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Doce Apóstoles (IX)

Pedro Ruiz: "Estamos educados de un modo profundamente sospechoso"

Novena entrega de la serie "Doce Apóstoles". El actor y escritor lamenta que "se nos educa no en el mejor, sino en el más".

Novena entrega de la serie "Doce Apóstoles". El actor y escritor lamenta que "se nos educa no en el mejor, sino en el más".
Pedro Ruiz posa para Libertad Digital sentado al piano. | C.Jordá

Pedro Ruiz (Barcelona, 1947) cita a sus amigos en el Hotel Intercontinental, lugar al que acude con frecuencia desde hace lustros y en el que estuvo viviendo un par de años. Me habla de sus juegos poéticos con el conserje Alfredo García, "un tipo que ha leído más que todos los clientes que aquí se alojan": "Alfredo me dice una palabra y, con ésta, escribo un poema en dos o tres minutos". El actor, escritor, cantante, humorista y presentador –seguro que alguna cosa me dejo– me enseña un taco, bien encuadernado, con versos que se remontan a 2014. Pasa de conjugar los verbos "aburrir(se)" y "detener(se)": "El burro que somos, sin zanahoria delante, se para. Hay que tener muchos planes, aunque no se cumplan. El que no tiene planes, no tiene vida". Conversamos en LD sobre dioses, dictaduras digitales y popularidad. Entre muchas otras cosas, claro.

P: Señor Ruiz, ¿cree en Dios?

R: No. No creo que los humanos seamos tan importantes como para que esa figura tenga sentido. Ya sé que se dice que Dios no juega a los dados y todas esas cosas. Yo creo en la bondad, que no tiene nada que ver con la religión. A partir de ahí, ya veremos.

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Un momento de la entrevista | C.Jordá

P: ¿Cómo debiera ser Dios para que usted creyera?

R: No me lo he planteado nunca. Ya te digo que si la bondad vale de norte, es suficiente. No quiero conocer a ningún dios. Cuando salen más datos del Universo, vemos que es inabarcable, y empezar a pensar y perderse en esas cosas es perder mucha vida. De todos modos, por decir algo positivo, los que tienen fe tienen ventaja: la fe es una cantimplora que te dan para pasar el desierto. A lo mejor no hay agua después, pero durante el desierto hay agua. Yo no tengo fe de esa. Sí tengo fe en los proyectos de la gente buena, en los míos propios, etcétera, partiendo de la base de que considero que somos un animalito pequeñísimo que vive en una canica pequeñísima en un tiempo pequeñísimo. Con lo cual, no sabemos nada: somos un microbio en el pie de un elefante.

P: Tras recibir una bofetada, ¿hay que poner la otra mejilla o devolver el golpe?

R: A ser posible, hay que olvidarla. Creo que el culpable de tu ira no merece tanto éxito. Si no te ha hecho mucho daño y no tienes que operarte de las muelas, me parece que hay que deglutir eso y convertirlo en indiferencia. El combate permanente no me interesa. Estoy en un punto de la vida en el que no quiero tener razón: quiero tener derecho a no tener razón.

P: ¿Los últimos serán los primeros?

R: No sé quiénes son los primeros ni los últimos.

P: ¿Hay que amar al prójimo como a uno mismo?

R: Hay que respetar al prójimo como a uno mismo. Amarlo es demasiado. Respetarlo, sí. Incluso aunque sea una persona que tenga actitudes, digamos, no muy homologadas. El que no sabe perdonar no sabe redimirse, y todos somos susceptibles de torcernos.

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Ruíz, posando para Libertad Digital | C.Jordá

P: ¿El dinero es un dios más fuerte que el amor?

R: El dios dinero representa una cosa que, para mí, es el cáncer del alma: la ambición. La ambición es un cáncer que nos tiene a todos aturullados. Primero, por necesidad, porque existe aquello del primum vivere; segundo, porque, en mi modesta opinión, o en mi molesta opinión, como dice mi amigo Eloy Arenas, se nos educa no en el mejor, sino en el más: hay que ir más deprisa a Barcelona, hay que tener más amigos en la red, hay que tener más camisas. Y más no es felicidad, sino la segura desazón. Por lo tanto, estamos en una canica pequeña, con una naturaleza equivocada, y educados de un modo profundamente sospechoso. Para mí, inútil.

