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La ermita de San Baudelio: el Pokémon Go de los amantes del arte

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Ermita de San Baudelio
Ermita de San Baudelio | Wikimedia

Tres son las principales formas con las que el arte antiguo cumplía la función para la que fue ideado, la de crear un estado emocional que corroborase los dictados enunciados por la política y la religión.

La primera es el sobrecogimiento. El individuo debía sentirse pequeño, insignificante, culpable, alguien cuya realización personal no importaba porque su única misión vital era redimirse a través del servicio a la causa omnipotente; como ocurre, por ejemplo, con la Capilla Sixtina.

La segunda es el temor. El individuo debía sentir miedo a lo desconocido, a lo oculto y amenazador, y ese sentimiento debía conducirle hacia la obediencia y la sumisión para evitar cualquier mal; como en las pirámides de Egipto.

La tercera es la afectividad, que utiliza el método contrario, que va dirigida al interior del individuo para que el vínculo se cree allí; el individuo debía sentirse ligado a algo que percibía como propio, que lo acogía y protegía, un rey en su reino. Esa forma de persuasión que los modernos hemos rebautizado con el nombre de marketing emocional.

La ermita de San Baudelio en Casillas de Berlanga (Soria), una construcción pequeña y humilde que encierra un tesoro en pinturas e historia, es un ejemplo perfecto de la tercera de las formas, el vínculo por afectividad.

Este aspecto íntimo y recogido de la ermita sirve para lanzar el primer y más importante consejo: conviene visitar cuanto antes la ermita de San Baudelio porque su fama se está extendiendo, y ya hay rutas turísticas de autobuses que paran en ella. No es exagerado pensar que por su reducido tamaño y por el bienestar de las pinturas, en un futuro no muy lejano se restrinjan las visitas o se cobre por ellas. Así que es una buena idea aprovechar ahora que todavía la entrada es libre y gratuita.

Una palmera de piedra para sostenerlos a todos

La ermita de San Baudelio presenta un exterior tan poco llamativo que pasa desapercibida entre la multitud de iglesias y campos de girasoles repartidos por la comarca en la que se asienta. Tiene la apariencia de un sencillo caserón de piedra edificado en un declive, de doble planta cuadrilátera y sin ornamentación alguna. Solo la forma en arco de herradura doblado del vano de entrada puede dar alguna pista sobre lo que espera dentro, pero descifrarla exige una sensibilidad que, de existir, sería digna de ser contada en alguna leyenda.

Esa sencillez exterior es el primer pilar de su atractivo y del vínculo afectivo. Porque la ladera en la que se asienta la ermita es, en realidad, un cementerio de tumbas antropomorfas, y porque lo que esconden sus muros interiores es un auténtico tesoro. Como un juego de espejos, o esos seres humanos extraordinarios que pasan desapercibidos entre la multitud pero son el sustento vital de los que les rodean.

Nada más poner un pie dentro de ella, la sensación sigue siendo parecida. El contraste entre la claridad exterior y la oscuridad interior —el vano de entrada es la mayor fuente de luz del recinto— hace que se tenga la impresión de estar en una estancia algo desvencijada construida de piedra. Cuando las pupilas empiezan a adaptarse comienza la seducción. Ahí está, es lo primero que se ve, la palmera, grandiosa, sosteniéndolo todo, con restos de los dibujos y los colores que la cubrieron, abriendo nuestros ojos. La palmera es el pilar central que sostiene la cubierta, y sus ramas, ocho arcos que parten de ella y forman la bóveda. Escondido dentro de ellos hay un pequeño vano semicircular que representa otra de las incógnitas de San Baudelio, porque no se ha podido averiguar su condición real, si fue una mera solución arquitectónica ideada en honor a la estructura del Santo Sepulcro de Jerusalén o si tenía una utilidad práctica como relicario o camarín.

La palmera actuará como un ungüento para recuperar la visión perdida, y, quizá, para adquirir una nueva, la de la belleza íntima. Al bajar la mirada se ve lo que antes no se había podido: las pinturas, sus historias y colores, acompañadas de zonas mudas en blanco. El estado de conservación hace que sea difícil seguir la narrativa, se adivinan escenas de la vida de Jesucristo mezcladas con otras no trascendentes, como cacerías o estampas de animales exóticos. Un dromedario, San Baudelio, unos bueyes, el viaje de los Reyes Magos, la paloma del Espíritu Santo, los cazadores y sus presas; todos juntos en un relato caótico, como susurros del pasado.

