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Trazos gruesos sobre Murillo y su influencia en la literatura

Eclipsado por Velázquez y casi olvidado durante un tiempo, el pintor sevillano ha sido admirado, sin embargo, por autores españoles y extranjeros.

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Ni el siglo XVIII ni el Romanticismo fueron muy murillistas. Breves menciones en Meléndez Valdés, en Moratín. Jovellanos, que ya advirtió la existencia de dos Murillos diferentes, dijo en su Elogio de las Bellas Artes: "¿Cómo no hablaré de Murillo, del suave y delicado Murillo, cuyo diestro pincel comunicaba al lienzo todos los encantos de la hermosura y de la gracia? ¡Gran Murillo! yo he creído en tus obras los milagros del arte y del ingenio; yo he visto en ellas pintados la atmósfera, los átomos, el aire, el polvo, el movimiento de las aguas y hasta el trémulo resplandor de la luz de la mañana".

Tampoco está muy presente en Bécquer – raro porque su hermano era pintor -, como en Espronceda:

Formas aéreas que copió en el cielo
la mente de Murillo y Rafael
virgen divina, celestial consuelo
que trasladó a la tierra su pincel

En Larra… Eso sí, el duque de Rivas presidió la Comisión Permanente de la Sociedad Sevillana de Emulación y Fomento en Madrid, al constituirse la Comisión Central del Monumento a Murillo en 22 de Mayo de 1855.

Precisamente, esa Comisión dio paso a una Corona Poética dedicada al pintor sevillano en la que participaron, entre otros, el amigo de la infancia de Gustavo Adolfo Bécquer, Narciso Campillo; Adolfo de Castro, Ángel Lasso de la Vega, Demetrio de los Ríos e incluso el francés Antoine de Latour.

Sin embargo, en Francia, Alejandro Dumas lo menciona con respeto en El Conde de Montecristo:

—Caballero —le dijo Montecristo sonriendo—, a vos que sois amante de cuadros y que tenéis obras tan valiosas, no os recomiendo los míos. Sin embargo, aquí tenéis dos Hobbema, un Paul Potter, un Mengs, dos Gerardo Dou, un Rafael, un Van-Dyk, un Zurbarán y dos o tres Murillos dignos de seros presentados.

A finales del siglo XIX, desde los viajes de los románticos europeos, muy especialmente Teòphile Gautier y Richard Ford, y con el desarrollo del modernismo, del que ya hemos dicho algo en un artículo anterior, hay quienes comienzan a tenerlo de nuevo en cuenta si bien por debajo de Velázquez. Primero, daremos algunos plumazos sobre su presencia en la literatura y luego nos centraremos en cómo interpretaron a Murillo dos personajes situados en las antípodas ideológicas de la España del siglo XX, José Bergamín y Ernesto Giménez Caballero.

Murillo, cómo no, es mencionado por Valera, por Estébanez Calderón, por Mesonero Romanos, como antes lo había sido por Blanco White. La Pardo Bazán describió a su Beatita como alguien a quien "su rostro angelical no desmentía las cualidades del alma: parecíase a una Virgen de Murillo, de las que respiran honestidad y pureza (porque algunas, como la morena 'de la servilleta', llamada Refitolera, sólo respiran juventud y vigor)".

Galdós se refirió a Murillo en varios de sus Episodios Nacionales, sin mucho entusiasmo. En Los Cien Mil hijos de san Luis exclama: "¡Sevilla! ¡De qué manera tan grata hería mi imaginación este nombre! ¡Qué idealismo tan placentero despertaba en mí! No creo que nadie haya entrado en aquel pueblo con indiferencia, y desde luego aseguro que el que entre en Sevilla como si entrara en Pinto es un bruto. ¡El Burlador, D. Pedro el Cruel, Murillo! Bastan estas tres figuras para poblar el inmenso recinto que es en todas sus partes teatro de la novela y el drama, lienzo y marco de la pintura. ¡Y hasta las pinturas sagradas son allí voluptuosas!"

En Trafalgar, se anima: "Era una mujer hermosa en la vejez, como la Santa Ana de Murillo; y su belleza respetable habría sido perfecta, y la comparación con la madre de la Virgen exacta, si mi ama hubiera sido muda como una pintura." Vaya.

Menos conocido es que el príncipe anarquista, Pedro Kropotkin, en el libro que más influyó en los trabajadores españoles del siglo XIX, La conquista del pan, menciona a Murillo, al que acomoda con Rafael, y lo compadece por pasar del misterio y la grandeza de las iglesias y la fe de las muchedumbres a estar colgados en museos sin identidad. Antes que él, lo destacó la socialista utópica, Flora Tristán.

