
"Uno de los edificios más horrendos del mundo". Así definió George Orwell la Sagrada Familia cuando tuvo ocasión de visitar las obras durante su estancia en Barcelona como miembro de las Brigadas Internacionales. Y también lamentó, por cierto, que los anarquistas no hubieran demolido el esqueleto tras disponer de la oportunidad de hacerlo –todo eso se puede leer de primera mano, pues está escrito en Homenaje a Cataluña–. En fin, no hay que descartar que tuviera razón en lo primero. Lo segundo, en cambio, fue un exceso manifiesto. Pero, al margen del juicio de Orwell, Barcelona arrastra un problema con la autenticidad arquitectónica que nadie quiere discutir en voz alta porque aquí, ya se sabe, ahora vivimos todos de servir refrescos y sangrías a turistas en chancletas.
Así que no se habla de que la supuesta Catedral gótica de la ciudad es en realidad una impostura del siglo XIX financiada por cierto especulador bursátil llamado Manuel Girona, quien pagó de su bolsillo la fachada principal. El resultado, como tantas cosas en Cataluña, fue una antigüedad falsa, más ful que los duros sevillanos. Y esa Sagrada Familia que ahora le acaban de vender al Papa es igual de ful que el gótico mangui de la fachada de la Catedral. Ocurre que cuando murió Gaudí, en 1926, hace un siglo, no dejó planos. Y los pocos bocetos y maquetas que se conservaron tras su deceso ardieron durante la Guerra Civil.
¿Significa eso que durante los siguientes cien años que duró la construcción del templo todo lo edificado fue ajeno a Gaudí? Exactamente eso es lo que significa, sí. Todo, absolutamente todo, se diseñó sin responder a ninguna indicación de Gaudí. Lo que se ha construido, pues, no es la Sagrada Familia de Gaudí, es un pastiche kitsch que en su muy recargada estética pretenciosa recuerda más al parque temático de Disneylandia en París que a cualquier otra cosa que tenga que ver con el presunto autor original. Al día siguiente de que aquel tranvía segase la vida de Gaudí, la obra ya no se continuó; simplemente, se falsificó.
