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El Paisaje de la Luz: la gestación de un emblema de Madrid que ya es Patrimonio Mundial

La Unesco aprobó ayer la inclusión en su lista de patrimonios mundiales el recorrido madrileño que incluye el Paseo del Prado y El Retiro.

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La Unesco aprobó ayer la inclusión en su lista de patrimonios mundiales el recorrido madrileño que incluye el Paseo del Prado y El Retiro.
Vista del monasterio de san Jerónimo el Real | Archivos

En el principio debió llamarse Prado de los Jerónimos, en referencia al monasterio de San Jerónimo el Real, de donde partían todos esos terrenos que terminarían siendo fundamentales en la vida de los madrileños. Después llegó Felipe II, con su corte de rey Prudente, y la zona comenzó a evolucionar hasta convertirse en el sitio de recreo de toda una comunidad. El plano que realizó Pedro Teixeira en 1656 ya muestra los frutos de aquellos primeros tijeretazos. En realidad la cosa había consistido en un acondicionamiento sencillo, marcado por la labor de jardinería, que facilitaba el disfrute de unas gentes que se arremolinaban allí en los días calurosos para disfrutar de su frescura peculiar.

Carlos III, el tan mentado alcalde de Madrid, fue quien prosiguió con las reformas. Surgió así el Salón del Prado, un paseo de jardines y fuentes ideado por el Conde de Aranda y realizado a partir de 1763. José de Hermosilla diseñó la planta longitudinal, custodiada por las fuentes de la diosa Cibeles y del dios Neptuno; mientras que Juan de Villanueva se encargó de proyectar el Gabinete de Historia Natural, que terminaría siendo utilizado, pese a todo, para resguardar la colección de pinturas reales; el Real Jardín Botánico, la Platería de Martínez, actual Ministerio de Sanidad; y el Observatorio Astronómico. La Puerta de Alcalá sería el remate último que cerraría el cerco por el norte y daría entrada, sin demasiados preámbulos, al Parque del Retiro.

Así permaneció la cosa durante aquellos siglos en los que la Villa y Corte disfrutó, sin grandes separaciones de clases, de un terreno que tanto servía para celebrar un paseo militar como para disfrutar de la llegada del buen tiempo. "Con los Borbones se democratizó. Se llenó durante las noches de quioscos, bailes y atracciones, desde teatrillos de autómatas y comediantes a los panoramas, pantógrafos y daguerrotipos", escribe Andrés Trapiello en un artículo reciente en El Mundo. "Y si al principio una ley no escrita discriminaba a los concurrentes por horarios, ‘mezcladas estaban todas las clases del Estado: el militar con el eclesiástico; las fregonas con las señoras; los petimetres con los sabios; los bordados con las libreas. Unos salían del Retiro, otros subían de las Delicias, y todos se juntaban en el espacioso Salón’, nos dice Eugenio de Tapia, en su Viaje de un curioso por Madrid (1807)".

El siglo XIX trajo consigo nuevas formas con las que decorar el gran enclave madrileño. Alrededor de la Plaza de Cibeles fueron construidos el palacio de Linares y el edificio del Banco de España, mientras que, un poco más alejada, se edificó la Bolsa de Comercio. Los hoteles Ritz y Palace, enfrentados a cada orilla de ese lago de asfalto custodiado por el dios Neptuno, fueron levantados a comienzos del siglo XX. El Palacio de Comunicaciones, obra del arquitecto Antonio Palacios Ramilo, cerró definitivamente el cerco de la diosa Cibeles. Así se fue apuntalando un núcleo extraño, verde y urbano a la vez, que lleva haciendo las delicias de los viandantes desde hace siglos.

Ahora la Unesco ha decidido incluirlo en la lista del Patrimonio Mundial, después de siete años de un proyecto que ha involucrado a tres alcaldías diferentes. "Madrid estará a la altura", dijo ante el Comité de evaluación el embajador español en la organización, Juan Andrés Perelló. Lleva estándolo mucho tiempo, ahora sólo hay un papel que lo certifica.

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