Por cierto, Herzen cuenta que Bakunin, convertido en comandante militar en Dresde y siendo ex oficial de artillería, enseñó arte militar a profesores, músicos, farmacéuticos...y les aconsejó que pusieran la Madonna de Rafael y los cuadros de Murillo en las murallas de la ciudad para utilizarlos como escudo contra los prusianos, de quienes decía que eran de formación demasiado clásica para atreverse a disparar contra ellos.

Joaquín Costa defendió la pintura netamente española del influjo del clasicismo francés y dijo: "…cuando el arte se arrastraba en España enteco y enfermizo, víctima del gusto galo-griego del francés David y su escuela clasicista, postrado el genio nacional y dados al olvido sus grandes maestros, Velázquez, Zurbarán, Ribera y Murillo, Aragón representó la protesta y el renacimiento con el áspero pincel de Goya, que ahuyentó (…) los convencionalismos y amaneramientos de sus coetáneos…".

En su libro sobre el peregrino Antonio Azorín, nuestro Azorín Martínez Ruiz contaba que había sido invitado a participar en el certamen sobre Murillo que conmemoraba el aniversario de su muerte en la Sevilla de 1882. Mauricio Bacarisse, poco después, retrataba a los ángeles de Murillo: "Los artistas, los que han dormido con ensueños en el sur de España, han creado un tipo de ángel robusto, ojinegro, bellísimo, mollar. Murillo convirtió a ese ángel, el ángel de la gracia andaluza, del salero, de la salud y del donaire, en educanda de colegio de monjas", instalado en la tesis tradicional contrarreformista.

SagradaFamiliaMurillo.jpg

Oliverio Girondo se preguntaba y respondía:

¿Las Vírgenes de Murillo? Como vírgenes, demasiado mujeres. Como mujeres, demasiado vírgenes. Qué obsesión sobre Murillo, el sexo y… ella. Todo derivado del error de creer a las Inmaculadas liberadas del sexo cuando lo fueron meramente del pecado original, al menos, en los orígenes doctrinales que luego todo se mezcló.

Max Aub cuenta las ganas de vomitar que le entraban cuando se iba al Museo del Prado a finales de 1936 y se encontraba la galería principal desnuda. "En las paredes resaltaban las formas de los cuadros descolgados, rectángulos ligeramente más claros que los ocres y los verdes, como si fuesen ventanas cegadas, o nichos, enormes enterramientos. Cuartero repasaba mentalmente los emplazamientos... Aquí ¿qué había? Sí, El Murillo del sueño...". Sería el de San José. Quedaban algunos otros lienzos, pero sólo recordaba el de Murillo.

Manuel Chaves Nogales cuenta en su viaje por Europa en avión que una chica fea, desgarbada, mal vestida, con unas gafas de concha y una capotita imposible, se le acercó para venderle el boletín de L’Armée au Salut. En la primera plana de este boletín había una reproducción de unos angelitos de Murillo y debajo, en grandes titulares, una cita de San Pablo: «Que sólo aquello que sea puro sea el objeto de vuestros pensamientos».

Manuel Machado trataba de imitar la pintura de Murillo en la escritura de sus versos:

Sentía y pintaba este hombre tan humanamente las cosas divinas, que para trasladar yo al verso la poesía de su obra he tenido que valerme de un artificio de inversión: algo así como volver el lienzo del revés para mirarlo al trasluz Y, así como él humaniza lo divino, trato yo de divinizar lo humano…Y todo envuelto en la luz de Sevilla, que es la luz de sus Glorias.

Por poner algunos ejemplos divertidos, incluso la joven formal de Simone de Beauvoir tenía una imagen de la Asunción de Murillo en la cabecera de la cama. Jardiel Poncela escribió que Murillo mojaba sus pinceles en merengues de diferentes colores e incluso, fíjense, los humoristas Faemino y Cansado lo traen a colación en un diálogo sobre La Rendición de Breda:

F.: —Entonces llega Murillo… «¿Qué haces, Velázquez? ¿Tocándote los huevos?».

C.: —«No, estoy viendo qué pienso; el rey me ha pedido que le pinte una cosa, La rendición de Breda, y no se me ocurre nada…».

Finalicemos esta primera parte con algunos otros ejemplos sin tener más remedio que dejar fuera muchos otros. Albert Boadella estrenó el 10 de septiembre de 1999 en el Teatro Jardí de Figueras (Gerona) su obra titulada Daaalí, que en su cuadro octavo se titula Gala; La Virgen inmaculada de Murillo. Y háganse una idea: "GALA en medio de los cuernos parece una virgen ingrávida que pisa la cabeza de Satán. DALÍ le retoca, con el pincel pequeño, las manos, y con el largo, la cara… Realiza tres movimientos en el aire en dirección a la tela negra. En los dos primeros movimientos hace aparecer en los extremos derecho e izquierdo de la tela negra a dos angelitos de Murillo, iluminados como estrellas. Y en el tercero, para dar profundidad a su pintura, DALÍ se arrodilla, y con fuerza, hace aparecer, como fondo, una pintura suya."

