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Amando de Miguel

Los españoles y la electricidad

La hecatombe económica que se avecina a escala mundial tiene mucho que ver con la crisis de la energía eléctrica.

La hecatombe económica que se avecina a escala mundial tiene mucho que ver con la crisis de la energía eléctrica.
La península Ibérica, iluminada por la noche, en una foto de la NASA. | NASA

Si algo distingue a los habitantes de la época contemporánea es el uso continuo de la energía eléctrica para producir luz, calor, frío o movimiento. Los españoles la entendemos, genéricamente, como "luz" porque ese fue su primer uso doméstico. Esa transformación ha sido, cada vez, más eficiente.

A lo largo del último siglo, ha ido decreciendo el coste eléctrico por unidad consumida; solo que se ha incrementado mucho más su uso. De tal modo es así que hoy se ha convertido en un bien escaso. Naturalmente, su precio ha empezado a subir por encima de lo previsto. La prevalencia de la "religión" ecologista ha llevado a minorar o, incluso, descartar la energía nuclear para producir electricidad, que es la forma más barata. Ha sido una decisión muy costosa, desde luego, en España, carente de petróleo o gas y de carbón rentable.

Se dice que la gran ventaja de la energía eléctrica es que contamina mucho menos que la combustión de elementos fósiles: carbón, petróleo, gas. De, ahí, se ha pasado a los sistemas de "energías limpias" (placas solares, ingenios eólicos). Desgraciadamente, estos últimos son, todavía, poco eficientes. Si se añade tal hecho a la política de renegar de la energía nuclear, tenemos el resultado de una formidable crisis energética en nuestros días. Tanto es así que, en España, se llega a avizorar una especie de "racionamiento" de la electricidad, como el de las "restricciones" de los años cuarenta del pasado siglo. El Gobierno amenaza con "topar" (el neologismo para "poner un tope") el precio de la electricidad. Sin embargo, tal propósito es de imposible realización, como se ha visto en el caso del gas. Los sistemas de "racionamiento" (fuera de las situaciones bélicas) suelen producir los efectos indeseados del mercado negro y la consiguiente elevación sistemática de los precios (inflación) hasta límites insoportables. En esta aporía nos encontramos en España y en el resto de Europa. No es solo una consecuencia de la guerra de Ucrania, como se suele decir en los medios oficiales.

La hecatombe económica que se avecina a escala mundial tiene mucho que ver con la crisis de la energía eléctrica. No es fácil resolverla, sobre todo, por el hecho del sistema de oligopolio mundial en la producción de petróleo y gas. La única salida de emergencia sería la aceptación general de la innovación de las centrales nucleares de reducido tamaño y, resueltamente, "limpias". China o los Estados Unidos de América van a empezar a exportarlas de forma masiva. Sin embargo, la ideología prevalente del ecologismo se opone a tal avance. Además, en España, esa misma política es la que impide la prospección de eventuales reservas de petróleo o gas en nuestro territorio o en sus aguas jurisdiccionales.

Cabe una solución provisional para salir de paso: que la población se disponga a ahorrar electricidad. Son pequeños detalles. En un país como España, habría que limitar mucho el aire acondicionado, fuera de situaciones excepcionales, como los hospitales, por ejemplo. Con la mirada puesta en los hogares, se podría minimizar el gasto de ciertos electrodomésticos, como los lavaplatos, o el riego excesivo de jardines. Hay más. Es apabullante la presión a pasar del coche de combustión al coche eléctrico, pero ese proceso encarece los precios y, al final, no evita otras formas de contaminación. Los usos sociales tendrían que acomodarse a soportar las calefacciones con unos grados más austeros. No estaría mal la decisión general de reforzar el viejo sistema de las estufas o las chimeneas de leña. Más sutil sería controlar el derroche de energía que supone el horario nocturno con propósitos de ocio. Empero, los españoles no están por la labor. Se estima que una austeridad de tal tipo acabaría con nuestra primera industria: el turismo y la restauración. Nadie se plantea la opción de que podríamos pasar a otras actividades económicas más rentables. Después de todo, los espacios aptos para el turismo internacional o la gastronomía abundan, potencialmente, en el mundo, sobre todo, por razones de clima y de precios.

El problema, tal como está planteado, se antoja insoluble. Es muy posible que, en diferentes países del mundo, menudeen los estallidos de protesta política por la elevación incontrolable de los precios de la electricidad. Naturalmente, se acompaña del mismo efecto en otros bienes y servicios, de manera más llamativa en el transporte. Se trataría de un retroceso en una tendencia secular, la que produjo la llamada "revolución industrial". Parece un tanto arduo pensar que ha terminado y que se vuelve hacia atrás. No es fácil que la población se haga a la idea de que la energía y los otros bienes básicos van a ser, cada vez, más caros. Pero, de momento, esa es la evolución más probable.

De momento, en un alarde retórico, el presidente del Gobierno ha proclamado que, ante las vacaciones, va a prescindir de la corbata. Con ese gesto, añadió que pretendía cooperar a la resolución de la crisis energética. La imaginación al poder.

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