
Donald Trump cumple 80 años este 14 de junio. En medio de constantes conflictos bélicos y amenazas a la Unión Europea. Por no citar su obsesión con los inmigrantes hispanos, preferentemente los mexicanos. No debe acordarse de cómo sus antepasados llegaron a Estados Unidos, o los casos también de Ivana, su primera esposa, checoslovaca, y la última, Melania, eslovena. Los dictadores no responden igual a las leyes que el resto de los ciudadanos. Respecto a su familia directa, inmigrantes alemanes fueron sus abuelos paternos. Y su propia madre, escocesa. Trump nació en el distrito de Queens el 14 de junio de 1946. Ya de adolescente se le atribuyó un carácter poco dócil, con problemas allí donde cursó sus primeros estudios. Acabó en la Academia Militar de Nueva York, donde supo lo que era la disciplina. Como lo que había aprendido con su padre era ganar dinero lo antes posible, se aplicó en la Escuela de Negocios Económicos, y muy especialmente centró su atención en el sector inmobiliario. El Centro Trump es ese gran edificio de la Gran Manzana símbolo de su poderío, de otros muchos que le pertenecen. Que renunciara a cobrar su sueldo en la Casa Blanca no tiene ninguna relevancia en su economía.
El cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos, en dos ocasiones, vivió su primer gran amor durante quince años, entre 1977 y 1992. Ella se llamaba Ivana Zelnickova, inmigrante checa, que le dio tres hijos: Donald Jr., Ivanka y Eric.
Ivana había estado casada anteriormente con el austriaco Alfred Winklmayr, con quien fue a vivir a Canadá, donde emprendió la carrera de modelo. En 1976 viajó a Nueva York a desfilar con motivo de la promoción de los Juegos Olímpicos de Montreal, cuando ya estaba divorciada. Y en una fiesta quedó frente a frente de Donald Trump, deslumbrado ante su belleza. Pronto "le tiró los tejos", se casaron y ella, muy activa, colaboró en los negocios empresariales de su marido, en la Trump Organization, llegando a presidir el Hotel Plaza. Todo les iba bien, aparentemente, hasta que Ivana descubrió que Donald la había coronado con unos hermosos cuernos. Llegado 1992 se divorciaron no sin pelear ante el tribunal que les cupo en suerte; le apoquinó él lo que el juez dictó en su sentencia y se dijeron adiós. Ella se consoló pronto con un presentador de la televisión italiana: "Prefiero ser niñera a enfermera". Se conoce que la salud de Trump estaba en el aire.
Estando todavía casado con Ivana, Donald Trump comenzó a acostarse con Marla Maples, antigua Miss Georgia, dieciséis años más joven que él. Se veían en la estación invernal de Aspen: él alquilaba dos apartamentos, uno que ocupaba con Ivana y el otro, para Marla. Donald, como si se tratara de un vodevil, entraba, salía, se metía en la cama de la otra, luego con su "propia" y así transcurrieron unas vacaciones a pleno rendimiento sexual. Quedó embarazada Marla y firmaron un acuerdo prematrimonial en 1993, diez años después de que les naciera Tiffany, su hija con nombre de joyería de lujo. Su boda la celebraron por todo lo alto en el Hotel Plaza, que era propiedad del novio y así les resultó el lunch muy barato. Pero Donald siguió con sus andanzas detrás de algunas faldas que llamaran su atención, como experto mujeriego, no sin firmar el divorcio antes de que expirase su contrato prematrimonial, jugarreta gracias a la cuál Trump se ahorró indemnizarla con un pastón, pagándole sólo dos millones de dólares. Propio de un avispado jugador de bolsa.
¿Qué tipo de mujeres prefería Trump? Que tuvieran buenos pechos, como los de Ivana y Marla.
Habían transcurrido ya unos años de amoríos cuando en la década de los 80 quince mujeres nada menos se juntaron, acordando, previamente asesoradas por abogados, acusar a Donald Trump de abusos sexuales: besos, tocamientos no consentidos… Incluso su primera esposa, Ivana, presentó una demanda por violación mientras mantenía su litigio de divorcio en 1989.
Vivía una época de constantes aventuras sexuales, cuando era muy amigo de Jeffrey Epstein, millonario que, acusado de pederastia, acabó supuestamente suicidándose en una cárcel de Estados Unidos Trump, ya siendo presidente, quiso dejar claro que no compartía cuanto sexualmente se había acusado a Epstein. No sería socio de un delincuente sexual como éste, pero sí un mirón, voyeur como dicen en Francia, contemplando por un agujero a las concursantes de Miss Universo, desnudas en un gran camerino, evento que él patrocinaba.
Si alguien, algún atrevido reportero, le preguntaba por esa inacabable fama de acosador sexual, Trump respondía: "Una celebridad como yo está en su derecho de hacer cualquier cosa con las mujeres que me gusten". Lo de llamarlo machista, se queda corto.
Y un día conoció a una despampanante rubia llamada Melania Knauss, natural de Eslovenia, modelo que desfiló en Milán y desde allí en Nueva York, donde en una fiesta Trump "le echó el ojo" y ya no dejó que nadie se acercara a su elegida La boda fue celebrada en Palm Beach, estado de Florida. La novia, bellísima, vestía un modelo de Galliano, de cuatro metros de cola, que tardó en confeccionar ¡mil horas!. Posó para Vogue, ya estando embarazada siete meses, con un breve bikini dorado, y también para otra revista, GQ, totalmente en pelotas.

Tras la boda en 2005 vino al mundo un año después el único hijo de la pareja hasta la fecha, Barron William.
Melania, perfectamente vestida y maquillada, al fin y al cabo siempre se sintió modelo, acompaña a su marido, el presidente, en actos públicos y en viajes. Apenas se la conoce hablando. Tan discreta que nos recuerda a Belinda, la muda de la película con ese título, que interpretó Jane Wyman.
El escandalazo que Trump protagonizó con la actriz porno Stormy Daniels no cabe duda que dañó su larga reputación cuando llegó por primera vez a la presidencia de los Estados Unidos. Un proceso judicial por haber mantenido relaciones con una actriz porno, Stormy Daniels, quien acabó siendo indemnizada con ciento treinta mil dólares, que acordaron los abogados de ambas partes, sufragados por el incansable conquistador. A Trump, parece que le gustaba ir con prostitutas de lujo, que aumentaban su morbo sexual.
Si no nos equivocamos, Donald Trump es abuelo de once nietos y parece que a estas alturas de sus inmediatos ochenta años, sus arrebatos sexuales han remitido considerablemente. Por si acaso, se asegura que él y Melania duermen en habitaciones separadas.
Donald Trump procura llevar una vida sana, no bebe alcohol, no fuma, asegura no haber probado jamás droga alguna. Es de religión presbiteriana, aunque confiesa que no deja de ser cristiano, en tanto Melania es católica.
Cuando el presidente ha sido víctima de dos atentados frustrados, se le atribuye el siguiente comentario: "Dios me ha perdonado la vida por una razón". Se la ha callado