El flamenco llega hasta la subasta de cuadros. Hay un tanguillo que cantaba Pericón de Cádiz sobre el tema. Subasta de cuadros antiguos se llamaba y decía:

Les presento aquí tres cuadros
de Zurbarán y del gran Murillo
que valen treinta mil duros
a precio de baratillo
y para venderlos pronto
los voy a dar por la mitad.

Isabel Allende no escapa a esta influencia y proclama: "Físicamente mi hija engaña a cualquiera, parece una virgen de Murillo, grácil, dulce, de pelo largo y ojos lánguidos. Nadie imaginaría que es experta en sexología." Ya ven.

Basten estos perfiles para confirmar la necesidad de un amplio estudio sobre la figura y la obra de Murillo en la literatura.

Bergamín y Giménez Caballero: Murillo en las antípodas

El comunista católico y sectario, José Bergamín, era capaz de muchas cosas. Se cita frecuentemente que llamaba cerdito con nostalgia de jabalí a Dámaso Alonso. Se recuerda menos que escribió: "Dime cómo matas y te diré el modo de vida que prefieres. El aparato que ejecuta mortalmente una razón de Estado simboliza, siniestro, el modo de vida social que la ley de ese Estado prefiere y protege tan racionalmente. La Iglesia condenaba a morir en las llamas." Y se fijó en Murillo.

El introductor del fascismo en España, Ernesto Giménez Caballero, es autor de la Carta a un compañero sobre la joven España, donde dijo: "El resultado fueron nuestros fascistas, que se llamaron exactamente; comuneros. ¡Los comuneros, sí; ¡los seguidores de reyes españoles auténticos, de reyes naturales, los que dieron su cuello por defender la entrada de alemanes, franceses y holandeses! Por defender a España de eso que, bajo el nombre de luteranismo, reforma, enciclopedismo, liberalismo, democracia, socialismo –en suma– nordismo, iba a sepultar para siglos en la decadencia y la abyección, a la comunísima y universalísima y catolicísima España, hacedora de la primera nación de Europa…" Y también reparó en Murillo.

Bergamín decía que se iba al Museo del Prado no a ver pintura sino a ver visiones. Un cuadro no es una apariencia sino una aparición. Y en las apariciones se cree porque nos recrean. Aunque no incluye a Murillo entre los cuatro jinetes del apocalipsis pictórico (Tiziano, Velázquez, Greco, Goya), se centra luego en una contemplación de los "lienzos pasmosos" de Murillo.

Comparaba a Murillo con Lope porque tras pintura y poesía latía lo vivo. "A Murillo pintando se le ha solido comparar por eso, muy certeramente a mi juicio, con Lope en líricas y dramáticas figuraciones maravillosas...". No por sentimientos, emociones religiosidades o estilos, que todo eso es "tangencial" a sus artes sino porque entran en el misterio vivo. Pero el arte no es vida, se dice, y se responde que sí, que es vida. Lo que no es biología. Es en ambas artes "misteriosa, milagrosa encarnación natural y, naturalmente, sobrenatural de lo vivo", y pone como ejemplo El sueño del patricio.

Es más, llega tan lejos Bergamín, que hace transcurrir su reflexión bajo la forma de un diálogo, que enlaza a Murillo con santa Teresa de Ávila: "Antes hemos repetido la relación: Murillo-Lope. Habría que añadir otra: la del genial pintor sevillano con santa Teresa, con la prosa (el lenguaje hablado) de la santa de Ávila." Profetiza después que Murillo volverá a estar entre los grandes de la pintura. "¡Y ya era tiempo!" exclama.

No es todo. Bergamín sitúa a Murillo por encima de otros grandes pintores. "Murillo parece decirnos algo muy distinto de lo que nos dice la poderosa visión pictórica de los otros grandes como él. Nos parecería que en Murillo cambia todo el lenguaje pictórico de su tiempo porque cambia en él (en sus lienzos, digo) el ritmo vivo de ese tiempo. Ha cambiado, diríamos, en su pintura el estremecimiento de su encarnación misteriosa de la vida; el pulso de su sangre generadora. Es como un cambio a flor de piel: o sea de encarnadura, de vivísima encarnación pictórica."