P: ¿La verdad nos hará libres?

R: Cada vez que voy a la COPE, veo un rótulo que dice eso: "La verdad os hará libres". Yo siempre les digo: "Os falta un paréntesis que diga: ‘Pero os dejará muy solos’".

P: ¿Y la cultura?

R: Tengo mi propia definición de "cultura", y la he pensado durante mucho tiempo. Creo que la cultura solamente es una elegante actitud del espíritu. Nada más. No se trata de tener siete carreras o de hablar veinte idiomas. Un campesino ágrafo de Córdoba o de Guadalajara puede ser más culto que un señor con siete carreras. Porque tiene una elegante actitud del espíritu que a mí me parece muchísimo más elegante.

P: ¿Y el sentido del humor?

R: Si el sentido del humor es verdadero, lo primero que hay que hacer es aplicárselo a uno mismo. Si no te ríes de tu sombra, tu sombra se ríe de ti. Y tú eres tan parodiable, criticable o censurable como aquello o aquel del que hablas.

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Pedro Ruíz, con un gesto característico | C.Jordá

P: ¿Qué pecado nunca debiera cometer alguien como Pedro Ruiz?

R: ¿Sabes qué pasa? Que sólo se vive una vez, que sepamos, y me gusta lo mismo escribir poesías que cantar canciones o hacer teatro. No lo hago con propósito de imponerme ni de gustar a todo el mundo: lo hago porque me apetece. Y como después de muerto no podré… ¿Qué pecado nunca debiera cometer? Rendirse. Partiendo de la base de lo que te he dicho antes, que es mi punto actual: yo hago muchas cosas porque me divierto. Seguramente, si naciera otra vez, o si tuviera 200 años por delante, haría muchas cosas más. Cuando me preguntan "¿qué te queda por hacer?", mi respuesta habitual y sincera es "todo": me falta saltar 6,20 metros en pértiga, cantar con Plácido Domingo, saber pintar como Van Gogh… Me faltan muchas cosas. Y, probablemente, si tuviera mucho tiempo, me interesarían muchas más. Por la curiosidad de estar en marcha. Pero lo que no haré nunca es rendirme. Porque la rendición es un suicidio.

P: ¿Es España un país de chiste en el que nos tomamos las cosas demasiado en serio?

R: Yo no distingo España del resto de países del planetita. Al fin y al cabo, el planetita no es más que un tapete de un casino con unas cuadrículas que son negocios, y que se llaman Noruega, España, Taiwán, etcétera. Aquí hay apuestas, como en un casino, y no sé hasta qué punto la tierra condiciona tanto.

P: ¿Cree en sí mismo?

R: Moderadamente. Y si creo en mí mismo no es tanto porque me adoro: yo paso de mí bastante más de lo que se sabe. Precisamente por eso, empiezo a estar muy relajado. Creo porque no tengo otro remedio que vivir en mi piel. Mi piel es mi frontera. En contra de lo que pueda parecer, el 90% de las cosas que he intentado no me han salido bien. Me invento 200 y me salen dos. Entonces, si algo me sale mal, a por otra cosa.

P: ¿Alguna vez dejó de hacerlo?

R: No. Eso lo aprendí de mi madre.

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Un momento de la entrevista | C.Jordá

P: ¿Qué le decía su madre?

R: Que no había que rendirse. La palabra que usaba era "coraje". Coraje para todo. Coraje, coraje y coraje. Me la quedé y la incorporé.

P: ¿Cree en el ser humano?

