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¡Reconciliación y cachondeo españoles!

Los poetas exiliados del 27, lejos de reconocer sus culpas y responsabilidades en los desmanes que trajo la Segunda República, miraron para otro lado y se agarraron como un clavo ardiendo al rollo de siempre.

Los poetas exiliados del 27, lejos de reconocer sus culpas y responsabilidades en los desmanes que trajo la Segunda República, miraron para otro lado y se agarraron como un clavo ardiendo al rollo de siempre.
La poesía militante de Rafael Alberti en un mitin en San Blas, un barrio obrero de Madrid, en el año 1977. | Nemo - Wikicommons

Estoy leyendo a algunos poetas españoles del exilio del 39. Tengo la sensación de que son tan buenos poetas como malos ciudadanos. Escriben con tanta suficiencia moral que nos obligan a practicar el noble arte de la sospecha. De la filosofía. Cuesta creerlos. Su "crítica" a la barbarie de la Segunda República y la Guerra Civil es tan abstracta como vacía. No convence a nadie con criterio histórico y decencia moral. Es una actitud impostada. Son escasas, por decir algo, las críticas concretas y fundamentadas que hicieron a la Segunda República. Terminó la Guerra Civil y ellos hicieron ostentación sobre sus convicciones republicanas. Algunos, como es el caso de Rafael Alberti, siguió cantando las bondades del comunismo soviético hasta que regresó a España en 1977 para seguir defendiendo la misma ideología: "Soy comunista porque soy un hombre honrado. La moral es nuestra". La moral, sí, es del PCE, o sea, del PC de la URSS. Nadie pregunte, por lo tanto, qué es la moralidad para Alberti. Lo eligieron diputado por el PCE, en 1977, y siguió cantando las bondades del stalinismo como en la Guerra Civil. Para este hombre no había pasado el tiempo. Fue coherente. Fue un poeta muy agradecido. ¡Qué otra cosa podía hacer hacer alguien que había recibido todos los premios importantes de los comunistas de la URSS!

He ahí al poeta del 27 que en la Transición representó, dicen los listos, los ideales de la reconciliación nacional. ¡Está bien! Alberti siempre estuvo en todos los saraos del 27. Su poética neopopularista no es complicada de entender, aunque nadie ha logrado sintetizar con inteligencia su tauromaquia, su verso cantor de los toros, y el comunismo rampante de un mal "poeta social". No es necesario recurrir a Homero ni a Virgilio para saber que toda su poética está contenida en el ámbito taurino que mamó de Cossío y en el comunismo más soez de la década de los treinta. Olvidó pronto la carta de introducción que le hizo Juan Ramón Jiménez a su primer libro. Pero a lo que iba, independientemente de cómo se explique su poética, Alberti se las apañó estupendamente para estar en todas partes, incluso hasta llegar a ser, reitero, el hombre de la reconciliación. ¡Ver para creer! De esos andurriales venimos. Y por ahí seguimos. ¡Cómo para no prevenirnos de lo que están preparando los politicastros para el año que viene, centenario del 27!…

Los poetas exiliados del 27, dicho en corto y por derecho, lejos de reconocer sus culpas y responsabilidades en los desmanes que trajo la Segunda República, a saber, la guerra civil más salvaje del siglo XX, miraron para otro lado y se agarraron como un clavo ardiendo al rollo de siempre: "La Segunda República fue una feliz Arcadia y vinieron los militares para destruirla". Todos tuvimos culpas, pero, maldito pero, los del otro lado fueron mucho peores… Persistieron en sus errores. Ellos les llamaban convicciones. Ellos habían estado siempre en el lado correcto de la historia. No se cansaban de dar la tabarra sobre las bondades morales de su posición. Esa fue su primera lección "moral", o sea, el ideologema que inocularon a cualquier alfabetizado en las universidades franquistas. Ellos eran los buenos. Y ahí seguimos; por eso, ahora se persigue la memoria de José María Pemán, mientras se ensalza a cualquier bárbaro…

Cuando se atrevieron a criticar algo del período republicano, todo lo que dijeron fueron generalidades para escurrir el bulto, pero apenas condenaron los asesinatos y crueldades cometidas en el bando republicano. A la muerte de Franco, los pocos que quedaban fuera del grupo del 27 regresaron a España y, naturalmente, alabaron con la boca chica la idea de reconciliación nacional. Aceptaron a regañadientes la idea de la "culpa colectiva". Guillén, que ya estaba instalado en 1975 en Málaga, regresó definitivamente en 1977, le dieron el Cervantes en 1976, apostó por una España constitucional. Correcto. Pero a la hora de denunciar el crimen de los republicanos siempre fue tibio. Algunos fueron malos y perversos, pero no tanto como los del otro bando. No me extraña que Francisco Pino, el gran poeta vallisoletano, dijera "estos del 27 nos utilizaron a todos". Fueron un engaño.

Sí, los malos eran los otros, los que habían ganado la guerra. Guillén fue, sin embargo, comedido y juicioso comparado con Alberti, quien todavía en 1988 seguía dando carnets de buenos y malos republicanos. Releo de modo casual un texto de Alberti sobre Luis Cernuda del año 1988 sin cortarse un pelo. Dice Alberti que le dimos —los comunistas— permiso para irse de España porque había cumplido con lo que le mandábamos. ¡Pobre Cernuda! El mismo Cernuda confirma, en 1958, la jefatura comunista de Alberti: "Alguna ocasión se me ofreció para irme de España, pero no sé si, de haberla aprovechado, llegaran a permitírmelo".

Tampoco el "difícil Cernuda", como le llamaba Guillén, fue muy crítico con la Segunda República y la Guerra Civil. En su única "crítica" concreta, porque la de Ocnos es abstracta y deletérea, al devenir de la Segunda República, hecha en 1958, en su ensayo Historial de un libro, a lo más que llega es a reconocer su ingenuidad. Se estaban matando a seres humanos a su lado y él no se enteraba. ¡Cuánta inocencia! Aquí va su relativo descargo de conciencia: "Desnudas frente a frente vi, de una parte, la sempiterna, la inmortal reacción española, viviendo siempre, entre ignorancia, superstición e intolerancia, en una Edad Media suya propia; y, de otra (yo en pleno wishful thinking), las fuerzas de una España joven cuya oportunidad parecía llegada. Luego me sorprendería, no sólo la suerte de salir indemne de aquella matanza, sino la ignorancia completa de ella en que estuve, aunque ocurriera en torno mío" (las cursivas son mías).

"Luego", sí, en 1958, en México el "inocente" Cernuda se dio cuenta de lo poco que se hablaba de José María de Hinojosa. Eso fue todo lo que dijo el autor de La realidad y el deseo del poeta surrealista más grande del grupo del 27: "Hemos hablado poco de él". Cinismo de alcantarilla.

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