Ya anticipamos en un artículo anterior que Bergamín identificaba esencialmente todas las artes, de la literatura al toreo, con la apropiación de lo vivo, de la vida misma: "Llegando a ese nivel, 'alto y profundo', de las artes de la belleza, no hay en la del toreo como no la hay en las otras de la poesía, la música, la pintura... ni un más ni menos, ni un mejor ni peor. No la hay entre artistas a ese nivel (Velázquez, Murillo, el Greco, Goya... como Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo, Gracián, Calderón...) si sólo de españoles hablamos. No la hay entre toreros como Fuentes, los Gallos Rafael y José, Belmonte, Gaona, Cagancho, Pepe Luis Vázquez, Bienvenida, Ordóñez, Curro Romero y Rafael de Paula... ".

Resumamos con una frase la visión de este comunista católico sobe Murillo: "Se diría que esta pintura misteriosa, milagrosa de Murillo pone en carne viva hasta el alma."

Ernesto Giménez Caballero, en las antípodas ideológicas de Bergamín, en sus Retratos españoles (Bastante parecidos), que prologó Pere Gimferrer, enlazó a Murillo con don Juan Tenorio en el barrio sevillano de Santa Cruz donde el tiempo, repitió, parecía haberse detenido hace mucho. Es más, convirtió a Murillo en cómplice de una operación espiritual por la que don Juan devolvía simbólicamente la virginidad a todas sus víctimas.

No tiene duda alguna de que Miguel de Mañara, compadre y cliente de Murillo, era el auténtico don Juan histórico y escribe: "Y sin embargo quizá no esté lejos la «vuelta a la virginidad» que inició el propio Don Juan cuando hastiado de vencer virginidades y rechazar cortesanas —una vez demolida la Capilla de San José y construido el Hospital de la Caridad— ordenó a su amigo y confidente el pintor Murillo, cofrade desde 1605 en la colación de San Bartolomé, la decoración del nuevo templo. ¿Con qué? Con la figuración de una mujer: divinamente pura. Purísima: la Inmaculada Concepción. ¡Don Juan, que había derrocado el culto de la virginidad, creó el de la Inmaculada!".

InmaculadaConcepcionMurillo.jpg

Precisamente por eso, Murillo, desde el siglo XVIII fue desconsiderado y preterido ante el Descartes de la pintura, su amigo Velázquez. La fama de Murillo se había detenido en el setecientos cuando, precisamente, se desató la batalla entre racionalidad y religión en plena retracción de España, como escribió Marías. "Frente a este Velázquez anglófilo y cartesiano, Murillo quedaba como un jesuítico contrarreformista. Murillo, el exaltador de la Purísima. Murillo, el divinizador del "himen", el "virgo" intacto. Para un "himeneo" garantizado: un matrimonio perfecto: con hijos —de padre conocido—. Y, por tanto, creador de "patria", de tierra con "paternidades fundacionales", insistió Giménez Caballero. Nada menos.

Por cierto, que Giménez Caballero parecía reincidir en el error teológico que Unamuno y otros recordaron a Ganivet. La Inmaculada Concepción hace referencia al pecado original no a la concepción virginal de Jesús. El granadino se revolvía replicando que si se preguntaba a cada uno de los españoles se demostraría que la Purísima era la virgen ideal y viva que simbolizan las Concepciones de Murillo frente a los dogmas inmutables.(1)

Hay unos versos premonitorios de otro sevillano del siglo anterior al pintor, Miguel Cid, sobre la falta de culpa en la Virgen María:

La culpa y gracia en carrera
corrieron ambas a dos;
fue la gracia más ligera,
y entróse dentro de vos
y la culpa quedó fuera;

Creía Eugenio D´Ors, fervoroso de la angelología, que había dos Murillos, aunque quizá haya más. El de Múnich, el de Sevilla, el del cielo , el de la tierra, el de las Inmaculadas y el de las mujeres de la calle, el de los angelotes y el de los niños pobres, que no callejeros, como precisa Xavier F. Salomon en la revista Ars, nº 38, 2018, dedicada a Murillo, el de la devoción y el del juego, el de la tradición y el de la innovación, el católico y el amado por los protestantes…

También habrá un Murillo liberal, tal vez, en esa España liberal que desea José María Marco (2) en la no sea necesario avergonzarse de la España real y nos atrevamos sin complejos a reconocernos "en un santo de los pintados por El Greco, en un ilustrado de los retratados por Goya, en un soñador de los de Murillo. Y para qué hablar de la mirada de los personajes de Velázquez que nos desafía a ser hombres..." Pero ese Murillo aún no está bosquejado.


(1) Lo trae a colación José Luis Abellán en una nota de su Historia del Pensamiento Español, V-2

(2) La libertad traicionada. Siete ensayos españoles

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