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Nuria Richart

Marina Abramović, Premio Princesa de Asturias de las Artes. Cuando la crítica renuncia al criterio

La artista serbia fue caricaturizada en la película 'La Gran Belleza' de Sorrentino. La crítica y el público la veneran, a pesar de la mentira que se oculta tras su acción más vista: 20 millones de personas.

Nuria Richart
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Gran parte del arte contemporáneo es subjetivo y por eso no hay nada que valorar. En Velázquez o Balthus, por ejemplo, por irnos al otro extremo, está la obra. El concepto de Hamparte lo creó el profesor y youtuber Antonio García Villarán que tituló su primer libro El arte de no tener talento, y sí echarle bastante morro, añadiría yo. Un arte a medida de la era de los emoticonos y el ego, capitaneado por una banda de progres maleantes dispuestos a cometer todo tipo de delitos artísticos. Gracias a Villarán conocí que un tal Joseph Beuys tiene un ensayo titulado Cada hombre, un artista o dicho de otra forma, el artista decide lo que es arte. Y, ¿qué es arte? Oferta y demanda. ¿Qué es arte? Todo lo que cuelgue, se instale o se actúe dentro de un espacio llamado museo. Todos contentos.

Dijo en una ocasión Marina Abramović (Belgrado, 1946), Premio Princesa de Asturias de las Artes 2021, "yo no soy un terapeuta ni soy un líder espiritual, pero estos elementos se encuentran en el arte: es terapéutico, espiritual, social y político, todo. Tiene muchas capas. Si no lo hace, entonces olvídalo". El arte es lo que diga que es Abramović. En su Manifiesto de la vida de un artista, que leyó con toda su mismidad en una sala entregada a la gurú, marcó las líneas rojas del artista: no robarás, no mentirás o no harás concesiones al mercado del arte. Esta otra es para partirse: un artista no debe hacer de sí mismo un ídolo. La incoherencia hecha Premio Princesa de Asturias.

Veinte millones de personas vieron la puesta en escena que hizo en el MoMa de Nueva York en 2010. Se sentó en una silla durante 750 horas, casi tres meses, y sostuvo la mirada a todo aquel que quisiera mantenérsela desde el otro lado de una mesa. Por allí pasaron Björk, Lou Reed, Marisa Tomei o Isabella Rosellini. Pero un día llegó su ex-pareja y socio, Ulay, que casualmente debía de pasar por allí, un señor con aspecto de Tony Blair 2021. Ella abre los ojos, le ve y se le saltan las lágrimas. Rompe el autoprotocolo de la performance y le toca las manos. Gran ovación del público presente, sentimentalismo cursi con toda la pompa. Donde estén Los puentes de Madison... La historia es que llevaban sin verse más de 20 años y se reencontraron. Pelillos a la mar. Mentira. Abramović, empezamos mal con tu manifiesto. Claro que se habían visto, al menos en 1999 para firmar un contrato que ella no cumplió. En 2016 fue condenada a indemnizar a su pareja de los años 70 y 80 con más de 250.000 euros. Le estaba hurtando parte de los beneficios y, por supuesto, la firma de sus acciones conjuntas. No robarás, Abramović. Villarán inventa unos subtítulos alternativos para el encuentro.

Al parecer, el origen de la crisis de pareja estuvo en el vil metal y el dulce éxito. El hippismo tiene un límite, debió de pensar la performer, que no ha tenido reparos en hacer todas las concesiones al mercado del arte. Su fama y su riqueza no han parado de crecer. Que le quiten lo bailao con el rapero Jay Z, ha sido portada de pulidas revistas y tiene su propio Instituto (MAI) con alumnas aventajadas como Lady Gaga. Entre sus técnicas de trance artístico están las típicas de la meditación oriental, la trascendental. No robarás, Abramović.

La pareja rompió a bombo y platillo en otra acción, The Lovers, que habían preparado para casarse, pero mira, el arte está vivo... Fue en 1988 en la Gran Muralla China. La pareja se propuso recorrerla por separado, cada uno empezaría por un extremo y cuando se encontraran, sellarían su amor. Por supuesto, rodeados de jeeps y cámaras de televisión. Ulay y Marina accedieron a todas las condiciones que les impuso el régimen comunista chino para poder realizar la caminata. Ella contó, como dato, que en algún tramo llegó a pisar huesos humanos, abandonados allí a saber desde cuándo. A pesar de la obsesión de la serbia en sus performances por el daño físico nunca ha denunciado la violencia de los regímenes totalitarios.

Desde los inicios Abramović recurre al castigo, llevar el cuerpo al límite, como la penitencia clásica o los sadhus de la India. No robarás, Abramović. Sobre el daño y la artista: saltó en medio de una hoguera y tuvieron que rescatarla por falta de oxígeno; se rodeó de huesos; puso en una mesa 72 objetos lacerantes, e incluso una pistola, para que la gente le hiciera lo que quisiera durante seis horas; se abofeteó y se gritó con Ulay, quien en otra obra la apuntó al corazón con un arco cargado. Muchos lugares comunes. ¿Banalidad? ¿Egocentrismo? La crítica desde hace años ha jubilado el criterio.

Ulay murió el año pasado de un cáncer linfático. Contó The Guardian en un reportaje sobre el viaje a China que los lugareños apodaron a Abramović como Pa Ma Ta Je, madre hermana grande y gorda. Cuando los amantes se encontraron, en la provincia de Shaanxi, había preparados músicos y fuegos artificiales para la boda. No hubo ceremonia, solo fotos y abrazo, y cada uno se fue por su lado. Las crónicas se empeñan en contar que veintidós años después hicieron las paces en el MoMa… Prefiero Los Puentes de Madison, que también es una ficción, pero sin duda con más arte. ¿Clint Eastwood tiene el Princesa de Asturias de las Artes? Es republicano. Ahí lo dejo.

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