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Agapito Maestre

A vueltas con España: Pintores de España

Punto y final a la serie 'A vueltas con España', en la que mi principal intención no ha sido otra que escribir sobre la nación española como un “organismo” vivo y con sensibilidad.

Agapito Maestre
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Punto y final a la serie 'A vueltas con España', en la que mi principal intención no ha sido otra que escribir sobre la nación española como un “organismo” vivo y con sensibilidad.
'La Gran Vía' de Antonio López | Museo Thyssen

Si alguien me pidiera un final, una conclusión o algo parecido a una "enseñanza" inamovible para estas meditaciones sobre la crisis de la nación española, tituladas A vueltas con España, le diría que no la tengo, entre otras razones, porque unas meditaciones, como un libro, nunca se terminan. Siempre quedan abiertas. Soy realista: una serie de ensayos, que quizá se recoja en un libro, como el cuadro, no tiene fin. Sigo el consejo del pintor Antonio López: "Si ya has metido en él lo suficiente, no todo, pero lo suficiente, aún se podría seguir, pero surgen dificultades, cansancios, compromisos que cumplir, deseos de empezar nuevas obras, y el cuadro queda detenido en ese momento, pero nunca terminado". También a estas A vueltas con España casi le ha llegado la hora de su suspensión. Mis afectos, preocupaciones y desasosiegos sobre la nación española están razonablemente expuestos en las entregas anteriores. Aquí podría poner el punto final.

Pero intuyo que me queda algo por decir. Quiero expresar todavía algo más, aunque no para concluir sino para empezar una nueva andadura intelectual. Tengo ganas, sí, de seguir diciendo "cosas", pero no sé exactamente cuáles. Mientras me llega la "inspiración", quizá emborronando papeles y recopilando materiales para otras meditaciones y ensayos, permítanme que les recuerde, por si alguien aún no se había percatado del asunto, que mi principal intención en esta sección A vueltas con España no ha sido otra que escribir sobre la nación española como un "organismo" vivo y con sensibilidad. Acaso por eso he hecho comparecer en estas páginas a distintos autores con visiones muy diversas sobre España, e incluso los he enfrentado entre ellos. Tiendo a creer que esa discusión pudiera tener alguna utilidad para las nuevas generaciones de españoles.

He tratado de dialogar con unos cuantos sabios para que nos mostrarán sus leyes, sus juicios e incluso sus prejuicios a la hora de hablar de España como nación. He visto España, sin duda alguna, con otros ojos, e incluso con la razón y el corazón que estos autores ya habían previsto; creo haber sentido, a pesar de mi pose de intelectual crítico y distanciado de lo real, todo aquello que esos escritores y filósofos ya habían presentido. Por lo tanto, no tengo reparo alguno en reconocer que estas meditaciones están repletas de ideas y sentimientos, previsiones y prejuicios, presentimientos y profecías, en fin, algunas ideas y muchos sentimientos encontrados o enfrentados, ajenos a veces a la idiosincrasia y principios políticos del autor, pero he preferido caer en la contradicción que en la coherencia forzada por la ideología, es decir, la mentira de una España inexistente.

Me he tomado en serio que "España es varia". Tan varia como las formas de plasmar esa singularidad. Y es que lo real acaba vengándose de quien lo niega. Que a veces no haya explicaciones sobre lo real, por más misterioso que se nos presente, no puede llevarnos a su negación. España, sí, es una geografía, una naturaleza, un paisaje y también mil "logos" e imágenes. Nadie mejor que los pintores y los artistas de España para captar y transmitir esa variedad. El arte siempre se lo ha puesto difícil a los separatistas. No podrán ni con Antonio López ni con Cruz Novillo por poner solo dos ejemplos de pintores vivos, dos artistas españoles y contemporáneos. Los diseños del segundo sobre las instituciones públicas y privadas de España son tan excelsos como los cuadros del primero sobre España, es decir, sobre cualquier calle o rincón de nuestras ciudades y campos. El cuadro de La Gran Vía, o el retrato de la Familia Real, de Antonio López, representan tanto a España como el cartel de cine de La escopeta Nacional, o el escudo de la Policía Nacional, de Cruz Novillo. Ahí está España.

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Intercesión de Santa Teresa de Jesús, Josep Maria Sert

España siempre ha estado en sus pintores. También estuvo España en 1937 en la Exposición Universal de Paris. En el pabellón de la República había un cuadro de Picasso. En el pabellón del Vaticano un retablo acogía un extraordinario lienzo de José María Sert, seguramente, el más grandioso muralista europeo del siglo XX. El Guernica, mundialmente famoso, y la Intercesión de Santa Teresa de Jesús, conocido sólo por los amantes de la buena pintura, están ahora alojados en el mismo museo, pero en el año 37 estaban separados. Estaban en Guerra Civil. Sin duda, representaban dos formas de concebir España, pero ninguno de los dos cuestionó la nación. De hecho luchaban por la supervivencia de España. Por fortuna, esas dos visiones de España están hoy juntas en el Museo Reina Sofia.

