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Santiago Navajas

Kevin Spacey como chivo expiatorio: el último caso de hombres acusados, demonizados, cancelados y humillados

Woody Allen, Johnny Depp, Kevin Spacey… mañana puede ser usted, estimado lector, o su hijo o hermano, estimada lectora. Hoy, son culpables los hombres por defecto; mañana puede ser cualquiera.

Woody Allen, Johnny Depp, Kevin Spacey… mañana puede ser usted, estimado lector, o su hijo o hermano, estimada lectora. Hoy, son culpables los hombres por defecto; mañana puede ser cualquiera.
Spacey atiende a los medios después de que ser declarado no culpable | Cordon Press

Ser hombre significa hoy día, en Occidente, estar bajo sospecha. Para ultrafeministas como Irene Montero y su "lugartenienta" Ángela Rodríguez "Pam", todos los hombres son potencialmente violadores porque existe una estructura heteropatriarcal y una "cultura de la violación". Lo que les vale para Irán y para España. El único hombre bueno es el hombre deconstruido. Es decir, el hombre destruido y vuelto a construir según los parámetros de la "nueva masculinidad". En los círculos "progres" se etiqueta de "onvre" de forma despectiva a los hombres que califican de "heterobásicos", aquellos cuyo modelo es más bien Clint Eastwood que Pedro Almodóvar. El director norteamericano da la impresión de ser un tipo "vintage": duro, viril y que llora lo justo (véase Los puentes de Madison), mientras que el cineasta manchego representa al hombre deconstruido: sensible, empático y de llorar fácil. Hay hombres para todos los gustos y los colores, pero las ultrafeministas solo aprueban a los que visten de rosa Barbie.

Kevin Spacey ha sido el último caso de hombres acusados, demonizados, cancelados, humillados y ofendidos por unas denuncias de acoso sexual que en los tribunales han quedado en nada. El penúltimo fue Johnny Depp. El antepenúltimo, Woody Allen. Spacey, homosexual, había sido denunciado por algunos actores jóvenes por supuestamente haberse sobrepasado. Ante la sospecha, la presunción de inocencia nunca se le aplicó. Fue borrado en una película en la que había participado, Todo el dinero del mundo de Ridley Scott (posiblemente su peor película, los dioses se vengaron por su infamia cobarde), y de la serie en Netflix en la que estaba triunfando House of Cards.

Y del cine de Hollywood en general. De repente, era un comunista en la América de Mccarthy, un judío en la Alemania de Hitler, un negacionista de la Santísima Trinidad en la Ginebra de Calvino.

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Dibujo durante el juicio del actor Kevin Spacey

A la salida del juzgado londinense donde se había visto su caso, declaró:

"Me imagino que muchos de ustedes pueden entender que tengo mucho que procesar después de lo que ha pasado hoy, pero me gustaría decir que estoy enormemente agradecido con el jurado por haberse tomado el tiempo de examinar toda la evidencia y todos los hechos cuidadosamente antes de tomar una decisión."

Como en el caso de Depp y Allen, la izquierda justiciera y el feminismo vengativo siguen tratándole como escoria porque, incapaces de cambiar de tesis aunque sea refutada porque son unos sectarios, racionalizan su miseria moral aduciendo que probar delitos sexuales es extremadamente difícil, por lo que no cabe considerar que sea inocente sino solo que tiene buenos abogados. A la sospecha de que algo tiene que haber hecho porque es un "onvre", se suma el clasismo resentido que condena a los ricos por el mejor hecho de serlo.

Sus compañeros le dan la espalda

De fondo, una sociedad en la que se ha erosionado el principio liberal de que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario y que ha entronizado el dogma del feminismo izquierdista, estructuralmente androfóbico desde Simone de Beauvoir y que llegó al paroxismo con la feminista radical Andrea Dworkin que se inventó que la habían violado, de que hay que creer siempre a la presunta víctima cuando en el otro lado de la balanza se encuentra un hombre.