Tiempo más tarde, una vez que se ha vagabundeado por la pequeña estancia descubriendo cada uno de los dibujos, llega otra revelación: la propia arquitectura. Es entonces cuando uno recuerda que está dentro de un recinto que en otros tiempos fue sagrado, y vuelve atrás sobre sus pasos para rehacer el recorrido. Se observa que la estancia que corresponde a la planta más pequeña es el altar mayor, casi idéntico al de la ermita de San Miguel de Gormaz, con una pequeña ventana por la que entra la luz y la representación del Espíritu Santo, solo que aquí la paloma está con la cabeza hacia abajo; a cada lado, los santos Baudelio y Nicolás de Bari. En la estancia más grande, detrás de la palmera aguardan otras dos sorpresas: la tribuna elevada, con una pequeña entrada independiente desde el exterior y sostenida por una serie de columnas que soportan arcos de medio punto irregular formando un soportal interior que esconde la segunda sorpresa, la entrada a una cueva que debió ser, en algún momento de la historia, hogar de ermitaño. En la actualidad está prohibido el acceso a la tribuna, pero no así a la cueva, que se puede explorar sin más restricción que la del espacio.

Es imprescindible hacer fotos de todo, están permitidas siempre que sea sin flash, incluso aunque parezca que no se va a ver nada en ellas por la falta de luz. Después, en casa, sólo hay que añadir a las imágenes algo de brillo, contraste y color, y dejarse llevar por los recuerdos. Y ahí aparecerá: el vínculo afectivo.

Un Pokémon Go para los amantes del arte

Cuando ya parece que la pequeña ermita ha sobrepasado cualquier límite narrativo, aún queda otro que explica el estado actual de sus paredes: las zonas mudas en blanco que acompañan y separan a las pinturas tienen, en realidad, voz y color, solo que muy lejos de San Baudelio.

A principios del SXX, la ermita de San Baudelio pertenecía a varios vecinos de la comarca, se utilizaba para guardar ganado y estaba completamente abandonada. Coincidiendo con el comienzo del cambio en la concepción de conservación de los monumentos, se empezó a hablar de ella, de los tesoros que contenía y de la necesidad de protegerlos; parece ser que en 1917 se clasificó como Monumento Nacional, pero a través de una declaración que nunca llegó a ser efectiva.

Como en una película de exploradores y aventureros, en 1922 apareció por la ermita León Leví, un marchante de arte que propuso a los dueños la compra de las pinturas a cambio de una atractiva suma de dinero. Ellos aceptaron; eran tiempos duros como para andarse con remilgos. Una parte de las pinturas fue arrancada de las paredes y se preparó para el traslado. La noticia llegó a oídos de las autoridades eclesiásticas y políticas, y se intentó revertir la operación denunciándola ante los tribunales españoles. La venta quedó en suspenso hasta que en el año 1925 el Tribunal Supremo determinó la legalidad de la transacción y las pinturas partieron rumbo a su nuevo destino, los Estados Unidos de América. La lírica necesaria en este tramo de la narración la firma el poeta Gerardo Diego, que escribió el poema San Baudelio de Berlanga como un lamento por el tesoro perdido.

En 1957, una parte de las pinturas regresó a España gracias a un canje entre el MET de Nueva York y las autoridades españolas, a cambio del ábside de la iglesia románica de Fuentidueña de Segovia. Pero no se instalaron de nuevo en la ermita, sino que pasaron a exhibirse en el Museo del Prado.

Así que aquí comienza una aventura. Si un amante del arte, de San Baudelio o de los retos quiere ver al completo las pinturas de la ermita tendrá que «cazarlas», como si de un juego de Pokémon Go se tratase, en cuatro paradas, partiendo de San Baudelio, recorriendo caminos, cruzando un océano y cambiando de continente.

La primera parada será, por proximidad, la del Museo del Prado de Madrid; allí esperarán los frescos denominados Cacería del ciervo, Cacería de liebres, Soldado o montero, Elefante, Oso y Cortina.

La segunda, ya en tierras lejanas, será la de The Cloisters Museum, dependiente del MET, en Nueva York; no están expuestos todos los frescos de San Baudelio propiedad del Museo, pero sí El Camello, La curación del ciego y la resurrección de Lázaro y Las tentaciones de Cristo.

La tercera parada estará en Boston, en el Museum of Fine Arts; ese será el lugar donde encontrar La última cena y Las tres Marías ante el sepulcro.

La cuarta y última parada nos llevará al IMA de Indianápolis; allí se podrán ver Las bodas de Caná y La entrada en Jerusalén.

En ese momento, al fin, estarán completos los tesoros de la ermita de San Baudelio, y podrán ser guardados en la memoria propia y en la de la cámara de fotos.

Y ya. Esto será, ahora sí, el final de la historia. De esta historia que empieza como una excursión, sigue con un descubrimiento en Soria y termina con una búsqueda en tierras lejanas; que cuenta que, a veces, dentro de lo que parece pequeño puede esconderse algo grande.

Ana de la Morena, Escritora.

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