Sin embargo, creo que los prejuicios ideológicos por la colaboración de Sert con los del bando nacional no sólo han impedido valorar y reconocer la obra de uno de los más grandes artistas del siglo XX, sino que han aumentado en los últimos años alimentados por el "odio a lo español" que han generado leyes y políticas particularistas contra la Unidad nacional. Sospecho que algo parecido ha sucedido con otros dos grandes pintores de su generación: Ignacio Zuloaga y José Gutierrez Solana. Mas allá de las diferentes imágenes de España que nos ofrecen estos tres pintores, merece la pena que los recordemos, porque la "politización" a la que fueron sometidos, primero, en el franquismo y, después, por la dictadura del "arte políticamente correcto del socialismo", los han arrinconado en el baúl del olvido.

Los tres murieron en el año 1945 y los tres representaron en junio 1938 a España en la Bienal de Venecia. Fue la respuesta pictórica del bando nacional, en plena guerra civil, a la Exposición de París del año anterior. Dos exposiciones comisariadas, curiosamente, por dos filósofos. La de París, por José Gaos; y la de Venecia, por Eugenio d´Ors. Mientras que el segundo estaba en plena madurez intelectual, el primero apenas se había iniciado en la fenomenología por consejo de Manuel García Morente y Ortega, aunque luego construyó una extensa obra filosófica en México. ¿Cuál de los dos comisarios actuaba movido antes por voluntad de verdad que de servicio? No sabría decirlo. Pero sí sé que Gaos llegó incluso a despreciar a quien, en esa época, era uno de los artistas más reconocidos y cotizados de Europa y América, José María Sert, tío de Josep Lluís Sert, uno de los arquitectos encargado de la construcción del Pabellón de la República.

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José María Sert

José María Sert fue "ninguneado" por Gaos, sencillamente, porque no estaba con la República en la Exposición de de París. Estaba con la otra España, que por carecer de pabellón, expuso uno de sus cuadros en el reservado al Vaticano. "El sábado por la tarde", escribe Gaos en una carta que dirige al embajador Ángel Ossorio, fechada el 10 de agosto de 1937,

"visité el pabellón del Vaticano. Hay una capilla española constituida por un retablo con una gran pintura de Sert -el gran decorador, tío de nuestro arquitecto- cuyo título es, según la Guía del Pabellón, ´Santa Teresa presenta a N. Sr. Jesucristo los mártires españoles del año 36`. Estos mártires son en primer término unos personajes mitrados… A ambos lados del trono que se alza en el fondo de la iglesia, detrás del altar mayor, hay sendos conjuntos de banderas. Visible, no está ni la bandera republicana, ni la monárquica. Sin embargo, ésta pudiera ser una que en un extremo muestra por debajo de otras un amarillo y un encarnado" [1].

"Decorador", sí, le llamó Gaos a uno de los grandes de la pintura de finales del siglo XIX y XX. Disculpemos al Comisario de la República, porque hablaba en plena Guerra Civil y todavía había que dar grandes batallas… La guerra se libraba tanto en los campos de batalla como en los ámbitos del arte y de la propaganda. Y si el Comisario Gaos pagó a Picasso 50.000 Frs., solo como adelanto de lo que luego pagaría el Gobierno, para asegurarse su participación en el Pabellón de la República, por qué se iba a privar de hacer un juicio despectivo sobre José María Sert. En efecto, Gaos, junto a otros miembros del Gobierno de la República, convinieron

"que era forzoso para asegurar la colaboración de Picasso hacerle un anticipo, de cierta consideración, que han sido los 50.000 Frs. que figuran en el detalle de los gastos hechos hasta el 21 de mayo" [2].

Pero, en mi opinión, que el gobierno de la República pagará o dejará de pagar a Picasso porque comenzase a pintar el Guernica es un asunto menos trascendente, vistas las cosas desde hoy, que el desprecio mostrado por Gaos ante un extraordinario artista, alguien que al comenzar la guerra civil le habían destruido una de sus grandes obras, las pintura murales de la catedral de Vic. Eso no importaba para Gaos. Lo decisivo era llamarle "decorador" porque estaba en el otro bando. Esas técnicas de desprestigio han entrado de forma directa en la llamada "crítica" políticamente correcta. Acaso por eso, por una falsa "crítica" que se fija antes en la ideología que en el arte, es conveniente que "le pasemos a la historia el cepillo a contrapelo", como diría Walter Benjamin, para que nos diga, de verdad, quiénes son esos grandes olvidados, que tratan de ser arrinconados por prejuicios ideológicos.

Creo que esos prejuicios contra Sert, Zuloaga y Solana son los mismos o similares que operan, hoy en día, para seguir desprestigiando, ocultando y vilipendiando a uno de los grandes, por no decir el más grande, Artistas españoles del siglo XX: Salvador Dalí. Pero de todo esto seguiremos hablando en una próxima cita.


[1]GAOS, J.: Obras completas, XIX UNAM, México, 1999, págs. 202 y 203.

[2] Ibídem, pág. 186. Carta de José Gaos, El Comisario General del Gobierno español, Juan Negrín, Presidente del Consejo de Ministros, en París, el 3 de junio de 1937.

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