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Trazos gruesos sobre Murillo y la literatura

De Manuel Machado, dice Cansinos, que aspiró a interpretar el alma de Sevilla en su Cante Hondo, y que "en ciertas poesías como en su soneto La Sagrada Familia, otro lienzo de Murillo,  acierta a captar la auténtica luz de Murillo y la fórmula de su arte…

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'La cocina de los ángeles', de Murillo | Museo Nacional del Louvre

Adolfo Bioy Casares escribió una breve y curiosa historia sobre lo que se creyó una especie de pescado fuera del agua. En realidad, así se motejó a una extraña visita reconocida como ser de otro planeta que precisaba la humedad. Tal vez porque C.G. Jung había escrito sobre los ovnis en la pintura, apareció Bartolomé Esteban Murillo en su relato como elemento del amor a la Humanidad en cuanto veneración por las grandes obras. Tan lejos había llegado ya la fama del artista sevillano que llegó a un pueblo, suponemos que argentino, de cuyo nombre no podemos acordarnos porque Bioy no lo menciona.

Como en el caso de la gran exposición de El Bosco hace un año, echamos de menos en este IV Centenario de Murillo un trabajo abundoso sobre la presencia del pintor de Inmaculadas – hasta Azaña reconoció el genio de la pintura religiosa cuando España aún no había dejado de ser católica -, tal vez sublimación de su pintura sobre la mujer andaluza que ya subrayó su mejor conocedor, Diego Angulo. Sólo hemos cosechado dos novelas con motivo de esta conmemoración, El color de los ángeles, de Eva Díaz Pérez y El enigma Murillo, de Andrés González Barba, ambos periodistas de Sevilla.

De la primera ya se hablado con precisión en la sección de Cultura de Libertad Digital y la hemos citado en otros artículos murillescos. De La segunda, que se enmarca en el saqueo que el mariscal napoleónico Soult, Nicolás Jean-de-Dieu Soult, duque de Dalmacia -, hizo de sus obras en una "Sevilla afrancesada" e indigna salvo un núcleo liberal patriota, se ha tratado menos. Del robo más importante de Soult, "su Inmaculada" de Murillo, y de esta novela, volveremos a escribir próximamente.

Digamos ahora que su propio autor, Andrés González Barba, resume que el libro, además, contiene elementos preñados de sucesos paranormales e incluso de terror mientras los nada góticos gabachos buscaban ansiosamente una obra maestra desconocida de Murillo, bien poco antes de aquella otra de Frenhofer, inquietante por anticipatoria de un tipo de arte moderno, que fabuló Balzac. [1] Por cierto que el francés destaca a Murillo entre los pintores españoles famosos, de moda en su época.

Referencias breves, no tan breves o alusivas a Murillo en la literatura española hemos encontrado algunas. Haremos un corto repaso de ellas ordenándolas, más que con precisión, con su impresión sobre nuestra sorpresa.. Tomen nota de que incluso Federico Sánchez, el alias comunista de Jorge Semprún, citó a los angelitos de Murillo en su Autobiografía. Es más, dijo sentirse como uno de ellos cuando paseaba hacia un encuentro casual con La Pasionaria. Ja, ja.

De ser ciertos fecha y romance, el primer texto literario sobre Murillo fue El Mulato de Murillo, compuesto en 1656, que fue recogido en el Romancero Español, una colección de romances tradicionales, impulsado (escrito se dice incluso) por una serie de escritores encabezados por Alfredo Boccherini, descendiente del compositor y violoncelista, afincado en España.

En el tomo III de La Biblia en España de G. H. Borrow, que tradujo Azaña, se menciona a Murillo como una pieza esencial de su viaje a Sevilla. La imagen de ese "hombre extraordinario" que más impresionó a este viajero inglés, fíjense, aficionado al boxeo, fue el niño que aparece en El Ángel de la Guarda porque, aunque pequeño, "su andar es el de un conquistador, el de un Dios, el del Creador del Universo, y el globo terrenal parece temblar bajo tanta majestad". Sin embargo, dijo haber visto en la catedral de Palencia cuadros de Murillo que su editor anotó que eran sencillamente imaginarios.

Otro viajero romántico, Richard Ford, cuando se instala brevemente en Exeter (Devonshire) a principios de 1834, llevaba una buena colección de libros españoles y unos cuantos lienzos, algunos de Murillo, que había adquirido en España.

