz, algo que por lo visto condujo al matrimonio. Es que lo de la luz es bien fuerte. Graciano Palomo, que ha cuadrado al ex Redondo, anotó cómo el Gobierno Zapatero les quitó el problema del recibo de la luz a las televisiones penetradas por la izquierda. Fernando Quiñones mostraba cómo la droga de las tragaperras te había enganchado cuando se gastaba uno el dinero del recibo de la luz. Tabucchi describió cómo Pereira no sostuvo el recibo de la luz sino que lo devolvió a su redacción. Ése sí sabía. Otros, relata Andrés Trapiello, se presentan como gente tan desgraciada como si no tuvieran para pagar el recibo de la luz. Pura pose, en tal caso.

¿Que qué tiene alguien en la vida? Un personaje de Max Aub decía sin dudarlo que el recibo de la luz, entre otras "propiedades". Rafael Azcona, que escribió sobre el toro Felipe, gran individuo a pesar de los cuernos, insinuó que lo malo de tener una mujer "tuya" es que con ella llegaba un recibo de la luz todo "tuyo". Y viceversa, claro. Hasta en los ejemplos de un sesudo libro sobre la negación aparece esto: "Nadie ha leído un recibo de la luz que lo haya entendido". Claro que no entenderlo no exime de pagarlo. Por eso, cuando uno baja o sube la escalera de Buero Vallejo y lee que el recibo de la luz era de ¡2 pesetas!, le da un ataque. Puto franquismo. Los demás no son putos a pesar de que en 1984 el PSOE nos cargó las cinco centrales nucleares que se cargó porque sí en el recibo de la luz. Lo he leído en una historia del trotskismo en España, la de Caussa y Martínez. Y ahora, ¿qué?

Pues que Faemino y Cansado, que confiesan hacer bromas por la pasta, saben que el recibo de la luz no se paga solo. Ya no se paga al comprobador de contadores, como cronicaba Wenceslao Fernández Flores, pero pagar, se paga o todo se apaga. El colmo de verdad es que a Blas de Otero le presentaron el recibo de la luz mientras escuchaba Erwartungde Schömberg, que ya daba miedo.

Y ahora lean:

Otro motivo por el cual nuestra factura eléctrica es más abultada que en la mayoría de los países de la Unión Europea es el déficit de tarifa. Se supone que el Estado debe a las eléctricas unos 25.000 millones de euros en concepto de costes incurridos por las empresas en las últimas décadas y que en su momento no se incluyeron en el recibo de la luz. El Estado está, pues, hipotecado con las empresas del sector. El coste de esa hipoteca lo pagarán los contribuyentes.

O sea.

Lo escribió en un libro el periodista de El País Juan Pedro Velázquez Gaztelu, subtitulado "Cómo la perversa alianza entre los políticos y la oligarquía financiera frena el avance de España". A la oligarquía periodística ni la nombra, como tampoco nombra al PSOE, jajaja, Soledad Gallego-Díaz, en su prólogo mientras poetiza sobre la falta de escrúpulos. Y eso que todo comenzó con el PSOE en 1984.

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