R: En algunos; en otros, no. El ser humano se ha convertido en un consumidor. El famoso sistema, del que tanto se habla, a través de la dictadura digital, ha convertido a los seres humanos en terminales de su negocio. Todo el mundo que lleva un teléfono en la mano ya es una terminal de Google, de Amazon, de Facebook, de Apple y de todos los demás. Estamos en un punto en el que, en mi opinión, entre el producto y el dinero cada día hay más manos. Por ejemplo, en el teatro: antes, entre el que actuaba y el espectador estaba la taquilla y nada más; ahora ya hay 300 manos: Ticketea, Tocotuco, Atrápalo, Quédatelo… Entonces, al del escenario, lo que le pone el señor de la taquilla ya le llega mermadísimo. Pues lo mismo le pasa al de los apios, al del trigo, al de los cereales y al del pescado. Se han mitificado las importancias laborales de los intermediarios. Se han hecho más importantes que todos. Nos manejan desde cien despachos con moqueta. Pulsas un botón y salen 450 millones de algoritmos sobre ti. Yo creía que la libertad consistía en que no supieran nada de ti, no en que lo supieran todo. Por eso, aunque yo tengo Twitter, me da bastante pena que todo el mundo ande con un teléfono en la mano. Yo llego a un restorán, me piden el código QR y, con el teléfono que tengo, no lo puedo sacar. Entonces, con mucha educación le digo al camarero: "O me traes una carta o me voy". Y él me dice: "Hombre, yo no tengo la culpa". "Ya sé que no tienes la culpa, pero, cuando tú naciste, ¿saliste de la tripa de tu mamá con un 4G en la mano? ¿Es obligatorio tener un teléfono para nacer ya? ¿Qué ley es esta? ¿Quién la ha impuesto?". Y en ese rollo estamos: en hacerte creer que eres más importante siendo más esclavo.

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Ruíz, en un momento de la entrevista | C.Jordá

P: ¿En qué no ha creído nunca?

R: En la brillantez de los que tienen un pergamino, que se hacen llamar nobles, o que vienen de familias importantes. Que, dentro de familias importantes, entre comillas, hay gente que merece la pena. Mi padre era chófer particular y mi madre tenía una tienda de bacalao. Cuando me preguntaban: "¿Tú eres de buena familia?". Yo respondía: "Sí, de la mejor: de la mía". Creo en el mérito. Sobre todo, creo en el mérito. No es que cuente mucho, pero me gusta creer en ello.

P: ¿En qué creyó y, desde un determinado momento, dejó de hacerlo?

R: Los fracasos enseñan mucho más que los éxitos, y hay un momento en el que la popularidad te ciega. La primera cosa que hice y que me dio mucha notoriedad fue Estudio estadio, que ahí sigue. Me gusta mucho el deporte, juego al fútbol con los veteranos del Barça y del Madrid, dependiendo de donde esté, aunque llevo dos años sin jugar con ellos por el tema de la pandemia. Por eso, porque me gusta mucho el fútbol, presenté Estudio estadio: básicamente, en tiempos de Franco, de lo único que se podía hablar mal era del árbitro. Así empecé. Presenté, que no dirigí, durante once meses Estudio estadio. Tuve que dejarlo porque empecé a hacer teatro y a la gente que mandaba entonces en la tele pública, que era del Opus Dei, lo digo como dato, no como crítica, me dijo que no era digno ni moral hacer teatro y televisión a la vez, y dejé el programa en directo una noche. En esos once meses, transcurrió una Navidad. En esa Navidad, a la casa de Barcelona de mis padres, llegaron cestas, cajas de champán, botellas, jamones… no se podía entrar en casa; dejé el programa, y al año siguiente llegó una sola botella de vino, que envió el Espanyol. Esa lección la consideré impagable. Me di cuenta de que la vida funcionaba así. Yo tenía 24 años. Y pensé: "Esto va así en todo". Es el mejor aprendizaje que tuve muy temprano.

P: Y, finalmente, ¿en qué no cree y le gustaría creer?

R: Me gustaría creer en que la condición humana tiene un camino de mejora que no pasa por lo material. Que fuera posible que la ambición no mandara a la inquietud. La inquietud es del alma; la ambición, del bolsillo.

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