Gustavo Adolfo Bécquer, en la carta novena desde su celda, describe:

Yo he visto, y usted habrá visto también, a la misteriosa luz de la gótica catedral de Sevilla; uno de esos colosales lienzos en que Murillo, el pintor de las santas visiones, ha intentado fijar para pasmo de los hombres un rayo de esa diáfana atmósfera en que nadan los ángeles como en un océano de luminoso vapor; pero allí es necesaria la intensidad de las sombras en un punto del cuadro para dar mayor realce a aquel en que se entreabren las nubes como una explosión de claridad; allí, pasada la primera impresión del momento, se ve el arte luchando con sus limitados recursos para dar idea de lo imposible.


Pedro Antonio de Alarcón en La Alpujarra recalca en que el azul y blanco del cielo y Sierra Nevada casan "la candidez con la limpieza, la inocencia con la claridad, lo inmaculado con lo infinito, lo reciente con lo eterno, lo intacto con lo intacto, que parecíame tener ante los ojos la realidad inefable de cuanto soñó Murillo al vestir de azul y blanco sus Purísimas Concepciones."

Escribió Campoamor, El Tren Expreso, Canto primero, VII

¡La joven, que acostada traslucía,
con su aspecto ideal, su aire sencillo,
y que, más que mujer, me parecía
un ángel de Rafael o de Murillo!

Ya anotamos en un artículo anterior que el capitán Nemo llevaba en su Nautilus una Asunción de Murillo. También fue partícipe del Viaje alrededor de la Luna, bajo la forma de metáfora de vacío gravitatorio ("quedó suspendido en el aire, como el fraile de la Cocina de los Ángeles, de Murillo") lo que da una idea del aprecio que Verne tenía sobre la obra del sevillano.

Gertrudis Gómez de Avellaneda imagina a un Murillo retratista de matrimonios donde ella se dedica sus labores y él a la lectura en un invierno tradicional y cálido. Concepción Arenal, en una crítica al comunismo contenida en La cuestión social precisaba que en un sistema estatalista como ése, "cuando el cupo de mecánicos o de pintores esté lleno, Watt y Murillo ingresarán en el grupo de albañiles o mozos de cuerda." Es decir, un Murillo era improbable en una sociedad comunista.

De interés es la reflexión del republicano onubense Roque Barcias en París que decía que cuando uno tenía dinero, podía comprar un Murillo, pero no pintarlo. Cuenta además la anécdota de una Asunción de Murillo que no gustó a los clientes en un primer momento hasta que el artista colocó el cuadro en su sitio. Maravillados entonces, sufrieron las iras del pintor que no consintió en que su Virgen se quedara allí. "Antes se vea azotado por mano del verdugo Bartolomé Esteban Murillo, que vuelva ese lienzo a pisar los umbrales", remató.

Fernán Caballero pone en boca de unos protestantes la afirmación de que "estos cuadritos, estos mamarrachos prueban que Murillo y su arte son cosas fantásticas é inventadas por los romanceros que inventaron a! Cid, y que nunca han existido en este país de pésimos caminos." Más adelante en sus Cuadros de Costumbres Populares Andaluces, se refiere al cuadro de Murillo con las Santas Justa y Rufina para revindicar la calidad de la cerámica trianera.

El prolífico José Martí se refiere también en algún artículo a los nobles lienzos de Murillo. El modernista Eduardo de Ory, padre del poeta Carlos Eduardo de Ory, culminó una antología de la poesía costarricense en la que incluyó unos versos de Rogelio Sotela, de amor a España, que mencionan a Murillo:

Nidal de los homéricos caudillos
que gestas el prodigio entre tus hombres
y que marcas tus siglos con los nombres
de Velázquez, de Goyas y Murillos.

Pero fue Rubén Darío quién más aludió a Murillo, no siempre por la dulzura de sus pinceles sino por la fuerza de su Moisés o los gruesos músculos de sus querubines sin olvidarse de las "carnes femeninas" del pintor en la Sevilla clásica del toreo. Incluso cuenta cómo un norteamericano mutiló el San Antonio de Murillo en provecho propio y cómo fue recuperado en Boston por el cónsul español. También vio «las más lindas sonrisas del mundo… en esos rostros incomparables de las mujeres españolas, incendiados de miradas prodigiosas, rostros de Concepciones de Murillo y de ángeles de Goya."

