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Amando de Miguel

El grito

Lo malo es cuando el estilo de dar voces se incorpora a las sesiones del Congreso de los Diputados.

Lo malo es cuando el estilo de dar voces se incorpora a las sesiones del Congreso de los Diputados.
Una diputada de ERC, vociferando en el Congreso. | EFE

No me refiero al famoso cuadro expresionista del noruego Edvard Munch. Si bien se mira, esa pintura describe más un estado de angustia y soledad. Puede que los escandinavos asocien esa situación anímica con un grito desesperado. Sin embargo, los españoles elevamos la voz, muchas veces, como una exaltación de nuestros sentimientos, que pueden ser también de alegría. En definitiva, el griterío hispano es, fundamentalmente, para llamar la atención. Es una forma de comunicarse con un espíritu exultante; lejos de ser una excepción, se convierte en un ideal. No hay más que seguir algunas tertulias de la tele o de la radio, donde los intervinientes tratan de pisarse unos a otros. La mejor manera de cortar el discurso del oponente es interrumpirlo con un tono de voz más alto y, a poder, ser gesticulando. Naturalmente, eso lleva a que se superpongan los alegatos, efecto que no parece intimidar mucho a los tertulianos ni, tampoco, a la audiencia. En la tele sería, más bien, la videncia, puesto que se recrea y se asiste a un espectáculo.

No hace falta situarse en el contexto de una tertulia. En ciertos anuncios publicitarios se puede comprobar que algunos presentadores de la marca en cuestión realmente vociferan como argumento de convicción. Es el caso de los que proclaman las excelencias de los coches usados ("seminuevos"), de los medicamentos vigorizantes o, incluso, de los seguros. Ese tono de algarabía llega a su máximo esplendor con los programas deportivos de la radio o la tele. Se comprende que su función sea transmitir entusiasmo. Lo malo es cuando el estilo de dar voces se incorpora a las sesiones del Congreso de los Diputados. Habrá que imaginar lo que debía de ser el Hemiciclo hace un siglo, cuando no había micrófonos.

La costumbre de gritar se ha trasladado al género de las canciones. Ya podía haberse reconciliado con el precedente glorioso de un Frank Sinatra, maestro en el arte de transmitir sentimientos a través de sus baladas. Lo que se estila ahora es, más bien, un ejercicio de balidos y contorsiones. La prueba es que resulta difícil recordar la letra de las piezas que ejecutan los cantantes actuales más famosos. Interesa más el espectáculo, las luces, el ambiente. Obsérvese el efecto de los cantantes al acercarse el micrófono a la boca, como si intentaran devorarlo. Dan la impresión de que sus gritos intentan pasar por alaridos.

Detrás de este fenómeno de lo que antes se llamaba greguería está la alta valoración que se concede al ruido, a poder ser, magnificado por la electrónica. Puede que sea una derivación de la vida trepidante de las ciudades y los espectáculos deportivos. No se salva de ese hábito el hecho de que a ciertos ambientes de jolgorio y barahúnda se les conceda la dignidad de la música. Naturalmente, todo es cuestión de gustos. Las estridencias satisfacen a muchos jóvenes, que por eso necesitan desviarse de la generación anterior. Pero la sociedad se compone también de viejos, por no decir de personas normales.

El hecho es que, en la vida corriente, la operación de elevar la voz ya no es una manifestación de desagrado o de protesta, no digamos de injuria. Si se habla con un tono más elevado, se intenta demostrar que uno tiene razón. Nos encontramos, pues, ante una extraña valoración del grito como una especie de afirmación de la personalidad. En el fondo, se trata de una regresión infantil, una de tantas. No otra cosa son los pareados que se corean en algunas manifestaciones políticas. No se busca originalidad. Por eso se canta "el pueblo, unido, jamás será vencido".

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