Scott declaró que borró a Spacey porque:

"Me senté, pensé en ello y me di cuenta que no podíamos seguir adelante. No puedes tolerar ningún tipo de comportamiento como ese. Y afectará la película. No podemos permitir que la acción de una persona afecte el buen trabajo de todas estas otras personas. Es así de simple."

Es así de simple dice este felón, el equivalente de los soplones que, para quitarse problemas, traicionaron a amigos y colegas en la caza de brujas macartista desatada en unos paranoicos Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial. Pero ahora Scott y demás miserables que trataron de hundir la carrera de Spacey, como la de Depp y Allen, no tienen siquiera la coartada de la amenaza real del espionaje y la subversión soviética en altas instancias de las instituciones norteamericanas (incluido el Proyecto Manhattan), sino que únicamente piensan en salvar sus piscinas y ganar otro estúpido Oscar. La actriz Michelle Williams apoyó al director, cómo no, y se sumó a la cacería.

"Estoy muy orgullosa de ser parte de esto; todos estamos aquí para Ridley. Cuando surgió la idea de reemplazar a Spacey, inmediatamente comencé a sentirme mejor. Esto no hace nada para aliviar el sufrimiento de las personas que Kevin Spacey les provocó personalmente, pero es nuestro pequeño acto para intentar corregir un error. Y envía un mensaje a los depredadores: ya no puedes salirte con la tuya. Algo se hará."

¿Pedirán perdón?

¿Qué harán ahora Scott, Williams y el resto del elenco? ¿Se arrastrarán hasta los pies de Spacey para pedirle perdón? Ni de broma. Seguirán pensando que son ellos los que tienen razón y se seguirán viendo en el espejo como si fueran personas buenas y decentes. Cualquier cosa antes que admitir que lanzaron a las llamas a un inocente para que su cuenta corriente y su carrera no sufriesen un traspiés.

Traspiés como el que ha sufrido Elizabeth Loftus, psicóloga que ha estudiado como pocos los mecanismos de la memoria y que se ha hecho célebre por mostrar cómo algunas acusaciones se basaban en recuerdos inconscientemente creados por las supuestas víctimas. Todo bien hasta que fue contactada para declarar por parte de los abogados de Harvey Weinstein, lo que condujo a que estudiantes de su universidad lanzaran una carta a la dirección para que la despidiesen, como si alguien como Weinstein no tuviese, a pesar de todo, el derecho a un juicio justo. La turba vociferante y justiciera pretende que uno de los fundamentos del Estado de Derecho, la presunción de inocencia, simplemente desaparezca. Así podrán hacer triunfar lo que en el fondo pretenden: que los que juzguen sean tribunales populares en los que la justicia ya no será una cuestión de aburridos procedimientos formales, sino que la chusma podrá impartir justicia según su leal saber y entender, es decir, sumaria y sanguinariamente. La sororidad, la androfobia y el victimismo se imponen a la verdad, la prudencia y la justicia.

Woody Allen, Johnny Depp, Kevin Spacey… mañana puede ser usted, estimado lector, o su hijo o hermano, estimada lectora. O incluso usted misma, como Loftus. Hoy, son culpables los hombres por defecto; mañana puede ser cualquiera. Porque una vez corroído el principio de la presunción de inocencia nadie va a estar a salvo de una acusación maliciosa por parte de alguien interesado espuriamente en destruir a alguien. Decía Robespierre que cualquiera que no sostuviese la mirada de los ciudadanos, es culpable. Nos quieren acobardados, intimidados, con la mirada baja y sintiéndonos culpables. Envueltos en una espiral de silencio de los que prefieren medrar a defender la verdad o, simplemente, están cagados de miedo. Afortunadamente, como dice Spacey, todavía quedan hombres y mujeres capaces de formar tribunales en los que se toman su tiempo para contrastar las pruebas, ciegos a los gestos amenazantes de los medios y sordos al griterío de la turba. Como en la película interpretada por Henry Fonda, doce jurados sin piedad pero también sin temor, solo con la justicia por delante. Pocos placeres políticos a la altura de ver a la ley vencer a la opinión pública.

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