En sus Cantos de Vida y Esperanza hace que Cyrano de Bergerac deba algo a Murillo:

¿No es en España, acaso, la sangre vino y fuego?
Al gran gascón saluda y abraza el gran manchego.
¿No se hacen en España los más bellos castillos?
Roxanas encarnaron con rosas los Murillo…

Y culmina pontificando, con muy aguzado criterio, que en la religiosidad de Murillo hay algo de profano, y estoquea, "como en la de Castelar".

Rafael Cansinos Assens relaciona a Murillo, el idealista y platónico pintor, con la luz de Sevilla en su Sevilla en la literatura. Y escribe: "Pero esa luz maravillosa que hace palpitar los inflamados átomos del aire es la luz de Sevilla, la luz de Murillo, recogida y consagrada como en su viril adecuado, en los lienzos de sus Inmaculadas y Asunciones." Es decir, la luz sevillana es como una fatalidad que tiene que reflejarse necesariamente en la pintura. También en la de Velázquez, de cuyas obras cita Las Meninas y Las Hilanderas

Incluso inventa el Murillismo. Según Cansinos:

...el murillismo es la expresión de cómo el espíritu y los sentidos sevillanos interpretan y perciben la Naturaleza, transfigurándola e imprimiéndole el tono de una serena y perdurable apoteosis. El murillismo es el indicio del milagro por virtud del cual la emoción se convierte en belleza en aquel ambiente propio de los empíreos. No es condición exclusiva ni atributo personal de un pintor, sino característica general de una raza de artistas…

Y sigue:

El murillismo es testimonio de la tendencia invencible del alma sevillana a convertirlo todo en belleza, a transfigurar la realidad, confiriéndole virtud angélica…Murillo elegía como modelo de sus Concepciones a mocitas del pueblo sevillano..que convertianse luego, por el ensalmo del artista, hechizado a su vez por el benigno sortilegio del ambiente, en divinas madonas.

No se olvida de los humildes niños de Murillo, que bien podrían ser los "rinconetes" de Cervantes, sobre los que aporta:

Otras veces, complúgose Murillo en copiar del natural tipos de la gula pueril, unos racimos de uvas y una tajada de sandía; aquellos picaruelos son hijos de la calle; nos lo dicen sus harapos, sus caras rubias de intemperie y hasta la voracidad con que festejan el hallazgo de aquellas frutales presas, pero su gracia nos hacen comprender que "son de la misma estirpe que los niños Jesús y los Bautistas.

De Manuel Machado, dice Cansinos, que aspiró a interpretar el alma de Sevilla en su Cante Hondo, y que "en ciertas poesías como en su soneto La Sagrada Familia, otro lienzo de Murillo, acierta a captar la auténtica luz de Murillo y la fórmula de su arte…la sagrada familia de Machado es simplemente una familia de carpinteros, observada por el poeta en la Sevilla actual, como la que Murillo tomó sin duda para modelo de su célebre cuadro; una familia humilde, de la plebe sevillana, vista en sus detalles, pero…" elevado a la categoría de la beatitud.

Puestos a hacer murillismo, incluso llama a Rossini el "Murillo de la música".

Cuando Blasco Ibáñez viaja a Oriente y llega a Hungría relata que en la Academia de Budapest, joya de la patria donde 300 miembros se dedican al "estudio de la historia y la lengua húngaras y al de todas las ciencias, menos la teología" hay un Museo de Pinturas que tiene mil cuadros, "de los cuales unos cincuenta—los mejores;—son de la escuela española, figurando a la cabeza cinco de Murillo".

Durante el viaje de Alfonso XIII a Andalucía que relata José C. Bruna, alias Inocencio Esperanzas, de las primeras cosas que hizo a su llegada a Sevilla fue visitar el convento de los Capuchinos para ver dos cuadros de Murillo. Antes incluso que ir al Museo de Bellas Artes.

Borges, en los Textos Cautivos de 1938, se refirió a un libro sobre pintura española, La peinture en Espagne, de Paul Jamot, que trataba desde Altamira hasta el "seco" Fortuny. Jamot explicaba la pintura de Murillo (y también la de Velázquez, Goya y otros muchos) según la tesis de que España "posee a la vez una invencible vitalidad y un desdén heroico de la muerte; vale decir, en el terreno del arte, una alianza congénita de naturalismo y de misticismo".


[1] La obra "maestra desconocida"

En Cultura

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