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Juan Gutiérrez Alonso

Tres maestros sobre la burguesía

La burguesía y los burgueses son el principal nutriente de diversas formas de servidumbre contemporánea. Balzac, Hesse y Pasolini la analizaron.

La burguesía y los burgueses son el principal nutriente de diversas formas de servidumbre contemporánea. Balzac, Hesse y Pasolini la analizaron.
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La burguesía puede sostenerse con carácter general que es una especie de magma en el que confluyen muchos factores y realidades. La conforman, eso sí, personas con gran apego al dinero y la notoriedad, y se localiza normalmente entre quienes han tenido la habilidad de acomodarse en los colectivos o las estructuras de poder.

Es por tanto relativamente sencillo identificar comportamientos burgueses y localizar también los ámbitos en los que se encuentran arraigados. Además, la burguesía no sólo se dedica al disfrute y promoción propia, también crea escuela, dando continuidad a modos de vida, actitudes y pensamientos que pueden llegar a ser muy tóxicos para el bien común, el desarrollo social y la libertad. La burguesía y los burgueses son, por así decirlo, el principal nutriente de diversas formas de servidumbre contemporánea, encontrándose muy asentados en la política, en el mundo administrativo-empresarial, el universitario, el cultural y también el mediático.

La burguesía está ahí, su presencia es cotidiana y su existencia ha llamado la atención de escritores, críticos y librepensadores. Honoré de Balzac, con su estilo único e incontestable, en Los pequeños burgueses (1855) radiografió esta especie que creía creciente y prodigiosamente activa. Seres ambiciosos, personas que, con independencia del trabajo o profesión, están continuamente alerta, informados y atentos a los eventos y acontecimientos sociales. Frecuentan todos aquellos lugares, momentos y situaciones en los que se puede conseguir una prebenda o un protagonismo. Incapaces de hacer algo verdaderamente valiente en su vida, pero siempre dispuestos a hacer lo que sea necesario con tal de mantener una posición. Astutos, taimados, equidistantes, nunca se deslizarán por la corriente de eso que llamamos ahora "políticamente incorrecto", ni tampoco se alejarán de quienes les puedan procurar un ascenso o una mejora de estatus o condición.

Esta descripción del mejor retratista de París debe contrastarse o complementarse con la que posteriormente hizo H. Hesse en El lobo estepario (1927). El suizo-alemán del periodo de entreguerras nos dice que el burgués es en verdad una criatura de débil impulso vital, miedoso y fácil de gobernar. Añade que por eso ha sustituido el poder por el régimen de mayorías, la fuerza por la ley, y la responsabilidad por el sistema de votación. Este razonamiento se ampliaría hoy a la proliferación de organismos y entidades internacionales y eso que llamamos y alabamos como multilateralismo o la comitología. Esas colmenas que sirven fundamentalmente para que nadie asuma responsabilidad y todos se sientan respaldados por algo o alguien. Un escudo o excusa que se puede usar como cobertura si vienen mal dadas o cuando sencillamente no se sabe qué hacer.

Para Hesse, la burguesía como fenómeno social también está viva, es poderosa y prospera en el mundo. Destaca que en ella (con)viven temperamentos vigorosos y fieros, millares de vidas e inteligencias que, aunque algunas se salgan del marco de la masa burguesa acaban atraídos por sentimientos infantiles hacia las formas burguesas y contagiándose por su debilitación en la intensidad vital, quedando de algún modo sujetos, sometidos y obligados a ella.

La inmensa mayoría de los intelectuales y artistas pertenecían y pertenecen a este tipo. Eso sí, sólo los más vigorosos traspasan la tierra burguesa, los demás se resignan o transigen, pueden incluso despreciar la burguesía, pero pertenecen a ella, la robustecen y glorifican, al tener que acabar por afirmarla para poder seguir viviendo y disfrutando de aquello que le procura, apostilla nuestro autor. No es complicado entender que ahí, en la masa burguesa, se cocinan los peores vicios y perversiones que antes o después se trasladan a la vida pública.

Y luego está Pier Paolo Pasolini, de quien se cumple este año el centenario de su nacimiento. En su manuscrito El fascismo de los antifascistas (recopilación de artículos del periodo 1962-1975), publicado por Galaxia Gutemberg, el boloñés se queja amargamente de que su país se pudre en un bienestar hecho de egoísmo, estupidez, incultura, habladurías, moralismo, coacción y conformismo. Apunta a la burguesía como responsable. Le profesa una repugnancia tan grande que le impide siquiera escribir o pronunciarse sobre ella. Cree, además, que prestarse de algún modo a contribuir a esta podredumbre que configura esta burguesía es, actualmente, el fascismo. Esto es muy interesante.

Pasolini nos advierte que hemos llegado a un punto en el que no hay que ser fuerte para enfrentarse al fascismo en sus manifestaciones delirantes y ridículas, sino que hay que ser fortísimo para enfrentarse al fascismo como normalidad. Y explota particularmente contra «el fascismo de los padres». Ese que, según él, implica el desmoronamiento moral, una complicidad con la manipulación de las ideas con las que el neocapitalismo está modelando su nuevo poder. Tan convencido estaba de este fenómeno y su evolución, que acaba escribiendo un epigrama con el que desea hijos fascistas a sus enemigos burgueses. Ellos representaban todo lo que él detestaba, así que les desea "que os salgan hijos fascistas, que os destruyan con las ideas nacidas de vuestras ideas, con el odio nacido de vuestro odio".

No es complicado advertir Pasolini se mostraría hoy muy contrario a los movimientos políticos y sociales hegemónicos. Recientemente, la escritora Dacia Maraini (Caro Pier Paolo, Edit. Neri Pozza, 2022) sostenía en una entrevista en el Corriere della Sera que él no miraría con simpatía los movimientos actuales como por ejemplo el feminismo. No abrazó siquiera los movimientos de su tiempo, pues sabía que al final se transforman en mecanismos de poder que en cuanto tal, acaban siendo peligrosos para la libertad.

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